domingo, 5 de marzo de 2017

Una historia de medias verdades y grandes mentiras

Por Jorge Fernández Díaz
El alcalde recordó en la Gran Sala de Conciertos aquella tormenta voraz: llovía sobre Buenos Aires, el arroyo Maldonado se había desbordado y Rodríguez Larreta avanzaba con el agua hasta la cintura mientras oía los insultos de un vecino a quien la corriente le había arrebatado el auto. No hizo falta explicar mucho; el gabinete nacional ampliado que se daba cita el jueves en la Ballena Azul del CCK captó de inmediato el mensaje motivacional: a pesar de los insultos y el escepticismo, seguimos adelante, construimos una gran obra y Juan B. Justo nunca más se inundó. 

La parábola, sin embargo, revela el lugar exacto en el que el oficialismo se percibe: bajo un diluvio de críticas, en medio de una tempestad y con el agua todavía lejos del cuello, pero rozándole el ombligo. Es que, como señaló esta semana el escritor Juan José Millás: "Las cosas no van bien, como dice el Gobierno. Ni mal, como digo yo. Van bien y mal a la vez". No se refería a la Argentina sino a España, pero el concepto sirve para describir un momento dual y ambiguo. Que tuvo su perfecta condensación cuando la diputada kirchnerista María Cristina Britez interrumpió al presidente constitucional en pleno discurso para entregarle una bolsa de yerba, asegurarle que mentía acerca de la recuperación de las economías regionales y denunciar que vivía en una "realidad virtual". La legisladora pertenece a La Cámpora, que durante años calló vergonzosamente las crisis regionales provocadas por Kicillof y que participó con alegría en la delirante realidad paralela creada por Cristina Kirchner. Esa hipocresía no borra, sin embargo, algo que le compete a Cambiemos: algunas economías regionales se recuperaron, pero otras permanecen bajo la dramática línea de flotación.

Un ocurrente ciudadano dijo estos días en Twitter que los peronistas te incendian la casa y luego se presentan a venderte un seguro contra incendios. La autoridad moral de los críticos es muy baja, pero eso no implica que algunos de sus señalamientos no sean ciertos. Y esa doble verdad atraviesa y explica hoy casi todo el teatro político. La presurosa adhesión a la ofensiva sindical por parte de Osvaldo Cornide llama a risa y a tristeza. Hombre de relaciones vidriosas con la dictadura, compañero de tenis de Menem y luego cómplice entusiasta del mismo kirchnerismo que estancó la economía y quebró el Estado, hace unos meses se despellejaba las manos aplaudiendo la ley Pyme que anunció Macri y ahora corre presuroso a plegarse a los caciques que intentan desestabilizarlo.

Nada de todas estas picardías y pecados invalidan, no obstante, el hecho de que se cerraron en quince meses más de seis mil comercios, que muchas pymes están sufriendo y que el mercado interno se encuentra resentido. Aunque es falso que la apertura de importaciones sea indiscriminada; en 2016 entraron un 7% menos de productos importados que durante el último año de Cristina y un 25% menos que en 2011. Algo que de paso llama a una pregunta fatal: ¿cómo puede ser que el Gobierno permita que le instalen en la opinión pública la idea contraria? La misma indolencia habilitó que se cristalizara la sensación de que gobiernan para los ricos.

Asiste mucha razón a los industriales que alertan sobre el atraso cambiario; de lo que no hablan tanto es de cómo se arreglaría ese desperfecto: con una megadevaluación que licuaría los salarios y tendría un fuerte efecto inflacionario. El peronismo lanza diagnósticos apocalípticos sobre la performance económica, pero los dos referentes de Scioli son optimistas y auguran prosperidad: Mario Blejer dijo que las correcciones encaradas se debían hacer y que "la Argentina va a estar en condiciones extremadamente favorables", y Miguel Bein coincidió con Dujovne al afirmar que la recesión se terminó y según sus cálculos, el PBI está creciendo a un ritmo anual del 4%. De haber ganado el Frente para la Victoria, ninguno de los dos habría sugerido rehuir la baja del déficit heredado (medida contractiva) ni las políticas expansivas para despertar el consumo del letargo, dos asuntos que son contradictorios pero que al parecer deben forzosamente coexistir. Es decir, que en principio, el peronismo no estaba dispuesto a bombear dinero de manera irresponsable para ganar las elecciones de medio término, poniéndose al borde de un colapso puntual o por entregas, como aconsejaría el manual populista.

La complejidad y el doble discurso signan una coyuntura difícil. Los triunviros que organizan la movilización del martes son los mismos que participaron durante todo el año de la mesa de diálogo con funcionarios y hombres de negocios. Los guerreros de hoy se mostraban allí pacifistas comprensivos de las dificultades, y eso que aquellos meses eran los peores. Es significativo que recién comiencen las hostilidades cuando las variables de inversión pública y privada, exportaciones y consumo estén mejorando por la baja de la inflación, la reactivación de Brasil, el impulso de la construcción y el empuje de la agroindustria: a pesar de las dificultades visibles, se registraron 85.000 nuevos trabajos en blanco.

Un dirigente cegetista se encontró los otros días con un ministro y le preguntó cómo estaba. El ministro no ocultó su amargura por la marcha. "No te calentés por esa boludez", le respondió el gremialista, campechano. Venden en privado que es una catarsis para contentar a las bases, curarse contra la presión de los clasistas, contener a las organizaciones sociales y ordenar al peronismo, que no tiene líder ni rumbo. Los CEO tienden a creerles a sus simpáticos interlocutores, a quienes les regalaron lo que Cristina les retaceaba: millonarias sumas por las deudas de las obras sociales y triunfos relevantes en el plano legislativo. Algo similar hicieron con las organizaciones sociales. Macri les otorgó a esos dos sectores algo que el gobierno kirchnerista no llegó a concederles, y además les puso la oreja, los sentó en las grandes discusiones y los trató con gran deferencia. "Has confiado la oveja al lobo", le decía Terencio a un ingenuo.

El senador Mario Negri sacó algunas cuentas el martes por la noche en Olivos: en 24 años de gobiernos peronistas, la CGT hizo 12 paros nacionales, y en ocho años de administraciones radicales, lanzó 22. A Raúl Alfonsín tardaron nueve meses en plantarle una huelga general; a Fernando De la Rúa le dieron sólo sesenta días de tregua, y a Carlos Menem le armaron una protesta recién a los 40 meses de gestión, en un período donde ya se veían todos los hilos de la privatización a mansalva y otras malarias del Consenso de Washington. A Néstor no le hicieron un solo paro, puesto que, como todo el mundo sabe, vivíamos en el paraíso terrenal. A Cristina, la primera medida de fuerza la golpeó recién en 2012, y sólo una parte de las centrales obreras se atrevieron a semejante herejía.

Es por eso que discutir hoy en términos de izquierda o derecha es igual que hablar de marxismo durante la época de unitarios y federales. La hegemonía populista nos trajo hasta este fracaso rotundo, y aún no sabemos si Macri será un vagón más de la decadencia o logrará constituirse en una locomotora del progreso. Le dará esta semana una sonora bofetada en la calle la misma fuerza que trabajó activamente para fundir el país. La inactividad docente y la rebelión del fútbol tampoco dejarán de dañarlo. El Presidente está en puente Pacífico, con el agua hasta la cintura y llueven peronistas en casco. Veremos si se cumple el determinismo histórico de su alcalde.

© La Nación

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