domingo, 26 de marzo de 2017

Patafísica japonesa

Por Guillermo Piro
Japón es un país increíble. Todo lo que no sea literatura es perfecto: autos, motos, trenes, productos de alta tecnología, gadgets de todo tipo, Lucy Liu. Perdón, acá me dicen que Lucy Liu es de origen chino, así que corrijo, la perfección es china.

Con toda seguridad los cultores afrancesados de esa ciencia de las soluciones imaginarias llamada patafísica van a enojarse conmigo.

Ya ha pasado otras veces que por temas tan pueriles como los que aquí se tratan me han llegado cartas (¡firmadas!) con amenazas de muerte o, peor aún, promesas de envío de novedades de alguna editorial independiente argentina. Correré el riesgo, no me importa. Desde los años 80 surgió en el país del sol naciente (por si no lo saben, la historia es larga, pero el eufemismo que reemplaza a Japón deriva de un problema de audición de Marco Polo; más o menos fue eso) la costumbre (en realidad primero fue la idea, luego la costumbre) de inventar objetos casi completamente inútiles, dispositivos por lo general pequeños, prácticos y novedosos que son al mismo tiempo absurdos y geniales. Se llama el arte del chindogu, que en japonés significa “cosas raras” o “cosas extrañas”, y su inventor fue Kenji Kawakami, fundador de la International Chindogu Society y autor de varios libros sobre el tema. Hablé de objetos “casi” completamente inútiles porque entre los chindogu figura también la primera versión del palo extensible para selfies, realizado en los años 80 por el fotógrafo e ingeniero Hiroshi Ueda después de que un niño al que le había pedido que le sacara una foto se había escapado a la carrera con su máquina fotográfica.

La corbata-paraguas, el tenedor con ventilador incorporado para enfriar la comida, la barra de manteca, similar a la del pegamento (tengo entendido que este invento también se está comercializando), el libro con almohada incluida, el envase de banana con forma de banana, el despertador con clavos que impiden silenciarlo cuando se activa, el casco con sopapa incorporada para quedarse dormido en los transportes públicos sin molestar al vecino de al lado, las gafas con embudos agregados para los que tienen problemas a la hora de ponerse gotitas en los ojos... la lista sería interminable. Pero la cosa no es tan simple, para que un objeto pueda ser etiquetado como chindogu tiene que cumplir una serie de reglas, a saber: el objeto inventado no puede ser utilizado en el mundo real, pero al mismo tiempo debe existir, aunque sea en su forma de prototipo; el chindogu debe transmitir la idea de cierta anarquía; está proyectado para ser utilizado en la vida cotidiana, pero al mismo tiempo no puede estar a la venta (ni siquiera se puede patentar), su invención debe estar movida por el humor y la diversión, y el objeto resultante no debe ser publicidad de nada. Según Kawakami el chindogu es un símbolo de la libertad absoluta y es revolucionario mientras siga transitando esa débil línea que separa la creación y el consumismo. “En la era de la tecnología, dice Kawakami, el chindogu puede aportar magia y espiritualidad a la vida cotidiana.”

En 1948, y para burlarse de los colegios profesionales o las academias del arte y las ciencias, Mélanie Le Plumet, Oktav Votka y J-H Sainmont fundaron en Francia el Colegio de Patafísica, una organización dedicada a difundir la patafísica, que otorgaba títulos rimbombantes a sus miembros. A lo largo de los años, numerosos artistas fueron declarados “sátrapas”, o sea miembros más o menos cercanos del colegio de patafísica, entre ellos Raymond Queneau, Enrico Baj, Boris Vian, Eugène Ionesco, Jean Genet, Jacques Prévert, Joan Miró, Umberto Eco, el argentino Juan Esteban Fassio y Fernando Arrabal. No creo que acepten mi humilde sugerencia, pero deberían incorporar rápidamente a Kenji Kawakami.

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