lunes, 19 de junio de 2017

Macristinistas

Por Gustavo González
Cristina es todo: loca, chorra, jefa, heroína.

Macri también: insensible, chorro, eficiente, honesto.

Cristina es lo que necesita ser para que unos la amen y otros la odien. Cada día más.
Macri también.

La política, además de ser una herramienta de cambio, dominación o convivencia, es un espectáculo verídico, una representación de la realidad.

Lo fue siempre, desde el circus maximus romano hasta hoy. Sólo que con la posmodernidad el espectáculo se transformó en forma y fondo a la vez.

Por eso, para los espectadores lo importante pasó de entender qué tan verdaderas son las verdades a que los actores estén a la altura de lo que se espera de ellos.

Es el problema de la sociedad del espectáculo. Es tan pornográficamente transparente, que a veces cuesta ver qué hay adentro.

Cristina y Macri no existen. No existen por lo menos como gestores de la historia, no con el nivel de responsabilidad y protagonismo que tanto ellos como nosotros les atribuimos. No es un déficit de ambos, sino de los individuos en general. La persona cree que puede cabalgar sobre la historia, pero en el mejor de los casos logra sujetarse a su cola y seguir a la rastra detrás de ella.

Es cierto: hay individuos excepcionales que no sólo están en el lugar correcto y en el momento justo para que la historia los suba a bordo, sino que le aportan características propias. Y hay algunos, los grandes estadistas, que pueden incidir en ciertos cambios de tendencia del devenir histórico para acelerar o retrasar los procesos.

Pero lo que suele suceder es que los líderes políticos son apenas representaciones de los intereses sectoriales en pugna de cada época. Parece que protagonizan su tiempo, pero en realidad re-presentan lo que los sectores que los eligen antes presentaron por ellos.
Giovanni Sartori definió tres tipos de representación: la política, la jurídica y la sociológica. En la representación política, los grupos sociales designan a alguien para que los represente según sus necesidades y propuestas. Luego le ratifican o no su confianza de acuerdo a si ven cumplidos sus objetivos.

En cambio, en la representación sociológica, el recientemente fallecido sociólogo italiano entendía que lo que se le exige a la persona elegida es que sea en sí misma “representativa”, en el sentido de reflejar con fidelidad las aspiraciones y singularidades del colectivo representado.

A diferencia de la representación política, en la sociológica los grupos que eligen (la “gente”, pero no como totalidad sino como “gens”, como personas relacionadas por un linaje, intereses y una cultura en común) no piden cuentas formales a sus elegidos por los encargos de gestión, sino que sean los mejores espejos corpóreos de esos grupos de interés. Es una representación por “eco”, no por “mandato”, como la política.

En ese tipo de representación, a Macri y a Cristina se les exige que sigan siendo el reflejo fiel de los sectores reflejados en ellos. El día que Cristina comience a ser autocrítica, modere sus palabras con quienes no piensan como ella, deje de usar construcciones de género al hablar (“todos y todas”) y pierda el tono disfónico-épico en sus discursos, tendría complicaciones en el vínculo con sus representados. Porque después de años de verse reflejados en esa mujer por todo lo que hacía, decía y lucía, el cambio podría romper con ese pacto tácito de representación.

Con Macri sucede lo mismo, en sentido opuesto. El jefe de Estado funciona como la representación sociológica de sectores que durante años acumularon un sentimiento de hartazgo frente al relato cristinista. Por eso, Macri seguirá siendo Macri si desdeña a los partidos y si hace gala de su desinterés ideológico, su informalidad y hasta de sus errores. Y no si un día comienza a citar a Smith, se rodea de sindicalistas y políticos tradicionales y hace discursos de una hora.

Los seguidores de Cristina y de Macri eligen “el voto de alguien como yo”, según la tipología de Sartori. Entonces, cuando los dichos y hechos de uno y otro líder causan sentimientos tan parecidos al odio, lo grave es que ese odio no está destinado sólo a ellos sino, sobre todo, a lo que ambos representan. Y representan a sus representados.

