domingo, 29 de octubre de 2017

Mejor echarle toda la culpa a De Vido

Por Javier Calvo

Ahora que Julio De Vido y casi toda la cúpula de su todopoderoso y saqueador equipo de Planificación están tras las rejas (sólo falta el ex secretario de Energía Daniel Cameron), convendría detenerse algunos instantes en escudriñar si estamos ante un proceso sostenible de castigo a la corrupción o si, por el contrario, asistimos a otro volantazo judicial según hacia dónde soplan los vientos políticos.

Con denuncias y causas adormecidas durante años, da la impresión de que el impacto y la satisfacción que generan todas estas detenciones no deberían tapar el bosque de la arbitrariedad de ciertos jueces. Sobre todo muchos de Comodoro Py, expertos en el manejo de los tiempos.

No hay en el medio sólo una cuestión de reacomodamientos. Además de empresarios, políticos, sindicalistas, medios, universidades y productores de TV, la enorme maquinaria de generación de fondos multimillonarios de la banda de De Vido (cajero de Néstor y Cristina Kirchner desde la intendencia de Río Gallegos hasta la Casa Rosada) incluyó en la red protectora a sectores de la Justicia.

El hermano de un juez federal y un auditor general de la Nación, ambos en funciones, han sido dos de los lobistas preferidos por el desaforado diputado del FpV para que, hasta ahora, no sufriera mayores sobresaltos. Se ve que los servicios no tenían garantía de por vida. Bastante duró.

La cantidad y la calidad de dinero que repartió De Vido excluyó a pocos en el mundo del poder. Como venimos diciendo desde hace rato, si rompiera su código de silencio entraría en crisis una parte importante del sistema económico argentino, como en el Lava Jato brasileño (e.perfil.com/de-vido-lava-jato-local).

No sólo nadie parece interesado en un terremoto de esas características. Tampoco lo está el Gobierno. El motivo es doble: que quede salpicado algún familiar presidencial (como papá Franco o el primo Calcaterra) y que el vendaval barra con la recuperación de la economía.

En ese sentido, acaso no sea ingenua la salvedad que planteó la madre espiritual de la ética de Cambiemos, Elisa Carrió. Tenaz perseguidora de De Vido & Cía cuando sus actuales aliados políticos y mediáticos miraban para otro lado en los inicios de la era K, Lilita planteó que no es lo mismo el empresario que hizo negocios espurios que el que debió participar obligado. Si bien las coimas deberían ser medidas siempre con la misma vara, hay en la lógica de Carrió una parte irrefutable. Así como los medios críticos fuimos castigados por el gobierno kirchnerista, las empresas que no participaban de sobornos y sobreprecios no conseguían nada de un Estado muy intervencionista tras la crisis de 2001. Fue difícil resistir.

Por eso, para buena parte de esos sectores del círculo rojo (y de la sociedad que reeligió dos veces al kirchnerismo) quizás sea más tranquilizador echarle toda la culpa a De Vido de la inmoralidad generalizada y estructural. Algo peligrosamente exculpatorio.

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