domingo, 18 de marzo de 2018

Mauricio Macri en el Mar de los Sargazos

Por James Neilson
Los políticos se aburren cuando no hay elecciones en el horizonte. Es comprensible: son animales competitivos que procuran adelantarse a sus congéneres por los medios que fueran. Aunque juran que lo que más quieren es ayudar a la gente y, desde luego, luchar a favor de las causas nobles que están de moda, lo que realmente les obsesiona es la evolución de su propia imagen y las de sus rivales, trátese de aliados o adversarios declarados, de ahí la proliferación de empresas que les venden encuestas como hacían los arúspices de otros tiempos que, a cambio de donaciones, buscaban en las entrañas de ovejas y vacas sacrificadas indicios de que a sus clientes les aguardaba un futuro venturoso.

Mauricio Macri no es una excepción a esta regla universal. Si bien entenderá que en las circunstancias actuales importa poco un bajón pasajero de su popularidad, ya que nadie parece estar en condiciones de aprovecharlo y muchísimo podría cambiar en el año y medio que lo separa de las próximas elecciones presidenciales, no le gusta para nada que se haya difundido la impresión de que el Gobierno está en apuros. De consolidarse lo que por ahora no es más que una sensación tenue, terminaría socavando la autoridad de sus funcionarios en las negociaciones que están celebrando con dirigentes de agrupaciones políticas, sindicatos, asociaciones profesionales y otras entidades.

Pero Macri tendrá que resignarse a que hasta nuevo aviso no le sea dado recuperar todo lo perdido a partir de octubre cuando, gracias a los resultados de las elecciones legislativas, pudo comenzar a apretar algunos tornillos flojos. Aunque iniciativas imprevistas, como la de impulsar medidas reclamadas por los feministas y desatar un debate nacional en torno al aborto, le permitirán mantenerse en el centro del escenario, sabrá que en última instancia su destino político dependerá del estado de la economía en la segunda mitad del año venidero.

Desgraciadamente para Macri y quienes lo rodean, no está para producir resultados espectaculares el gradualismo basado en la esperanza de que, casi imperceptiblemente, sin que nadie significante se sienta perjudicado, el país se las arregle para salir por fin del letargo económico, esporádicamente agitado por booms seguidos por implosiones financieras que empobrecen a otra franja de la población, en que se encuentra desde hace mucho más de medio siglo. La estrategia adoptada a regañadientes por los macristas porque no tenían más opción requiere un grado de paciencia que es nada común aquí. Para minimizar el riesgo de una recaída en el voluntarismo populista, tendrán que convencer a la ciudadanía de que el rumbo elegido es el correcto o, cuando menos, el menos malo factible, y que por lo tanto le es necesario acostumbrarse a una situación poco satisfactoria porque desviarse tendría consecuencias calamitosas.

Los voceros oficiales dicen creer que lo peor ya ha quedado atrás y que, en adelante, poco a poco el panorama se hará más promisorio. Parecería que, por falta de alternativas genuinas, la mayoría coincide; así y todo, no cabe duda de que la lentitud que es inherente al gradualismo está motivando exasperación en ciertos sectores y que quienes tienen motivos para temer no verse beneficiados si el país logra “normalizarse” están esforzándose por aprovecharla. Aunque Macri quisiera avanzar más rápido hacia las metas que se ha propuesto, no cuenta con el poder suficiente como para implementar las reformas que supone imprescindibles para que la Argentina se aleje de una vez de un orden corporativista que se caracteriza por su capacidad notable para frustrar todos los esfuerzos por modificarlo. Obra maestra de la política, el esquema perfeccionado por Perón resultó ser una camisa de fuerza económica al aprender sus epígonos a hacer del fracaso, tanto el propio como el ajeno, en dicho ámbito una fuente casi inagotable de votos.

Desde las elecciones de octubre pasado en que obtuvo provisiones para la etapa siguiente del viaje que emprendió el 10 de diciembre de 2015, Macri está atravesando un Mar de los Sargazos político y económico. Aunque por ahora el agua parece estar relativamente tranquila, la llenan pequeños obstáculos viscosos que obstruyen el paso de los barcos y son capaces de inmovilizar a los más anticuados durante semanas. Debajo de la superficie, se mueven corrientes poderosas que a veces hacen aún más peligroso el trayecto. Para un buque dotado de motores potentes, cruzar el Mar de los Sargazos no plantea problemas graves, pero Macri sólo tiene un velero como aquellos de los navegantes que, durante siglos, temían verse atrapados en una calma chicha prolongada”. Para avanzar, dependerá de cómo soplen los vientos que, en el clima de inquietud internacional que han ocasionado el proteccionismo de Donald Trump y los aumentos previstos de las tasas de interés por parte de la Fed, distarán de serle favorables.

