domingo, 4 de diciembre de 2016

Deben ser los caranchos, deben ser

Por Jorge Fernández Díaz
A la mordaz jungla de la política, donde anidan desde hace tiempo los "gusanos" anticastristas y los "gorilas" del antiperonismo, se agrega ahora un ave autóctona de larga tradición: el "carancho". Injustamente olvidada en el catálogo de la decadencia, esta especie carnívora se ha dedicado durante años a depredar el Estado cuando su facción gobierna y a cobrar protección cuando corretea en el llano; a justificar su rapiña en nombre de pobres y ausentes, y a aprovechar que su víctima queda exangüe para desplegar su furibundo escarnio y preparar su suicidio asistido. 

El carancho tiene predilección por picotearte los ojos; necesita verte caído y fuera de juego. El caranchismo es un virus pedigüeño y extorsivo, pero también destituyente -aunque el plumífero puede adoptar distintas tácticas temporales - puesto que hay en la pajarera vernácula caranchos urgentes y caranchos con paciencia. Todos, sin embargo, conciben a la democracia republicana como una sandez neoliberal, a las presidencias no peronistas como una intrusión intolerable, y a cualquier coalición que no sea la propia como una partidocracia cipaya con destino de helicóptero.

La verdad sea dicha, estas últimas ideas son la primera materia que te enseñan cuando entrás en el peronismo, aunque no deberían confundirse de ninguna manera los tantos: así como por suerte hay cada vez más peronistas modernos y republicanos, también pernoctan caranchos en otras fuerzas políticas. Es que por imitación y didáctica, caranchear ha sido una práctica transversal y contagiosa dentro y fuera del jaulón movimientista. Resulta cierto, no obstante, que el dirigente peronista debe luchar particularmente con esa tara de origen, con el pequeño carancho que le han inoculado y todavía lleva adentro. Para algunos ser peronista implica, aún en la actualidad, creer esa infamia según la cual únicamente ellos encarnan la patria y el pueblo, mientras los demás somos inexorables gerentes del imperialismo y la oligarquía. En parte el peronismo se ha alejado de esa superstición soberbia y ha evolucionado (hoy su renovación resulta esencial para la democracia), el sindicalismo hace lo que puede en medio de una recesión y las organizaciones sociales son actores ineludibles en un país que precisamente los justicialistas dejaron con altísima inflación, 30 por ciento de pobreza estructural y un boom del narcotráfico. A propósito, al cierre de esta edición no se ha oído una autocrítica profunda y sincera acerca de estas hecatombes. Sí se escuchan todos los días declaraciones destempladas y se ven dedos levantados. Y se registran cómicos zigzagueos como cuando peronistas parlamentarios acompañan responsablemente los proyectos del gobierno constitucional, y de repente giran en el aire e imponen ocurrencias demagógicas y carísimas, para al día siguiente salir bien temprano por la radio y denunciar el peligroso aumento del déficit fiscal. Que ellos mismos engordaron. O cuando gremialistas deslizan en voz baja: "Quiero estar cerca de Macri para manotearle fondos". O cuando líderes de base revelan entre amigos su gran estrategia: "Sacarle todo lo que le podamos sacar". Ciertos gobernadores e incontables intendentes, matándose de risa, refieren lo mismo cuando los micrófonos están apagados. Como bien señala el sociólogo Rolo Villar, qué lindo es hacer beneficencia con la plata ajena. Y yo agrego: qué cómodo es exprimir a la vaca para después tirarla a la parrilla.

El caranchismo no exime de responsabilidad, por supuesto, a los chicos del Excel. Que son vulnerables al vuelo del carancho y que muchas veces actúan como víctimas perfectas: recibieron la empresa quebrada y un inesperado viento de frente, repartiendo raciones se fueron quedando sin torta, ahora revientan la tarjeta y calman los ánimos, pero no tienen ni siquiera la chance de pegar un puñetazo en la mesa y aplicar castigos, puesto que su propia grey no toleraría semejante "autoritarismo kirchnerista": lo votaron para las antípodas, desde un buenismo reparatorio que todavía pinta bien en las encuestas. Pasa que muchas veces los pueblos encumbran candidatos con modales de señorita, y cuando la economía no despierta, añoran líderes con lenguaje de puerto.

Visto en perspectiva, su modelo de gobernabilidad fue demasiado oneroso y nunca conectó con el plan de estabilización. El Gobierno pagó lo que no tenía, complicó así una economía ya destrozada y no logró desarmar la bomba más peligrosa de todas: la Argentina sigue viviendo por encima de sus posibilidades. Pero por favor no despierten al soberano; por lo menos hasta que comience a consumir y vuelva a entrar en el cuarto oscuro. ¿Tenía Macri alguna alternativa? El shock se lo hubiera llevado puesto, pero el gradualismo lo está quemando vivo. Evitó vetos, paros generales e incendios callejeros, pero la cuenta que trajo el mozo al final de la comilona da vértigo. Históricamente, y como ya se dijo, en este país el que paga la fiesta organiza su propio funeral. Pero no pagar también puede llevarte a la tumba. El diagnóstico íntimo del macrismo resultó de algún modo simplista: el mal desempeño de quienes nos precedieron tuvo que ver con la incapacidad y la corrupción; por lo tanto, con transparencia y ejecutividad el problema argentino se soluciona. Se descuenta que el cambio ha tenido el rumbo correcto, pero también que es insuficiente: el nudo del gran fracaso nacional es mucho, mucho más complejo. ¿Se habría podido evitar el chantaje semanal de los caranchos si Cambiemos hubiera aceptado la oferta de Pichetto? ¿Se hubiera podido firmar un acuerdo de gobernabilidad que ahorrara déficit y sorpresas? ¿Habrá tiempo todavía para realizarlo o la inminente campaña electoral ya lo hace imposible? ¿Sería utópico rubricar ese pacto patriótico y colocarlo bajo un paraguas? A Macri le encanta armar rompecabezas todas las noches con su hija en Olivos; toma esa gimnasia como un desafío a la autoestima. Le hará falta toda su energía mental para descifrar estas encrucijadas mayores de la República. Porque es alérgico a los acuerdos integrales, porque Durán Barba le recomienda (tal vez acertadamente) seguir dividiendo entre "lo nuevo y lo viejo", porque algunos funcionarios sostienen que la combinación entre el caranchismo cultural de los otros y la caja propia garantiza la paz social, y porque intuyen que el cristinismo está furioso precisamente a raíz de que Macri actúa una sorpresiva faceta de Néstor: billetera y expectativas, sin tanto rigorismo económico. Y que todo eso puede retardar el esperado "estallido" y hasta hacerle ganar las elecciones de medio término. Macri se comporta como peronista, algo que inquieta a ciertos caranchos, y hace presuntos convenios bajo la mesa con Bergoglio. Los caranchos más radicalizados anhelan que gire a la derecha. La derecha también.

Estos dilemas y paradojas no se debatieron en Chapadmalal, aunque simultáneamente el jefe de Gabinete le reconoció a La Nación algo relevante: "El déficit no es sostenible a mediano plazo". El país, agregó otro ministro, pasó de terapia intensiva a intermedia. Toda esa sinceridad tranquiliza porque descarta la ceguera y la negación, pero es imposible que calme a las aves carroñeras. El oficialismo se debe un retiro en serio y un rediseño, y la oposición, un autoexamen honesto sobre su larga historia de trastadas y sobre su caranchismo inercial. Y a nosotros, los ciudadanos de a pie, nos asiste en tanto el derecho a la indignación. Es un derecho humano e irrenunciable.

© La Nación

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