jueves, 19 de enero de 2017

¿Es así como acaba la democracia?

Por David Runciman

La noche de las elecciones, en cuanto estuvo claro que lo impensable se había convertido en una fría realidad, Paul Krugman se preguntó en el New York Times si Estados Unidos se había convertido en un Estado fallido. Los politólogos que normalmente estudian la democracia estadounidense en un estado de espléndido aislamiento están comenzando a dirigir su atención hacia África y América Latina. 

Quieren saber qué ocurre cuando los autoritarios ganan las elecciones y la democracia se transforma en otra cosa. El demagogo que prometió matar a los terroristas y a sus parientes va a mudarse con su familia al palacio presidencial. Incluso antes de tomar posesión está colocando a sus hijos en posiciones de poder. Allí está en la televisión, dorado y radiante, con su mujer a su lado y sus hijos alineados detrás de él, dispuestos a aceptar lo que papá les ofrezca. Allí lo vemos de vuelta en Twitter, desatado tras la victoria, persiguiendo a sus oponentes de la prensa libre. Su hijo de diez años es demasiado joven para unirse, pero estuvo junto a su padre en la noche electoral, con apariencia de estar divirtiéndose mucho menos que los demás, mientras Trump pronunciaba un discurso de victoria especialmente conciliador. Palabras de concordia seguidas de la despiadada apropiación personal de la maquinaria del gobierno, hijos incluidos. ¿Es así como acaba la democracia?

Decir que estas no son las preguntas adecuadas no significa menospreciar la crisis que enfrenta Estados Unidos, e incluso el mundo. Estados Unidos no es un Estado fallido. ¿Cómo lo sabemos? Porque eso es lo que afirmó Trump en la campaña electoral y estaba mintiendo. Dibujó su país como un lugar con instituciones fallidas y corrupción generalizada, aseguró que las áreas desfavorecidas de las ciudades estaban atormentadas por el crimen y que a la clase política solo le interesaba enriquecerse. Si le hubieran creído es muy posible que no lo habrían elegido: poner a alguien como Trump al mando habría implicado con seguridad el fin de la democracia americana, porque le habría permitido libremente hacer lo peor. La gente votó por él porque no creía en él. Querían un cambio pero también confiaban en la durabilidad y la decencia de las instituciones políticas estadounidense para protegerlos de los peores efectos de ese cambio. Querían que Trump sacudiera un sistema que a su vez los protegería, según sus expectativas, de la insensatez de un hombre como Trump. ¿De qué otra manera explicar que mucha gente que admitió estar asustada por la idea de una presidencia de Trump votara por él?

El equipo de Clinton cometió el error básico de elegir como objetivo los defectos obvios de carácter de Trump y usarlos como argumentos de por qué no debería llegar a la Casa Blanca. Pero no es que esos defectos estuvieran escondidos. Para sus seguidores estaban incorporados: insistir sobre ellos no servía más que para hacer que los demócratas parecieran exageradamente alarmados. Si este tipo fuera tan peligroso como dicen, ¿de verdad sería un candidato serio para presidente? No obstante, tiene que ser un candidato serio a presidente para ellos si están diciendo que es tan peligroso, no es tan peligroso como dicen.

