viernes, 30 de diciembre de 2016

COMUNIÓN / Último brindis

Por Carlos Ares (*)
Si fuera posible que el 31 a las doce todos nuestros deseos, los no dichos, los no escritos, los más íntimos, los que acercamos a retratos de los que no están, a las caras de los que sí, o elevamos con las miradas y las copas al fondo del universo, si ese formidable soplo de anhelos arrojados al más allá se pudieran subtitular y aparecieran escritos en el cielo como mensajes de texto, ¿qué dirían? ¿Cuáles serían las palabras comunes, las más repetidas y en qué orden? ¿Salud? ¿Trabajo? ¿Paz? ¿Amor?

Es extraño pensarse en un momento de comunión semejante, en un instante que dura, ¿qué?, nada, sólo segundos, donde todos los ciudadanos, a la hora señalada, coinciden en el territorio común de la esperanza, acuerdan, reducen las ambiciones al mínimo y se enfocan en no más de cuatro o cinco palabras, las que consideran esenciales para que el destino inmediato no pierda el sentido. Es una interrupción tan leve y fugaz del tiempo, un apagón, un pestañeo, que sólo puede advertirse, como si fuera una mínima falla eléctrica, cuando se revisa el momento a cámara muy lenta. La película de nuestras vidas funde a negro exactamente a la medianoche de cada fin de año y retoma de inmediato la continuidad en la escena donde nos habíamos dejado.

Mirá. Parece contradictorio, pero nunca nos vemos mejor como sociedad que a la luz intensa, cegadora, de diciembre. Eso que ilumina el sol violento en las calles es lo que somos. Un reguero hirviente de personas sudorosas, impacientes, excedidas de ansiedad, de alegría, de malhumor, de reclamos.  Abrumados por la falta indeleble de ¿qué?, necesitadas de llegar, ¿ adónde?, para asegurarnos de que, al menos, hemos cumplido con la necesidad de hacer saber que aquí estamos todavía.

Son las últimas horas de una larga y agotadora jornada anual en la que, casi siempre, los resultados del esfuerzo realizado nos parecen escasos. Los logros se ven pequeños, modestos, se desprecian o se reducen ante la imposibilidad de alcanzar lo que imaginamos y que, supuestamente, merecemos. Así es que brindamos más por lo que vendrá que por lo que fue, sin preguntarnos si tuvimos algo que ver en lo que pasa y pasó.

Con la primera copa, siempre habrá una forma razonable de explicarnos porqué aquello que debía suceder en verdad no ocurrió. Bebida la segunda, seremos más amables con nosotros mismos y nos sentiremos un poco más aliviados del peso de semejante responsabilidad, la de hacernos cargo de algo. Después de la tercera, todo volverá a ser así de sencillo, las culpas son siempre ajenas. Los medios, el Gobierno, los dirigentes de turno, que para eso están ahora ahí. La lengua, como un látigo húmedo, restallará sobre los errores cometidos y las promesas pendientes. No habrá memoria ni repaso del pasado que calme la insatisfacción ni consuele a los necesitados. La grieta no se salva con explicaciones. El prejuicio resiste todo. Encubre el malestar, compensa la resaca.

De qué vale pensar que ese Scioli del que, gracias a su derrota electoral, se sabe ahora quién y qué clase de tipo es, pudo haber sido presidente si, a su vez, ese Aníbal Fernández, al que, tal vez, por fin se logre someter a proceso, pudo haber sido gobernador y quedar definitivamente libre de sospechas. De qué vale preguntarse qué hubiera pasado si un vecino del convento, en plena noche, no veía y denunciaba a José López revoleando los bolsos y no se lograba luego confirmar los hechos con la imagen de las cámaras.

 Jaime, preso. Báez, preso, López, preso, el Caballo Suárez, preso, Boudou y De Vido al caer, decenas de denuncias bajo investigación. Cada uno puede hacer su propia “play list”, de los nombres que están y de los que les gustaría escuchar tocar el piano en tribunales pero, si bien se repasa, después de tanto robo, de tanto crimen, de tantos muertos, tenemos que reconocer que, en algunos aspectos, no fue tan malo el año.

Ya de madrugada, a solas, si la noche da, siempre habrá un momento más de cierto reposo, de ligera melodía, aparte de voces y luces, para levantar la copa una vez más y salvar el abismo entre lo que fue y podría ser con un último deseo. ¡Salud! Y trabajo. Para todos.

(*) Periodista

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