sábado, 25 de marzo de 2017

COACHING OFICIAL / Efecto Mirtha

A Macri le falló el entrenamiento para las entrevistas. 
Asesores e imagen enérgica.

Por Roberto García
Cuando Alfonsín designó a sus ministros, un periodista escribió: “Jura un gabinete de amigos”. Molesto, replicó el radical recién asumido: “¿Y qué quiere?, ¿que nombre un gabinete de enemigos?”. Se defendía a sí mismo y al grupo de hombres fieles que lo acompañaron en la campaña (López, Grinspun, Borrás, Carranza), con mal o buen tiempo. 

Pasaron entonces meses de gestión oscilante, zarandeos varios y notoria pérdida de influencia electoral. Apremiado, Alfonsín no sólo disolvió a su equipo de preferidos. También incorporó otros que se volvieron íntimos (caso Juan Sourrouille) y, a cuatro meses de los comicios legislativos de 1985, impuso un plan económico (Austral) que le permitió ganar con holgura lo que estaba perdido gracias a una efímera estabilización monetaria, disminuir la inflación y mejorar la actividad productiva. Quien hoy invoque este antecedente en las inmediaciones de la Casa Rosada será convertido en Lucifer a fumigar con letal insecticida. Ni los propios radicales se atreven a recordar este ejemplo propio, sin duda el último de su pasada grandeza partidaria.

Ciertas depresiones últimas de la actual administración evocan estos episodios históricos de cambio, sea de hombres o planes, pero no alteran a un Macri que parece decidido a enfrentar las elecciones de octubre con el mismo básico plantel de hoy, lesionados o no. Ya confirmó otra vez a Marcos Peña, acelera el desafío publicitario contra Cristina de Kirchner como arma electoral usando el apotegma de Perón (somos malos, pero Ella es peor), lanza y exhibe las obras de la Vidal en Buenos Aires (como ya empezó a mostrar la propaganda en el fútbol, como en los viejos tiempos), se refugia en unos gráficos optimistas de Nicolás Dujovne y ruega que Trump no castigue al mundo con suba abrupta de tasas y que Brasil, al menos, se recupere unos centímetros. Agregará, de su parte, el éxito de la cosecha y quizás algún adicional en la recaudación del blanqueo. También, claro, si puede añadirá la firmeza para vencer al gremio docente, malabares para enfrentar desbordes callejeros y una cuota de dulzura positivista reclamada a la población como hizo, sin éxito, su esposa, Juliana, con Mirtha Legrand. En suma, aunque la ecuación planeada no alcance o sea imperfecta, al mandatario lo preside un concepto: el voto extorsión. Aunque no guste, igual votarán por mí, ya que Cristina es inaceptable para el electorado (no le falta razón, aunque en distritos claves del universo bonaerense, la tercera y determinante sección electoral por ejemplo, ese criterio se pone en duda). Hasta los propios macristas lo reconocen: caso contrario, preguntar por Emilio Monzó, un desplazado por advertir de estas acechanzas.

Para evitar que se repitan los recientes siete peores días de su gestión, sin embargo, igual manda pedir opiniones y consejos por medio de su ministro Andrés Ibarra: obtuvo una colección de reproches por parte de ex o cercanos al PRO que no figuran en la nómina oficial. Como si no bastara el primer círculo de ministros, el de los amigos que lo distraen o un equipo de asesores, el Grupo Discurso, que lo alienta y corrige, le sugiere lo que debe decir, le escribe respuestas, le descubre intereses desconocidos, hasta lo modela. Algunos llaman coaching a este entrenamiento en pos del amor y la simpatía presidencial. Nadie sabía que un hombre de Estado, formado en la educación privada, requería de tamaña asistencia y que, en lugar de todos los otros presidentes que cayeron en la educación pública, habla de puertos en Santiago del Estero, demanda un asistente para que le susurre en medio de una entrevista, desconoce y no estima el haber mínimo jubilatorio, dice que las empresas low cost aportarán 25 mil empleos nuevos, apenas conoce la Constitución o llama salidenses a los saladillenses. Detalles menores, dirán, incomparables con los desfalcos intelectuales de Cristina, la autodenominada abogada exitosa.

No es un secreto. El team lo comanda Marcos Peña, a quien secunda su arponero Grecco, escucha De Andreis, destaca Rozitchner por cierta intemperancia, algún enviado de Duran Barba como único profesional sobre comunicaciones, a veces asiste Vidal, casi siempre participa Rodríguez Larreta con el teléfono abierto desde su despacho municipal, una joven Julieta, el biógrafo Iglesias Illa, entre otros. Constituyen una suerte de escudo protector capaz de prevenir a Mauricio con encuestas, datos, ocurrencias y frases para sus discursos o actuaciones, como recomendarle ahora ser más agresivo, hablar en tono más alto, como manifestación de autoridad (infrecuente para la frecuencia oral de Macri y Peña, a pesar de que parecen satisfechos con el cambio). Se especializa el equipo, eso sí, en preparar al pupilo de la Casa Rosada para sus entrevistas mediáticas, en las que cada uno de los integrantes se disfraza metafóricamente del futuro interpelador, con nombre, apellido e historia, para pelotearlo presuntamente con intensidad, imaginando confrontaciones para que el Presidente sea lo que no es, como indica el manual de la política Cambiemos. Casi siempre esas imposturas suelen ser más punzantes que las preguntas de los periodistas que después elige Macri para sus entrevistas, al menos es lo que ellos mismos admiten. Nadie, sin embargo, revela quién fingió de Mirtha Legrand en ese ejercicio de travesti teatral, ya que resultó un fracaso la precaución por vaticinar la conducta de la dama en la cena. Más bien, se supone, el matrimonio Macri –basado también en asignaciones presupuestarias– debe haber evitado el coaching convencido de que no hacía falta ningún adiestramiento para dialogar con la amiga conductora. No esperaban lo que ocurrió. Un error, pero no se volverá a repetir. Palabra de ingeniero.

También ayuda el Grupo Discurso, por el dominio del múltiple Peña, a decidir la inconveniencia de que Elisa Carrió compita en la provincia de Buenos Aires (le exigen que vaya a la Capital), reservándole ese eventual lugar a Esteban Bullrich (mudó su domicilio porteño con esa expectativa hace unos pocos años) y que Martín Lousteau permanezca en Washington. No están solos: en ocasiones invocan sondeos de opinión y resultados de focus group. Por esta última tarea, sólo Rodríguez Larreta (según Resolución 948/MI-GC/17) paga más de 30 millones de pesos cada seis meses. Es que la palabra del pueblo cuesta.

© Perfil

0 comentarios :

Publicar un comentario