Esta es la crisis a la que se enfrentan las democracias occidentales: ya no sabemos cómo es el fracaso y no tenemos ni idea de a qué peligro nos enfrentamos. El lenguaje de los Estados fallidos no encaja con el momento actual porque evoca imágenes que son totalmente inapropiadas para una sociedad como el Estados Unidos de nuestros días. No va a haber un conflicto civil generalizado, nada de tanques en las calles, ni generales en la televisión anunciando que se ha restablecido el orden. La victoria de Trump se ha recibido con protestas por todo el país, acompañadas de violencia esporádica. Si hubiera sido derrotado y se hubiera negado a aceptarlo, la historia habría sido diferente. Pero incluso en ese caso me cuesta creer que el orden civil en Estados Unidos se habría roto. La violencia habría sido sin duda mayor y todo habría estado más lleno de odio. Pero una resistencia armada extendida contra el régimen es algo todavía muy difícil de imaginar. Estados Unidos no tiene nada que ver con las sociedades en las que sabemos lo que pasa cuando la política se derrumba, incluida Europa en los años treinta, que normalmente se considera un aviso de lo que podría estar a la vuelta de la esquina. El Estados Unidos de hoy es mucho más próspero que otros países donde la democracia ha fallado en el pasado, a pesar de que esa prosperidad está mal distribuida. Su población es mucho mayor. El desorden civil suele ocurrir en sociedades donde la edad promedio son los veinte años; en Estados Unidos está cerca de los cuarenta. Sus jóvenes están mucho mejor educados, o al menos han recibido educación durante más tiempo. Sus niveles de violencia, aunque altos para los estándares de la Europa del siglo XXI, son los más bajos de su historia. Sus frustraciones son las de un país donde, a pesar de todo lo anterior, las cosas van muy mal. Son problemas del primer mundo. Esto no los hace menos graves. Solo hace más difícil encontrar precedentes históricos para anticipar lo que viene ahora.

La campaña de Clinton, que incluyó a Obama en su última etapa, trató a Trump como alguien atípico y fuera de las normas democráticas básicas, capaz de destrozarlo todo si llegaba a ganar. En el segundo debate presidencial, Clinton lo acusó con eficacia de trabajar para un poder extranjero hostil, de ser un títere del régimen ruso. Si esto es cierto, entonces los servicios de seguridad nacional deberían actuar para proteger la república. Ante el riesgo de que los códigos nucleares caigan en manos enemigas, una respuesta apropiada sería que los generales aparecieran en televisión para tomar el control. En vez de eso, el Estado se ha movido tan rápido como de costumbre para acomodar a su nuevo capitán y ofrecer sus servicios a su causa, con la esperanza de hacer que esa causa sea razonablemente efectiva. Obama apareció en televisión para insistir en que le desea lo mejor a Trump, porque si Trump tiene éxito, Estados Unidos tiene éxito. Esto sugiere que la gente que votó por él tenía razón al sospechar que el sistema haría cualquier cosa que estuviera en sus manos para amortiguar el golpe que representaría su elección. También significa que, si Trump supone una verdadera amenaza para la democracia estadounidense, no tenemos un vocabulario para expresarlo.

Sin embargo, el verdadero peligro de sonar exageradamente alarmados está en el otro lado. Trump dijo que Estados Unidos era una sociedad quebrada y que él venía a arreglarla. Pero no está rota de la manera que él dice, así que no puede solucionarlo. Es la regla “si lo rompes, es tuyo” pero a la inversa: no lo rompiste, no te lo quedas. En su lugar, Trump está obligado a convertirse en algo más que un político convencional: tendrá que retractarse de sus promesas, contratar en Washington a personas experimentadas que lo ayuden a negociar con la ciénaga en vez de drenarla, como advertía con su eslogan de campaña [“Drain the swamp”]. Ya empezó. Lo que da más miedo de esta perspectiva es que Trump no tiene experiencia en cómo hacer todo esto: no es un político, y es posible que lo vaya a hacer mal, de manera torpe, a trompicones y con ocasionales episodios de clara incompetencia. Envolverá estos episodios con refrescantes olas de grandilocuencia trumpiana. Este es en apariencia el papel de Steve Bannon y sus compañeros de Breitbart, ahora debidamente instalados en el Ala Oeste: están ahí para ocultar los desastres con novedosas teorías de la conspiración. Pero la incompetencia se verá disminuida por la capacidad funcional del Estado, que fue diseñado para absorber grandes volúmenes de ineptitud gubernamental a fin de impedir la posibilidad de que gente realmente mala pueda gobernar con eficacia. En un país que ha visto más presidentes malos que buenos, Trump no es tan atípico. Ni siquiera es uno de los más repugnantes.

