lunes, 13 de marzo de 2017

Se alquilan sindicatos

Del silencio cómplice a la acción combativa, el historial reciente de los sindicatos complica la legitimidad 
de los reclamos.

Por Nicolás Lucca

Que el juez federal Claudio Bonadio citó a Cristina para opacar la marcha de la Confederación General del Trabajo, que en la CGT ya sabían de la fecha y la armaron el mismo día para que Cristina no se cuelgue de las tetas de los compañeros. La teoría del huevo y la gallina también aplica a esta jornada tristemente célebre. Y digo tristemente porque los motivos que llevaron a la huelga muestran una vez más que todos somos pasibles de ser utilizados con fines políticos.

Desde el gobierno afirman que la movilización obedece a motivos políticos. No hay dinero que pueda pagar tanta sabiduría. Lo cierto es que, más allá de cualquier tipo de consideración sesuda, nadie entiende de dónde salieron los manifestantes al mediodía de un día hábil si no hubo huelga general y en la marcha eran todos trabajadores sindicalizados. Del mismo modo, da para pensar a quién notificaron de una huelga de facto los trabajadores de la sanidad, que dejaron muchos hospitales con un servicio mínimo de guardia.

Dependiendo de a quién se le preguntase entre los manifestantes, los motivos de la marcha variaron entre la exigencia del cierre a las importaciones que vienen a eliminar puestos de trabajo –porque cazar en el zoológico es un derecho adquirido por el empresariado que sólo produce si tiene clientela cautiva– o porque “el gobierno tomó el camino económico que no compartimos”, como si eso no fuera una verdad tan obvia como que para eso fueron votados.

Que el gobierno haya tomado un camino económico distinto es una obviedad que excede a si nos gusta o no: es lo que se votó en octubre de 2015 y ratificó en noviembre del mismo año. Que la respuesta a ese cambio de rumbo surgido de las urnas sea el uso de la fuerza de sindicalistas afiliados a partidos políticos que quedaron en orsai, interpela por igual a la voluntad democrática argentina y al discurso infantiloide del gobierno nacional cuando repite una y otra vez que quieren unir al país y que todo se hace “juntos”. Por un lado, el gobierno tiene que hacer lo que deba o crea conveniente hacer. Insistir en el discurso de la unidad como herramienta de gobierno sólo tiene dos explicaciones: o son hipócritas o creen que pueden convencer a quienes querrían colgarlos en un cadalso montado en la Plaza de Mayo. Prefiero convencerme en que se trata de la primera opción: al menos tienen instinto de supervivencia.

La falta de voluntad democrática de los que no se encuentran en el poder no es una afirmación caprichosa. Sólo así puede entenderse que entre las personas que reclamaban por el cierre a las importaciones se encontraran los gremios del personal de entidades deportivas y del personal civil de la Nación, cuyos puestos de trabajo se encuentran lejos de ser reemplazados por algún oficinista taiwanés.

Hugo Yasky, titular de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) no sólo estuvo tan cerca del kirchnerismo que terminó por dividir a la CTA entre una oficialista (en la que se quedó muy cómodo) y una opositora al kirchnerismo. También es el vicepresidente de Nuevo Encuentro, el partido de Martín Sabbatella que tiene que agradecer la existencia del MILES de Luis D’Elía para no ocupar el último eslabón de lo que queda del kirchnerismo. Junto a él también se encuentra Pablo Micheli, quien encabezó la CGT antikirchnerista durante los últimos años del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, y luego de comerse varios aprietes y amenazas, hoy se encuentra marchando con sus victimarios.

