lunes, 26 de junio de 2017

De nazis y cuernos

Por Óscar Lobato

Adolfo Hitler ansiaba unos cuernos. No unas astas cualesquiera, sino unos pitones arios, heroicos, titánicos. El Führer soñaba resucitar las ciclópeas encornaduras de los uros que, según El cantar de los nibelungos, Sigfrido cazó en la selva de Erwald.

Las cuernos del uro —primigenius primigenius para la biología— fueron codiciados, durante siglos, por reyes y nobles germánicos para usarlos de vajilla. Aquellos cachos eran gruesos e imponentes de largo. Cabía mucha cerveza ahí dentro.

A Hitler no le guiaba la dipsomanía, sino la mitología. El déspota más fascista de la Historia (con perdón de Donald Trump) amaba la naturaleza… siempre que esta fuese lo bastante aria. En caso opuesto, se la aniquilaba sin más y se recreaba otra, al dictado del canon pangermánico.

Sabedor de ese afán hitleriano, Hermann Göring, Montero Mayor del Reich y máximo gerifalte de la Luftwaffe, echó mano de dos zoólogos de toda confianza, quienes solían proveerle de cachorros de león y otras mascotas similares: los hermanos Ludwig y Heinz Heck.

Los Heck dirigían los zoos de Berlín y Hellabrunn (Múnich), respectivamente, y eran orgullosamente nazis. Un pelín más acaso Lutz, quien fue miembro de las SS. Ambos hermanos aseguraron poder recriar a los uros primigenios, para mayor gloria nacionalsocialista. Bastaba, según decían, con revertir el proceso evolutivo de ciertas especies degeneradas, hasta exterminar (los nazis eran muy proclives) los genes corruptores debilitantes. Selección inversa, se llamaba el invento.

Con el uro lo tenían dificilillo. El último ejemplar de la especie había muerto en 1627, en un apartado bosque de Polonia. Pero, generosamente financiados y respaldados por los más altos jerarcas del partido, ambos se lanzaron a  reconstruir el mítico bóvido. Eso sí, viajaron mucho: España, Francia, Italia, Hungría… Siempre buscando especímenes que aún mantuviesen esos caracteres que atribuían al extinto uro. Cuando localizaban ejemplares susceptibles de “retrocrianza”, los despachaban hacia Alemania para su posterior uso. Malas lenguas sugieren que, vistos sus resultados, los Heck se dedicaron a pegarse la gran vidorra e intentar cubrir el expediente luego.

Eso parecía en el caso de Lutz, pues consta documentalmente que, en cuanto el III Reich se lanzó a la guerra relámpago, él dirigió los saqueos a  los parques zoológicos más emblemáticos en las ciudades vencidas, como el de Varsovia, previamente bombardeado por la aviación alemana.

Ludwig Heck conocía al director del zoo polaco y a su esposa, Jan y Antonina Zabinski; y los forzó a aceptar el expolio de los más valiosos ejemplares supervivientes, a beneficio de los sueños hitlerianos. Lutz invitaría luego a varios capitostes nazis, a un ebrio safari nocturno por el parque, donde liquidaron a tiros al resto de animales.

Ni él ni sus conmilitones de orgía venatoria sospecharon, curiosamente, que los Zabinski salvarían la vida a 300 judíos del gueto, al esconderlos en las jaulas vacías del zoo. Esta última historia aparece impecablemente narrada por Diane Ackerman en su libro The Zookeeper’s Wife (W.W.Norton&Co, 2007), incomprensiblemente titulado en español La casa de la buena estrella (Ediciones B, 2010).

Al grano. Lutz Heck afirmó tras una década haber conseguido puros uros arios  ¡Gloria y victoria!… O no tanto. El primer problema de esos “neouros” (conocidos hoy  por bovinos de Heck) fue su incapacidad para alimentarse en libertad, pues constituían  una subespecie ganadera recién desestabulada. Además, ambos hermanos tampoco remataron la faena. El Bos primigenius, según esqueletos y registros históricos existentes, medía entre 1,80 y 2 metros de altura a la cruz dorsal. Los de los Heck apenas superaban el metro y sus astas resultaban muy inferiores a las de sus extintos ancestros. Eso sí, de mala leche andaban sobrados. Embestían a la mínima.

Lutz Heck justificó la pifia alegando que sus reses de diseño debían ser reintegradas a bosques aislados y bien preservados, donde alcanzarían la plenitud del vigor racial ario. Dicho y hecho, los nazis arrebataron de manos rusas, el bosque de Bialowieza en la Polonia ocupada, para liberar allí a los nuevos uros. Por el camino, destruyeron 34 aldeas y deportaron a 7.000 campesinos, asesinando por descontado a los débiles y a los judíos. Una minucia para el III Reich.

Pero los lobos no habían sido informados del alcance del experimento y se dedicaron a zamparse a los recién llegados toros, que carecían de la menor habilidad de supervivencia frente a predadores naturales. Aquellos que escaparon a las jaurías, acabaron convertidos en shaslik o estofados por las tropas soviéticas, cuando reconquistaron el bosque.

El experimento de los Heck concluyó como el hazmerreír de mastozoólogos y paleomastólogos de todo el mundo, al punto que el doctor  Zdzisław Pucek, una eminencia en la recuperación de mamíferos en Europa, lo definió como “la mayor estafa científica del siglo XX”.

Siempre recuerdo esa historia, cuando algún ganadero de reses bravas augura: “sin corridas, desaparecería el toro de lidia”. No pasa nada, buen hombre. Sus reses apenas son una subespecie bovina, en cuya crianza prima la búsqueda de trapío o bravura (acometividad), pero cuyos caracteres morfológicos resultan tan variopintos que ni siquiera se fijan por ley, pues la reglamentación sólo establece las ganaderías criadoras homologadas. Esa afirmación equivale, en definitiva, a sostener que si desapareciesen los doberman, los rottweiler o los pitbull; se extinguirían los perros.

Por lo demás, nada tengo contra la tauromaquia. Raras actividades alcanzan tan refinado ensañamiento: cruel con el hombre, cruel con el caballo, y cruel con el toro.

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