domingo, 22 de abril de 2018

Cambiemos necesita un service

Por Jorge Fernández Díaz
Presiente Alejandro Katz que se está abriendo en la Argentina una saludable discusión ya no sobre el pasado, sino sobre los trazos finos del próximo gobierno de Cambiemos. Esa intuición se basa en que solo un cisne negro sacará al peronismo de su postración fragmentaria, y que los socios de la coalición gobernante se hacen oír entonces de manera estentórea.

Sin mayorías parlamentarias pero también sin las viejas sombras amenazantes, Cambiemos ejerce una centralidad en la política que le permite jugar a ser oficialismo y oposición al mismo tiempo, algo que solo conseguía el movimiento de Perón en sus años de apogeo. Todo este espectáculo consolida la idea (cierta o falsa) de que el kirchnerismo ya no regresará al poder y de que el justicialismo carece de un líder competitivo. Pero por paradoja, esos alivios no resultan fértiles para el oficialismo, al que siempre le fue mejor con la imagen de debilidad que con la de fortaleza, y que muchas veces fue perdonado precisamente por el miedo a ese retorno, tanto por sus votantes como por sus aliados. Los primeros, en consecuencia, están siendo menos pacientes con la economía y más críticos con los pecados de la ética, y los segundos no quieren ser convidados de piedra en el diseño general.

Una escena de diciembre en la residencia de Olivos, frente a los diputados radicales recién llegados al Congreso, resulta hoy premonitoria. Mario Negri tomó allí la palabra y le dijo a su anfitrión: "Señor Presidente, usted sabe mucho de autos. Nosotros manejamos un prototipo que tiene cuatro años de garantía. Ya hemos cubierto la mitad del camino y nos fue bien. Ahora nos toca hacer un service". Pero el macrismo se siente genéticamente dueño del coche, y está demasiado concentrado en avanzar sobre los ripios. La coalición, por desidia o por egoísmo, nunca entró en el taller y siguió rodando. Y los radicales, salvo con algunos temas puntuales, se fueron enterando de muchas iniciativas por los medios de comunicación. Ocurrió, por ejemplo, con la despenalización del aborto y la nueva agenda de género. Tampoco son víctimas inocentes: a veces se quejan sin aportar propuestas, y ceden a la demagogia para no decepcionar a su clientela y para contener en el partido a los dirigentes más incómodos; también para no dejarse aventajar por Elisa Carrió, que pesca en esa misma laguna con mediomundo. Lilita no quiere perder su capital simbólico, su inmensa grey de clase media ni el sidecar que inventó para los disidentes de Macri que andan a los gritos pelados, pero que en el fondo no desean romper con el único gobierno no peronista que puede terminar su mandato después de tantas décadas de hegemonía y decadencia.

Los gerentes no han sabido gerenciar la alianza, sus socios amplificaron las críticas ante los micrófonos y hasta el peronismo "racional" -naturalmente acuerdista-, se vio obligado a endurecer posiciones: no es la primera vez que ese sector tira la bronca en Balcarce 50 porque ellos condescienden en medidas antipáticas y los aliados de Macri se indisciplinan en nombre de la "sensibilidad social". La escalada absurda de esta semana provocó que los dos o tres peronismos, que se odian a muerte, no tuvieran más remedio que sacarse una foto juntos, algo que hizo tragar saliva a los muchachos del Excel; no se puede dar una batalla con la retaguardia insegura y es de esperar que en la situación desesperanzada en la que se encuentran los tiburones del General busquen limar todo lo posible al adversario. En la intimidad, casi todos los opositores saben que la dolorosa normalización de las tarifas es necesaria, pero para tener futuro en las urnas, necesitan que el sacrificio de los usuarios le salga al Gobierno lo más caro posible. Se llama oportunismo, y es uno de los recursos más antiguos del hombre. Deben regular sin embargo la máquina, no sea que les resulte un búmeran: quienes quebraron el Estado y destruyeron el sistema energético -muchos de ellos reconocidos piantavotos y espantapájaros de cartel- marchaban el jueves con velas en las manos. No solo desprestigiaron el reclamo genuino, sino que presentaron una alegoría tragicómica: los adoradores y adoratrices de Venezuela que nos conducían al apagón total empuñaban velas para recordarnos involuntariamente el adminículo con el que andaríamos todas las noches si su régimen se hubiese perpetuado. Jack el Destripador marcha en protesta contra los desaprensivos cirujanos blandiendo escalpelos filosos.

© La Nación

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