sábado, 18 de noviembre de 2017

CASA ROSADA / Triunfo tapa todo

Macri cerró dos reformas al hilo pero quedaron quejas 
de empresarios y desconfianzas internas.

Por Roberto García
Fue una preferencia obvia, manifiesta por la discriminación: cuando Macri pronunció el discurso más denso de su gestión, el vaticinio de la reforma permanente –cándida metáfora trotskista–, se preocupó en calificar como “mafia” a dos sectores: la Justicia y el sindicalismo. Y se cuidó de no incluir en ese agraviante juicio a los empresarios, a quienes trató en forma benevolente (aunque, se sabe, dispone de una lista negra con algunos nombres que el mandatario detesta de otras épocas).

Como si ese rubro al que perteneció fuera ajeno a la decadencia argentina y él o su familia en particular, estuvieran libres de cualquier roce con ese pasado nauseabundo que denuncia. Esa pública distinción, reparada por pocos, parecía justificarse en otro propósito: seducir a quienes pueden invertir en el país y generar, quizás, mayor cantidad de puestos laborales. Como se sabe, ni aun con esos privilegios orales, el sector mejor atendido por la lengua parece satisfecho. Podrían citarse los pataleos de Coca-Cola o el arrebato de Mercado Libre por la demanda de $500 millones anuales de la AFIP.

Reclamos. Se amparan los empresarios en multitud de razones. Por un lado, reclaman un plan económico –consideran el paquete de reformas apenas como un esbozo incierto– y la falta de un referente ministerial de Economía al que Macri siempre le negó existencia. Copiando a Néstor Kirchner, entonces, decidió asumir ese doble rol de Presidente y economista, aunque tal vez no hayan explicado que, al revés suyo, el sureño extinto de aquellos tiempos disfrutaba de superávits en los dos gemelos, precios internacionales envidiables y navegaba con una inflación digna de otro país. Entre otras diferencias. A nadie, en consecuencia, le importaba si el ministro era Rodríguez o Fernández. Ni les importaba que Alfonso Prat-Gay presumiera de su inflation target, se quedara o se fuera del Gobierno. Tal vez el ingeniero no incorporó la ventaja de ubicar un tecnócrata en Economía, el que además de ejecutar su oficio se carga o se fulmina con la energía negativa que le transmiten hoy al Ejecutivo. Como absorbe esa vibra Bullrich en Seguridad o Garavano en Justicia. Abunda la literatura técnica sobre este fenómeno para eludir culpas. Y no llovería, como ahora, la andanada de críticas sobre un colateral de la Administración, Federico Sturzenegger, de independencia presunta en el Banco Central, cuya política de tasas inauditas para contener la inflación recibe hachazos hasta de sus propios compañeros.

Para muchos, en la Casa Rosada, la incertidumbre del experimento Sturzenegger ha vuelto inestables los triunfos de la política oficial en las urnas (aunque, para ser justos, el gasto político es lo que obviamente interfiere en la economía). ¿O acaso, para esos objetores con poca memoria y menos agradecimiento, el Banco Central se desvió de su objetivo y no tocó las tasas durante más de tres meses, antes de las elecciones, para evitarle una eventual complicación a Macri en el resultado? Palabra de Sturzenegger, claro.

Pero él no ha dado en el clavo según reconocen varios profesionales que no pueden tildarse de opositores y hasta el discreto argentino Guillermo Calvo, del BID, hace una semana, señaló con cierto enojo la insuficiencia de la política monetaria como mecanismo para doblegar la inflación. Una advertencia cruda de quien, alguna vez, presagió la crisis del tequila. Si bien no se vive de los diplomas, a veces se los debe tomar en cuenta. Su mensaje, por otra parte, llega con retraso. Hace más de un año que Miguel Ángel Broda instaló una figura descriptiva sobre la incompatibilidad de ajustar monetariamente y expandir el gasto público al mismo tiempo, ejemplificaba con la estupidez de encender la calefacción y la refrigeración en forma simultánea. Entonces, en la Casa Rosada decían que Broda era un loco desaforado. Lo curioso de los cuestionamientos actuales es que aparecen en la superficie del Gobierno sabiendo que Macri se engolosina con las recetas teóricas del laboratorio Sturzenegger, un favorito que entró a la mezcladora de culpables por su propia impertinencia optimista: se aburrió de emitir anuncios errados, de cuánto bajaba la inflación, se equivocó en la de este año con holgura y más en este último trimestre, el cual iba a ser de l% de promedio y ya empezó con l,5%. Más bien purga por lenguaraz.

Facturas y ganancias. También lo responsabilizan por la inclinación oficial a tomar crédito, aunque el pedigüeño sea otro (el inestable ministro Luis Caputo, al que le imputan cadáveres financieros en el placard). Y quien consienta sea el mismo Macri, como ocurrió en buena parte de su administración porteña. Con lógica barrial, más de uno pregunta por la razón de que los prestamistas cada vez reclaman más tasa cuando se asegura que todo está bien en la Argentina. Se incrementa la sospecha con algún entuerto debido a que los bancos empiezan a derivar Lebacs a sus clientes, sea a pedido o por consejo médico de su propia salud.

Con los bancos, se añade la desconfianza lógica: en algún momento, cuando se asusten por lo que ganan (luego de cobrar sus operadores el formidable bonus en Nueva York), exigirán su dinero por más atracción de tasa que le ofrezcan. Son previsores, se aguarda que no ocurra esa demanda en un mismo momento. Mientras, el Gobierno parece encadenado a ese circuito, acumulando un stock de Lebacs impresionante y rogando que nadie estornude en el mundo ni que algún episodio menor provoque una catástrofe.

Después, lo elemental: l) la recuperación cíclica de la actividad económica del 3% puede frustrarse por la astringencia monetaria y 2) se sabe que las deudas se pagan cuando uno ahorra o cuando uno vende, nunca cuando uno compra. Y el país, hoy tiene cero de exportación frente a un aluvión de importaciones.

Para Sturzenegger resulta paradójico este ingreso al rumoreo de los despidos, sobre todo en un Estado donde no se echa a nadie. Y, encima, cuando su gobierno festeja el acontecimiento “histórico” de haber pactado con sindicalistas y gobernadores un acuerdo en el que todos juran haber ganado y que empezó con la consigna de que todos debían ceder algo. Delicias de una Argentina en el que se aplica maquillaje fiscal para fingir  recortes, la contabilidad creativa oculta gastos y la pobreza se reduce en la estadística porque se hacen más cloacas y no porque la gente coma más.

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