Peter Thiel, el billonario de Silicon Valley que se jugó la piel al apoyar a Trump antes de las elecciones y que ahora parece que será recompensado con un puesto en el gobierno, dijo que una presidencia de Trump sería una reconciliación con la realidad. De ser cierto esto, la realidad tendría una mejor oportunidad de contraatacar. En cambio, parece que va a ocultar lo que ocurre con una nueva capa de fanfarronería y confusión. El núcleo de la argumentación de Thiel a favor de Trump es que la generación de estadounidenses que los Clinton representan –los baby boomers– había inflado una burbuja tras otra en su afán desesperado de no afrontar la verdad desnuda y continuar con su vida acomodada. No solo ha habido burbujas financieras e hipotecarias: hubo burbujas humanitarias y de corrección política –cualquier cosa que alejara de la puerta al lobo que representan las cosas como realmente son–. Sin embargo, la idea de que Trump –alguien de la misma generación y que ha recibido mimos como nadie– ofrece algo diferente es risible. Es probable que la burbuja Trump sea la más grande de todas.

Su agenda más inmediata es conseguir que el Congreso apruebe un plan para invertir masivamente en infraestructura, además de grandes reducciones fiscales. Tiene varias barreras enfrente. Puede buscar apoyo en los republicanos para los recortes impositivos y en los demócratas para sus proyectos de infraestructura. Puede usar el impulso a corto plazo que este estímulo daría a la economía para ganar tiempo mientras fracasa en su intento de cumplir con sus otras promesas, en inmigración, en empleos del sector manufacturero, en la lucha contra los terroristas y en repartir el amor en casa. Quizá pueda decir por un tiempo que al ofrecer algo a cada bando está consiguiendo superar la polarización partidista. Pero todo lo que hará es cubrir con parches las grietas. La reducción de impuestos y gasto público sin financiación crearán inflación y las condiciones para una futura crisis. También conducirán a un enfrentamiento con la Reserva Federal y Trump no podrá salir fácilmente de eso. Si intenta sustituir a la actual presidenta Janet Yellen o llenar con sus propios candidatos la junta de gobernadores, el partidismo reafirmará su papel con una venganza. Tarde o temprano, la realidad contraatacará a Trump. Cuando lo haga, se verá obligado a patalear. Pero quizá sea demasiado tarde. Estará atrapado.

Mientras tanto, las amenazas a largo plazo a las que se enfrenta la sociedad estadounidense continuarán sin solución. Si nos centramos en los riesgos de una posible violencia política directa estaremos colocando las expectativas lo suficientemente bajas como para que Trump las cumpla con relativa facilidad. La verdadera violencia destructiva de la sociedad estadounidense tiene lugar bajo la superficie y a veces pasa inadvertida para todos excepto para sus víctimas. Es la violencia de un sistema penitenciario que encarcela y elimina derechos a segmentos significativos de la población adulta, especialmente hombres jóvenes afroamericanos. Es la epidemia de la violencia entre blancos que ha costado la vida de casi cien mil estadounidenses desde 1999, que se mantuvo más o menos invisible hasta que los economistas Anne Case y Angus Deaton la expusieron en un artículo científico en 2015. Estas muertes son el resultado de violencia autoinfligida, ya sea por suicidios o sobredosis de alcohol o drogas (“envenenamientos”, en palabras del informe), y afectan concretamente a los estadounidenses blancos que viven en las partes que votaron mayoritariamente por Trump: el sur, los Apalaches y las áreas industriales conocidas como el “cinturón de óxido”.

Es más probable que la gente que vive en estas comunidades se suicide a que mate a otras personas, y está muriendo más joven que sus padres, una tendencia anómala en sociedades desarrolladas. La victoria de Trump quizá proporcione a las víctimas de esta epidemia un respiro superficial –que incluye la posibilidad de dirigir hacia fuera el odio que tienen contra sí mismos– pero hará poco por solucionar las causas profundas de su desesperanza. Estados Unidos es una sociedad en la que mucha gente en edad de trabajar se ha rendido y otros han visto cómo un violento sistema criminal les arrebataba la posibilidad de una vida decente. Si algo está fallando, está fallando ahí. Cuando explote la burbuja Trump, no habrá ninguna reconciliación con la realidad. Habrá una mayor sensación de traición.