Porque ellos no son la grieta, son los exponentes últimos de amplios sectores sociales que durante años estuvieron alimentando, y retroalimentando, una brecha profunda de intereses que hoy parecen estar en las antípodas y se presentan como antagónicos. Son cientos de miles de argentinos enfrentados con otros cientos de miles. Es lógico que en el medio hayan quedado amistades truncas y familias partidas. Cuando unos hablan de “la yegua” Cristina y otros de “la basura” Macri, lo que hablan es de un nivel de incomprensión del otro que opaca la racionalidad y cualquier posibilidad de diálogo.

Quienes se reflejan con más virulencia en Macri y Cristina proceden de distintos sectores (aunque a veces vienen de los mismos estratos socioeconómicos), pero tienen en común ese profundo desdén por el otro.

Se nota claramente en las redes sociales y en los foros. Por momentos, el nivel de descerebramiento que comparten algunos hace dudar de la estabilidad emocional del argentino medio. No es solamente en el mundo virtual. En la calle, quienes son las caras más visibles de uno y otro sector lo sufren a diario.

Pasó el último viernes: el ministro Garavano, la gobernadora Vidal y el propio Macri fueron escrachados e insultados; una funcionaria nacional (que viene del kirchnerismo) respondió a los agresores de Garavano al grito de “negra de mierda”, “mogólicos” y un “cállense, villeros”. En otro lugar de la Ciudad de Buenos Aires, un taxista reconoció al abogado de Cristina, Gregorio Dalbón, y le dijo que se bajara del auto. Terminaron a las trompadas. Dalbón debió ser internado, después lamentó “el odio visceral que existe en el país”.

Hablando de odio. Esta semana se conoció el documento electoral con que Cristina acompañó el lanzamiento del frente Unidad Ciudadana, la sigla creada con el fin de no competir con Florencio Randazzo en las PASO.

Cristina cumplió, una vez más, en ser más Cristina que nunca y seguir reflejando fielmente a sus representados. No se trata sólo de posiciones políticas más o menos aceptables, más o menos debatibles. Se trata, siempre, del nivel de desacreditación que usa. Esta vez contra el presidente que una mayoría eligió para sucederla.

Lo dice de corrido. Habla de “estafa electoral”, “calvario”, “brutales políticas”, situaciones de “desamparo”, “exclusión”, “injusticia”, “pobreza” y “sufrimiento”. Lo acusa del uso de “violencia”, “saqueo tarifario”, “persecución política”, “falso discurso republicano”. Y de llevar adelante un “plan de entrega”, un “espionaje propio de gobiernos dictatoriales” y un “escarnio popular”. Además de transformar a jueces y fiscales en “sicarios para eliminar a opositores” y de promover la “desintegración regional”.

¿No será mucho? No, es lo necesario para recordarles a sus representados que sigue siendo la misma, que sigue siendo como ellos.

Su ceguera para aceptar alguna autocrítica o para reconocer algo positivo del otro no es muy distinta a la de los macristas, que no logran ver nada positivo de las gestiones kirchneristas y que se ofenden de la misma manera que lo hacían los funcionarios K cuando recibían una crítica.

En charlas privadas, los máximos dirigentes cristinistas y macristas reconocen que la grieta viene de abajo hacia arriba, y que les es difícil romper con tal inercia. Cuando lo intentan, dicen, sus “gens” se lo recriminan. Unos, porque creen que hay que ser implacable con un “Macri, basura, que es la dictadura y gobierna para los ricos”. Otros, porque “no puede ser que no metan presa a esa chorra”.

No explican que en plena campaña electoral sus asesores les recomiendan no dejar de polarizar –Cristina vs. Macri, Macri vs. Cristina– para que les vaya bien. El problema es que a uno solo le va a ir bien.

La duda, la terrible duda argentina, es si los líderes pueden ser algo más que espejos elegidos para reflejar bien lo que otros son, simples mortales que corren a la historia por detrás.

O si son capaces de domar la inercia de lo que reciben y aportar su particularidad. Entender que seguir profundizando la grieta hoy les puede dar un rédito electoral, y sus representados se lo agradecerían. Pero saber también que si algún día quieren salir de ese pozo, deben dejar de cavar ya.

Cuando alguien logra cambiar así la inercia de la historia, deja de ser líder para convertirse en estadista.

© Perfil.com

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