sábado, 7 de mayo de 2016

PERFILES / ORTEGA Y GASSET

El hombre-massa y la cultura de la vulgaridad

José Ortega y Gasset: "El hombre-masa proclama el derecho a la vulgaridad y
se niega a reconocer instancias superiores a él".
Por Candela Touza-Vidal

En su obra La rebelión de las masas, Ortega y Gasset exponía lo que opinaba de la época que le había tocado vivir desde su punto de vista: una realidad vacía, llena de apariencias pero sin profundidad, sin objetivos, protagonizada por uno de los conceptos más relevantes, curiosos y notables del padre del raciovitalismo: el hombre-masa.

¿Quién es el hombre-masa?

Es ni más ni menos que el conformista al que la vida le parece fácil, que se siente en control de la realidad que le rodea y que no se somete o siente sometido a nada ni a nadie. Es un individuo egoísta y mimado, un ser cuya máxima preocupación es sí mismo. Este también es el hombre del siglo XXI, preocupado por las tendencias y las apariencias, poco profundo.

“El hombre-masa (…) sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él”.

¿Quién lo teme?

El gran temor es la imposición de la masa sobre el total de la sociedad, ya que esta masa alocada no ve más allá de sí misma, no respeta, no sigue. La masa se impone. Los que tradicionalmente se consideraban lujos reservados a unos pocos, se convierten ahora en los placeres a los que todos tienen acceso. La masa ya no va detrás, ahora se coloca en cabeza, viéndose a sí misma más merecedora, con una vida que es “más vida que todas las antiguas (…) el pasado íntegro que se le ha quedado chico a la humanidad actual”.

El hombre-masa es autosuficiente. “Por lo menos en la historia europea hasta la fecha, nunca el vulgo había creído tener «ideas» sobre las cosas. Tenía creencias, tradiciones, experiencias, proverbios (…) Nunca se le ocurrió oponer a las ideas del político otras suyas; ni siquiera juzgar las «ideas» (…)Hoy, en cambio, el hombre medio tiene las «ideas» más taxativas sobre cuanto acontece y debe acontecer en el universo. Por eso ha perdido el uso de la audición. ¿Para qué oír si ya tiene dentro cuanto le hace falta?”.

El triunfo de la vulgaridad a manos de este hombre-masa es lo que la hace constar, lo que la sitúa por encima de todo. Como si no respondiese a razones; posee todos los poderes. Él se lo guisa y él se lo come.

Con mucho sentido del humor y cierto grado de preocupación, Ortega se aventuró a definir otro tipo de ‘ejemplar’ propio de su tiempo y que se extiende hasta el presente: el especialista. Al explicar cómo es este individuo, se encuentra con que, en el pasado, era sencillo agrupar a los hombres. Existían dos grupos, sabios e ignorantes; y dentro de cada uno, varios grados.

El especialista, que a principios de siglo llegó a su “más frenética exageración”, es un hombre que “no es un sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante porque es un «hombre de ciencia» y conoce muy bien su porciúncula de universo. Habremos de decir que es un sabio-ignorante”, ya que, dependiendo del tema en cuestión, se comportará de una u otra manera.

Hoy día podría decirse que la situación se ha acentuado y generalizado hasta tal punto que todo el mundo, cualquier individuo opina o, mejor dicho, impone su opinión sobre cualquier materia. El hombre-masa es especialista en todo y más que nunca se siente en posesión de la verdad, su verdad, y trata de imponerla.

Una monótona repetición

La descontextualización de una obra siempre conlleva incompletas interpretaciones de la misma. La rebelión de las masas fue escrita durante la aparición de los totalitarismos, algo que el lector no debe ignorar: “Bolchevismo y fascismo (...), dos claros ejemplos de regresión sustancial”.

¿Dónde está el error? ¿La regresión? ¿En qué se equivoca la masa que apoya, defiende, entiende estos regímenes? En el hecho de que se vuelven a cometer los mismas equivocaciones. El hombre-masa no ha aprendido, no ha escuchado lo que la historia tiene que contar y lanza revoluciones que no triunfarán porque tropezarán en la misma piedra una y otra vez.

La sociedad de masas crea el Estado para el servicio de sí misma. ¿Cómo es posible entonces que el resultado sea el inverso y que la masa acabe estando al servicio del mismo? A modo ilustrativo, el caso de Mussolini, que una vez en el poder solo tuvo que emplear la máquina del Estado de forma extrema. Las herramientas creadas por la democracia liberal ya estaban establecidas. Solo tenía que saber cómo utilizarlas.

¿Por qué es relevante?

El arte, el pensamiento y la cultura en general deben ser responsabilidad de unos pocos y no de todos –dice Otega–. Con esto no quiere decir que deba reservarse a unos cuantos, sino que es la minoría que se ha renovado y se distancia de la masa, la que debe abrir nuevos caminos en el arte, en el pensamiento, en la creatividad. La cultura en general existe para que todo el mundo la disfrute –y ahí es donde entra su lado más democrático–, pero no debe ser cualquiera quien la desarrolle y la cultive, o se vulgarizará.

El pseudo-intelectual/hombre-masa no posee el conocimiento, el individualismo y el deseo de superación necesarios para desarrollar o elevar ni las artes, ni el pensamiento. Es un hombre satisfecho, apático, incluso conformista; no se marca metas, es como si ya hubiese llegado a donde tenía que llegar. Le falta ese ímpetu, esa hambre, de querer saber más que el hombre de épocas pasadas. La pereza de la masa. Y es un grave error, pues como dijo en su día el gran Don Miguel de Cervantes: “el camino es siempre mejor que la posada”.

© Filosofía Hoy

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