domingo, 12 de marzo de 2017

Cambiemos está mal y el PJ no puede gobernar ni un palco

Por Jorge Fernández Díaz
El gran óleo que se pintaron con esmero y voluntad propia es una obra tenebrista y caótica: bufones de doble discurso, robespierres de conurbano, guevaristas de Palermo, gángsters de facción, troscos de Estado, triunviros en fuga y patovicas de disco lanzando botellazos y devolviendo golpes, y en simultáneo una reina vetusta dando un lastimoso espectáculo en los tribunales de Comodoro Py. 

El actual peronismo no puede dictar cátedra con el dedo levantado porque esta semana ha demostrado que no consigue administrarse a sí mismo; sin autocrítica real ni ideas ni libros, hoy no puede gobernar ni un palco. Pero en la otra pared de la galería política, el cuadro hiperrealista no es menos patético: un grupo de cirujanos prematuramente avejentados por la faena y con cara de frustración aguardan que el recién operado reviva mientras los familiares del susodicho -la paciencia al límite-, los amenazan con escopetas calibre 12. Es que pasaron quince meses y la clase media no recibió una sola buena noticia, y aunque detrás de las manifestaciones se ocultan intereses partidarios y conjuras de destitución, lo que estamos viendo es la genuina lucha por el mango. Que escasea. El cirujano mayor fue anoticiado el jueves de que su popularidad no levanta. La otra novedad es que todo parece ser un juego de suma cero, porque nadie recoge el descontento: Cristina Kirchner no se mueve de su techo y Sergio Massa tampoco mejora.

La metáfora médica pone algo de justicia en este museo de desgracias: cuando se opera a una persona asintomática con pronóstico de ataúd suele haber una larga y complicada convalecencia. Tienen suerte los profesionales del quirófano: su performance no está atada a sondeos parciales, puesto que muy probablemente el paciente, durante las distintas etapas del proceso, manifieste la inquietante sensación de que se encuentra peor que antes y hasta se arrepienta de haberse sometido a la ciencia y al bisturí. Una amiga entró los otros días a una tienda. Había un sol que rajaba la tierra. "Menos mal que iba a llover", dijo una señora con sorna. Mi amiga le recordó amigablemente: "Anunciaron que la lluvia llegará por la noche". La señora la miró con desprecio: "Sí, claro, como el segundo semestre". La réplica no es kirchnerismo verbal, sino simple bronca y legítima defensa.

Las deformaciones de la economía nos trajeron hasta esta decadencia; las correcciones son dolorosas y sufridas, y encima Cambiemos suele prescindir del viejo axioma de Raúl Alfonsín: "Hacer política es hacer docencia". El 70% de la población sabía que marchábamos hacia Venezuela y que la luz no podía costar lo mismo que un café americano, pero los aumentos, la caída del poder adquisitivo y la mishiadura general le hicieron olvidar esos puntos de partida. Durante doce años, el peronismo radicalizado de los subsidios hizo con las clases bajas clientelismo de plan social y con las clases medias, clientelismo tarifario. Esclavos de esa ventanilla, los de abajo tuvieron al menos mayor lucidez y fidelidad; mucho pequeñoburgués, en cambio, naturalizó rápidamente el "regalo", armó su vida y sus comercios en torno a esos costos de fantasía y se permitió el lujo de manifestarse esclarecido: "Estas facturas son un delirio y una mentira, papá", canchereaban en las encuestas. Hoy ya no creen que todos fueron víctimas de un colosal timo populista, sino que hay un sadomasoquista en el Ministerio de Hacienda, porque goza haciéndolos sufrir mientras que se suicida electoralmente.