La administración Trump no tendrá ninguna dificultad para cumplir con sus promesas sobre el cambio climático, dado que prometió no hacer nada y no hacer nada es relativamente fácil. Quizá le cueste más desmontar toda la agenda medioambiental promovida por Obama, pero dado que Obama tuvo que recurrir a decretos para lograr avances en la materia –durante seis años le fue imposible aprobar una legislación a través del Congreso– será mucho más sencillo aplicar decisiones ejecutivas para anular el trabajo de su predecesor. En el campo de la política internacional Trump podrá del mismo modo aprovecharse pronto de algunas oportunidades fáciles: deshaciendo acuerdos que todavía no se han firmado, retirando el apoyo a regímenes que no tienen capacidad de negociación, acosando a gente humilde. En su camino a la Casa Blanca, Trump ha demostrado que es feliz siguiendo el trayecto con menos obstáculos. ¿Por qué debería detenerse ahora? Estados Unidos adoptará una pose bajo su liderazgo y enfatizará su poder. Pero se esquivarán las decisiones difíciles y se buscará la conciliación con los enemigos. Quizá sea en el escenario internacional donde haya un momento de la verdad, en el que uno de esos enemigos decida probar a Estados Unidos con una confrontación abierta. Pero no parece probable. El Estado de seguridad estadounidense sigue siendo una máquina formidable y nadie se lo va a tomar tan a la ligera. El funcionamiento básico del establishment político estadounidense proporciona a Trump toda la cobertura que necesita para fingir que lo está desmantelando. Lo que hará será continuar en su deterioro sostenido. Es probable que no ocurra nada dramático, lo que significa que la reconciliación con la realidad puede esperar un poco más todavía. Está claro que esto sería mejor que permitir que sucediera algo realmente dramático bajo su guardia. ¿Quién querría eso? Probablemente ni siquiera la gente que le dio su voto.

El centro de la argumentación de Thiel a favor de Trump es que Estados Unidos se ha convertido en una sociedad adversa al riesgo, asustada por el cambio radical necesario para su supervivencia. Necesita disrupción. Pero Trump no es un disruptor: es un inepto rencoroso.

Quienes votaron por él no pensaban estar haciendo una apuesta enorme; simplemente deseaban refutar un sistema al que todavía confían su seguridad básica. Esto es lo que tiene en común el voto de Trump con el Brexit. Al elegir su salida de la Unión Europea, la mayoría de los votantes británicos quizá parecía haber actuado de una manera insensata. Pero en realidad su comportamiento también reflejó una confianza elemental en el sistema político con el que estaban tan claramente indignados, porque pensaban que era todavía capaz de protegerlos de las consecuencias de su elección. Se suele decir que Trump llega a sus votantes porque representa el padre autoritario que quieren que los proteja de la gente mala que, ahí afuera, les hace la vida imposible. Esto no puede ser cierto: Trump es un niño, el político más infantil que he visto en mi vida. El padre en esta relación es el propio Estado estadounidense, que permite a los votantes una rabieta y unir fuerzas con el niño más maleducado de la clase, seguros de que los mayores siempre estarán ahí para recoger los pedazos.

Aquí radica el verdadero riesgo. No es posible continuar comportándose así sin dañar la maquinaria básica del gobierno democrático. Se necesita una extraordinaria precisión e inteligencia política para dirigir el enfado popular hacia las partes del Estado que requieran reformas y a la vez dejar intactas aquellas que permiten que esas reformas sean posibles. Ni Trump ni tampoco el Brexit son esas opciones. Son los instrumentos más drásticos, que sacuden indiscriminadamente los cimientos sin nada que ofrecer como apoyo. Bajo estas condiciones, la respuesta más probable es que los mayores en la habitación se pongan de cuclillas, esperando a que la tormenta pase. Mientras lo hacen, las atrofias políticas y el cambio necesario se dejan de lado ante el imperativo de evitar un colapso sistémico. Se da prioridad al deseo comprensible de no sacar los tanques a las calles y de mantener los cajeros abiertos frente a las amenazas a largo plazo. Falsa disrupción seguida de parálisis institucional, y todo mientras los verdaderos peligros siguen amontonándose. En última instancia, así es como acaba la democracia.

Traducción del inglés de Ricardo Dudda.
Este artículo apareció originalmente en la London Review of Books (www.lrb.co.uk).

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