lunes, 26 de junio de 2017

Es Ella: falso deber ser y humores cambiantes

Por Javier Calvo

La pista la había dado hace unas semanas en la amable tertulia con aparente formato periodístico por C5N, en lo que sería el inicio de su campaña: un buen político hace lo que debe, no lo que quiere, dijo Ella. No es su voluntad. Su deseo. Su nostalgia. No. Es lo que hay que hacer.

Ese relato conceptual vendría a sustentar la decisión de Cristina Fernández de Kirchner de presentarse como candidata legislativa a sólo un año y medio de dejar la Presidencia, tras ocho años de gestión y cuatro más de influencer de su marido. No es que ella quiere. Es lo que se debe hacer. Lo que la hora impone. Y la obligación se sostiene con un objetivo. Noble, por supuesto. Se debe frenar a este gobierno, que inició un camino antipopular. El círculo discursivo binario cierra redondo y justifica todo.

Un sector no menor de la población, de la provincia de Buenos Aires y del país, es más que permeable a este tipo de discurso, de acuerdo con lo que expresan estudios serios de opinión pública (pocos, pero hay). Pesan en ello desde razones ideológicas y culturales hasta vivencias personales.

Se evitan aquí valoraciones, para intentar centrarse en hechos indesmentibles. Desde el retorno de la democracia, la pendular sociedad argentina ha pasado casi de manera constante de un extremo al otro de la oferta electoral. De Alfonsín a Menem, reelección, De la Rúa, helicóptero y presidencias provisionales, Kirchner, Cristina, Macri. En el medio de ese trayecto, comicios legislativos con éxitos tan fulgurantes como efímeros.

Por un lado, este breve repaso realza uno de los costados cruciales de la decisión de Fernández de Kirchner de presentarse como candidata. Ninguno de los que la precedieron en la jefatura del Estado pudo exponerse a una elección, inmediatamente luego de finalizar sus mandatos, porque la abrumadora mayoría del electorado huía espantado. No pareciera ser el caso de CFK, pese a que mantiene altos niveles de rechazo.

Pero, además, el mencionado derrotero democrático expone con crueldad que los vaivenes de nuestra sociedad a la hora de votar no saben de lógicas ni coherencias. Los mismos que un día te firman un cheque en blanco al otro día te dejan sin nada.

Convendría no sólo que Cristina tomara nota de esos humores tan cambiantes, como su impostada puesta de escena en el acto del martes 20 de junio parecería indicarlo. También que lo registre el Gobierno, demasiado optimista en nombre de que la ciudadanía no desea una vuelta al pasado. Nuestra historia reciente y no tanto desnuda que nunca se puede estar seguro de ello.

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