Guillermo Oliveto, el mayor experto en consumo, revela que la gran frase de época sigue vigente: "Vivo el hoy, mañana vemos", y que la correcta pero inoportuna ocurrencia de los Precios Transparentes impactó negativamente porque atacó un concepto cultural muy arraigado: "Mentime que me gusta". Son citas populares sobre la negación y el facilísimo, pero no explican el malestar de fondo: los sueldos perdieron frente a la inflación, los costos se incrementaron y los que la tienen, no la gastan. Pérsico sintetiza la falacia: "El Gobierno baila sobre el Titanic". Escamotea un dato central: su jefa política fue quien chocó el barco contra el iceberg y ahora denuncia el naufragio. Debemos ser implacables con Macri, porque a él le toca la ingrata tarea del salvataje y todavía no sabemos si estará a la altura de las circunstancias, pero no podemos olvidar quién se encontraba al mando del timón cuando chocamos. "El justicialismo es el máximo responsable del retroceso y la involución de la política argentina", dijo Eduardo Duhalde. Esa inusual admisión explica también la pobreza: el plan antiinflacionario, el levantamiento del cepo y las retracciones de Brasil sumaron gente a la miseria, pero los informes de la UCA muestran cómo el peronismo no puede desentenderse de una pobreza estructural gigantesca que amasó durante 24 años, ni de la severa recesión que comenzó hace cinco. Esos informes equiparan la actual situación con la crisis de 2009, pero entonces no había tanta histeria ni tantos dirigentes rasgándose las vestiduras. Además de la hipocresía, la diferencia es el miedo. Una administración autoritaria escondía las cifras, amenazaba con la Afip y con carpetazos y descréditos a cualquier objetor, y es así cómo muchos de los que hoy se hacen los compadrones, ayer silbaban bajito y se quedaban en casa. Si Cambiemos optara por el mismo despliegue de hostilidad, todos nosotros lo repudiaríamos. Algo de razón tiene Fernando Iglesias: medimos con la vara de Suiza a los gobiernos no peronistas y con la vara de Uganda al peronismo.

El kirchnerismo carapintada, para quien medir a los pobres era estigmatizante, bate hoy el parche con un catastrofismo golpista. Algunos de sus caciques les comen la cabeza a los gremialistas: "Apretá que se caen". Trabajan para un nuevo 2001, evento que a nadie convino salvo a ellos. Comparan Avianca con Báez o los bolsos de López: simbólicamente, pecados contra crímenes, intentos repudiables contra graves hechos consumados, y la idea resulta bien simple, todos somos iguales y con Cristina estábamos mejor. Baradel es teledirigido desde Santa Cruz, y tiene por única misión demoler la imagen de María Eugenia Vidal. Y el peronismo renovador sigue sin atisbos serios de renovarse, más si se tiene en cuenta que posiblemente sea Margarita Stolbizer la candidata de Massa: no veo a los peronistas "nuevos" del conurbano disciplinándose detrás de una socialdemócrata. Se murió Grondona, se corrió Moyano y cayó Cristina, y entonces todo es atomización y desconcierto en las corporaciones rancias: la AFA, la CGT y el partido de Perón. Y Macri es un líder soft, por lo tanto tal vez no pueda encarnar una voluntad vibrante: el país está cruzado por mafias sindicales, políticas, judiciales, estatales, empresariales, policiales, futbolísticas y mediáticas, y destrozar ese entramado exige una épica emocional. Por ahora algunas figuras de su círculo de confianza le han sugerido que en territorio bonaerense se encargue de la difícil tarea la histriónica Elisa Carrió, y le han rogado que afloje con el escalpelo y agarre las gasas. No es populismo exprés, sino puro realismo de coyuntura. Oliveto dice que este año el consumo aumentará un 2%. No se sabe si eso alcanzará: hay gente horrorizada con el óleo del peronismo impresentable, pero hay mucho paciente arrepentido en ese cuadro de cirujanos. El Gobierno tiene una mala salud de hierro, y debe cuidarse de cada resfrío: los vivillos quieren llevarlo a la tumba.

© La Nación

0 comments :

Publicar un comentario