No es muy distinta a la situación dentro de la histórica CGT, que hoy es comandada por un triunvirato en el que dos de sus integrantes (Carlos Acuña y Héctor Daer) cumplen el doble rol de también ser legisladores por el Frente Renovador de Sergio Massa. Cuando fueron a buscar el “apoyo” de los partidos, consiguieron automáticamente el del Frente Renovador al que pertenecen –podrían haberse ahorrado los viáticos, el café y las masitas y hacerlo por teléfono– y luego consiguieron el apoyo de la conducción nacional del Partido Justicialista, que hoy representa a tanta gente como lo puede hacer José Luis Gioja. El excandidato a gobernador Aníbal Fernández pasó por la marcha y quiso sumarse al palco de la CGT. Lo echaron. Fernando Espinoza, presidente del PJ de la provincia de Buenos Aires, también se hizo presente en la manifestación. El exintendente de La Matanza argumentó que espera que Mauricio Macri “tome nota de la manifestación y cambie el rumbo económico”. Otro que supone que si la democracia no le cumple los deseos, la fuerza puede suplirla.

Interesante resulta la exigencia de una paritaria nacional para los distintos sectores, en el cual los docentes han sido el botón de muestra. A lo largo de muchos años, se ha negociado un aumento salarial nacional que ha demostrado las falencias del sistema una y otra vez: un número fijo puede ser muy fácil de pagar para algunas provincias que incluso podrían aumentar más, y al mismo tiempo es un adoquín para otros distritos que terminan dependiendo del auxilio de la billetera nacional. Y después queremos seguir llamándonos federales. Es el mismo problema que han padecido los medios periodísticos, que durante años han cerrado paritarias con la inexistente representación gremial a la UTPBA con aumentos que eran fáciles de pagar para algunas empresas y garantía de fundición para otras.

Es curioso cómo el modelo sindical se ha ido desgastando a sí mismo. Hasta hace no muchos años, eran pocos los trabajadores que no se encontraban afiliados a algún sindicato. Hoy, el mayor problema con el que cuentan los gremios es la falta de afiliados, la cual suplieron con los aportes obligatorios a las obras sociales sindicales. Muchas de ellas ya ni siquiera prestan servicios y derivan los aportes a prepagas privadas. Combatiendo a no todo el capital. Por si fuera poco, el peronismo kirchnerista exige a los sindicatos una huelga –que, finalmente, confirmaron en el acto de hoy– demostrando una vez más que en su ADN está el dogma de que los sindicatos son la fuerza de choque del peronismo. Porque “los sindicatos son de Perón”. A lo largo del kirchnerismo fueron los principales hacedores de paritarias nacionales siempre por debajo de la inflación real y se convirtieron en la fuerza de choque de cualquier protesta que quisiera copar la calle, aunque en el medio se cargaran algún que otro Mariano Ferreyra. Una vez muerto Néstor Kirchner, cuando a Hugo Moyano se le ocurrió plantear su disconformidad con la gestión de Cristina, fueron los propios peronistas por entonces oficialistas quienes calificaron al camionero de gorila, golpista y desestabilizador. Con la llegada de Mauricio Macri, Moyano dio un paso al costado. Hoy, sus hijos sentados en el escenario del acto central, fueron testigos de cómo quienes los insultaron durante años, cantaban “vamos a volver” en sus propias caras mientras acompañaban a los que reclamaban legalmente lo que callaron durante años. No es que uno esté feliz de la vida con la situación económica actual, ni con la merma del poder adquisitivo, ni con la reactivación que nunca llega. Pero tampoco hace falta tamaña amenaza: ¿A qué quieren volver? ¿A la recesión negada? Así terminaron: con la izquierda reclamando una fecha concreta de paro mientras gritaban “traidores” y la cúpula de la CGT se tenía que esconder. Unión de los trabajadores a la argentina.

Quizás lo más llamativo de esta jornada haya sido la comodidad de ser testigo de cómo la única tradición sindical que ha sobrevivido al paso de los años ha sido la buena voluntad de sus dirigentes de utilizar los recursos de los trabajadores para pararse mejor en sus carreras políticas. Como lo hicimos varios de nosotros en 2013 cuando aprovechamos el reclamo por ganancias. Como lo hicimos también en 2014 para reclamar por los jubilados. Después de todo, si no consiguen diferenciar entre intereses partidarios y laborales, que al menos puedan prestar servicios a quien lo solicite.

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