Últimamente, los militantes kirchneristas que sueñan con el colapso ignominioso del gobierno de Cambiemos de resultas del estallido social que están tratando de desatar parecen haberse llamado a silencio, pero los ultras nac&pop no son los únicos resueltos a frenar a los macristas. De forma mucho más pacífica y democrática, también están plenamente ocupados confeccionando motivos para desvirtuar las reformas que el Gobierno está procurando concretar personas menos vehementes que le advierten que el país no soportaría más ajustes y que por lo tanto le convendría archivar sus planes más ambiciosos. No sólo se trata de los sindicalistas que, para alivio del Presidente, prefieren dejar solo al combativo clan Moyano, sino también de empresarios que quieren continuar disfrutando de las ventajas que les brindan los mercados cautivos locales a arriesgarse en el exterior. Para ellos, apertura sigue siendo sinónimo de desprotección, dumping e “industricidio”.

No se equivocan por completo. Para algunos, cualquier apertura, por parcial que fuera, sería a buen seguro una sentencia de muerte, como en efecto ha sido para ciertos ensambladores fueguinos de bienes electrónicos que hasta hace muy poco aseguraban que computadoras, tabletas, celulares y así por el estilo costaran mucho más que en otras partes de América latina, para no hablar de Europa, Asia oriental y América del Norte. Otros sí serían capaces de sobrevivir, pero no quieren verse obligados a competir con los temibles chinos, cuyos obreros aún cobran salarios que son magros según las pautas occidentales, o los bien remunerados japoneses, alemanes o norteamericanos que a su juicio cuentan con ventajas impositivas y logísticas que son terriblemente injustas.

El Gobierno comprende que, para solucionar el problema mayúsculo planteado por la escasa competitividad de buena parte del “aparato productivo” nacional sin provocar estragos sociales, tendría que limitarse a abrir las puertas un par de centímetros y, si no ocurre nada terrible, hacerlo un poquito más, además de exhortar al empresariado local que se ponga en condiciones para emular a sus equivalentes de otras latitudes. Macri lo está intentando, pero no hay garantía alguna de que el gradualismo que ha tenido que adoptar sirva para que hombres de negocios acostumbrados a anteponer su relación con el gobierno de turno a los caprichos del mercado decidan que les convendría cambiar de actitud.

A pesar de haberse criado entre empresarios, antes de iniciar su gestión Macri habrá imaginado que “los capitanes de la industria” tomaban en serio la presunta adhesión de tantos al capitalismo y que les encantaría tener más oportunidades para buscar clientes para sus productos en un planeta cada vez más globalizado. Puede que algunos estén dispuestos a aventurarse, pero se tratará de personas que ya se han anotado éxitos en el exterior, no de la mayoría que se ve conformada por quienes están más interesados en aferrarse a lo que ya tienen y mantener a raya a importaciones foráneas que en probar suerte en regiones que ellos desconocen.

Como es natural, Macri se siente decepcionado, fastidiado y hasta traicionado por los muchos empresarios que se resisten a acompañarlo en la batalla contra un statu quo que, a pesar de sus deficiencias notorias, ha echado raíces tan profundas en el país que para muchos es parte del orden natural. Entiende que a menos que el orden corporativo existente se vea reemplazado pronto por otro más dinámico, la Argentina continuará depauperándose, pero ya se habrá dado cuenta de que, para llevar a cabo los cambios que cree necesarios, el Gobierno tendría que aplicar medidas que la sociedad se negaría a tolerar.

Puede entenderse, pues, el que Macri y sus colaboradores principales recen para que algo milagroso ocurra, algo como una avalancha de inversiones extranjeras o, tal vez, que Vaca Muerta resulte ser para el país lo que las minas de Potosí fueran para el imperio español. De las dos soluciones así supuestas, la primera sería la mejor; como aprendieron los españoles, a la larga, depender excesivamente de la suerte geológica es debilitante, pero a menos que el país obtenga más dinero de lo que en la actualidad está en condiciones de generar, los ajustes que tarde o temprano sufrirá serán muy pero muy dolorosos.

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