sábado, 24 de febrero de 2018

TERAPIA DE GRUPO / Angustias macristas

El Presidente sufre porque lo insultan en las canchas, pero peor les iba a Duhalde, Menem y Kirchner. El poeta Moyano.

Por Roberto García
Cierta angustia se respira en el parvulario político de la Casa Rosada: estupor reciente por el cancionero contra Macri en el fútbol, el mínimo eco que despiertan sus mensajes por falta de idoneidad en la comunicación –ejercicio en el que se creían campeones–,  caída en encuestas y, por si fuera poco,  recuperación asistida de enemigos que se suponían enterrados.

Léase Cristina, parte del PJ y hasta un impúdico Hugo Moyano que se permitió –en su prudente acto de la 9 de Julio– aludir como sabio mentor al poeta mexicano Octavio Paz (“Toda victoria es relativa, toda derrota es transitoria”), justo quien debe haber escrito uno de los más sólidos ensayos contra el populismo, el PRI, peronismo y otras yerbas, incluyendo a los sindicalistas aprovechadores como el petrolero La Quina de su país, un símil de Moyano en tierra azteca. Interrogante:  el camionero es magnánimo y amplio, se burla de sus oyentes o no debe conocer el contenido de ese clásico libro de Paz, El ogro filantrópico.

Tampoco pudo recordar, ni leer en su ayudamemoria, el nombre y apellido del autor que citaba en ausencia: en su discurso lo mencionó simplemente como Premio Nobel. Casi un descaro: el  letrado vate que alimenta al sindicalista con versos ajenos tendría que notificarlo de la historia del escritor, para que no incurra en papelones. Ese episodio intelectual propone un enigma que el Gobierno no pudo resolver antes de la convocatoria callejera: la curiosidad por saber quién está detrás de Moyano como dador de materia gris (aunque los balbuceos de la oratoria indican que no ha sido bien suministrado en esa materia).

A falta de asesores conocidos, se han remitido a un adusto personaje para esa fantasmal influencia: su colega y delegado en la CGT, Juan Carlos Schmid (Dragado y Balizamiento), de inequívoca afinidad con el mundo de los jesuitas (hasta escribió un libro sobre la Encíclica Laudato Si). Tanta asistencia religiosa y sectaria de Schmid, más el vínculo discepoliano con el vocero papal en tierra argentina, Juan Grabois, la pertenencia peronista común, aún no logran despejar una incógnita pendiente: el empecinamiento de Francisco por no recibir en un lustro al jefe Hugo, un veto inexplicable, impiadoso. Más difícil que arrancarle al Papa una sonrisa a favor de Macri.

Papelones. También el Gobierno atraviesa papelones desde hace dos meses con la historia reciente, por no revisarla. Gozaba con decir que vencerán en las elecciones de los próximos cien años –misma soberbia y confesión de la juvenilia Coordinadora de Alfonsín en su apogeo–, entendían que su mandato era bautismal, instalando una nueva época. De repente, sin embargo, esa insolencia optimista se hunde en un agujero negro porque se cayó una parte de la mampostería (inflación, deuda, déficit, etc.). Se asustan los bisoños funcionarios y Macri, no menos afectado, debió asistir a su gabinete psicológicamente. Como ocurrió en Chapadmalal, donde repartió consejos terapéuticos. 

Menudo ahorro: paga el servicio profesional por uno y lo usa con 22 ministros. Les dijo, como justificación de errores,  que no había una escuela para lo que tenían que hacer en el Gobierno. Tal vez no habrá escuelas, pero sí se puede leer al respecto sobre antecedentes locales y externos. Más que inflador anímico, Macri podría haber reparado en penurias de otros, anteriores, más dramáticas de las que hoy lo torturan: Duhalde pasó meses sin visitar ni dormir en Olivos por las algaradas frente a la residencia; Menem estuvo una semana con la renuncia en la boca, sollozando y viviendo en el departamento de un amigo porque no soportaba el escándalo de haber echado de casa a su esposa Zulema (salió de ese estado por los retos y cuidados de Jorge Antonio); y los Kirchner casi dan un portazo si no interviene Lula para evitarlo, entre otros, porque el Congreso rechazó aquella ley del campo.

Episodios traumáticos, invitaciones a deserción del Estado, gigantes si se los compara con los tropiezos menores que hoy sacuden a Macri.

Fútbol. Ante esa furia anónima en las canchas, con cánticos que irritan al Presidente, alguien le podría  recordar que ni Menem o Kirchner se aproximaban a un estadio, cubierto o al aire libre (no se citan De la Rúa y Alfonsín porque ni se sabía qué equipo los entusiasmaba, mientras Duhalde era devoto de un club vecinal cuyo presidente no aceptaba como pago sus propios cheques). Ese terror al abucheo castigó a quienes hasta ahora fueron más queridos que Macri: uno –fanático de River– sufría por ese impedimento y ni le alcanzaba con colocar un televisor en el palco del Colón, durante una función de gala, para ver a su equipo, y el otro –leve simpatizante de Racing– juraba como excusa pueril la contrariedad  de ser acompañado por su ministro Ginés González García, un partidario insatisfecho que lo deprimía hasta cuando ganaba la Academia. Ergo, no es nuevo ni más complejo lo de hoy en las canchas contra Macri.

Pedagogía. Exige Macri, como una novedad, que su equipo explique las medidas. Parece absurdo: nunca vendería un diario o un libro si tuviera que explicarlo luego de ser publicado. Esa inquietud por el tartamudeo comunicacional del Gobierno, al margen de pautas, trolls y preferencias –menos aceitada y preocupada, afirman, es la relación hoy con el Grupo Clarín, que reclama un moño técnico no aprobado para la ocupación de Telecom– también ocupó a otros mandatarios, por lo que extraña que el ingeniero ignore alternativas ya probadas.

Por ejemplo, uno de sus asesores en la sombra, Carlos Grosso, cuando presidió la Capital  introdujo un comando para saturar a la opinión pública con información y explicaciones. Asombra más porque en ese equipo peronista estaba la actual ministra Patricia Bullrich, vendedora de la gestión municipal. Fue ese núcleo, además, el embrión de lo que en el gobierno Menem se conoció como Grupo Rating, adiestrado por Bauza, jefe de gabinete que repartía contenidos y apariciones –en radios, canales o diarios– a sus voceros Ruckauf, Piotti, Toma, la propia Bullrich y el hoy diputado Amadeo. Menos profesional fue De la Rúa, al que le gustaba dar “buenas noticias”, mientras Kirchner se quejaba porque ni siquiera se transmitían sus éxitos, de ahí que demandara a los Fernández, Alberto y Aníbal, que se especializaran en difusión.

No habrá un manual del buen gobierno, sí datos sobre experiencias previas si se lee algún texto. O se consulta. Así nadie se sorprende en Chapadmalal, menos un mandatario discreto que ahora cree que “perdurar es triunfar”. Raro y módico juicio de quien tuvo varios divorcios.

© Perfil

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