domingo, 17 de enero de 2016

El drama político de perder los amigos y la caja

Por Jorge Fernández Díaz
Fue un almuerzo cordial y rápido, con un final desconcertante y tal vez melancólico. Un importante empresario mediático que hizo fortunas con los Kirchner invitó a un funcionario nacional que trabaja muy cerca del jefe de Gabinete para tantear el nuevo terreno. Escuchó impertérrito que había orden presidencial de reducir indiscriminadamente el multimillonario dispendio en concepto de propaganda oficial para destinar aquel dinero a rubros que lo necesitan, y luego preguntó cuánto le tocaba a él de esa torta. El número final le provocó una sonrisa: "Con eso no pago ni los sueldos".

A continuación probó ver qué efecto tendría ser más duro o más complaciente con la flamante gestión. "Nosotros no nos metemos con la línea editorial de nadie -le respondió fríamente el funcionario. Haga lo que más le convenga." Más adelante, el empresario preguntó qué pensaba Macri sobre sus medios, ¿debía venderlos? "El Presidente no opina nada -fue la respuesta. Le da lo mismo. Créame, usted tiene la libertad más absoluta."

Otros empresarios y periodistas bendecidos por la publicidad gubernamental habían recogido la misma impresión: el macrismo no está obsesionado por lo que se dice o se publica; si lo atacás o lo defendés, le parece más o menos irrelevante, se lo toma con espíritu deportivo. Fue un descubrimiento aterrador y abismal para algunos de estos muchachos. Como lo sería para un chantajista la noticia de que finalmente su víctima se divorció y ya no pagará un peso para silenciar un engaño erótico. Durante los últimos doce años no había en este país negocio más fácil que abrir un medio y ponerlo a órdenes de un gobierno desesperado por controlar el mensaje y castigar a los disidentes. Era como robarle un dulce a un niño.

La prensa kirchnerista es hoy víctima del mismo sistema que la engendró. Se trata de un periodismo paraestatal que no sabe operar sin Estado, y que no se preocupó por generar audiencia genuina ni por tener avisadores. Ese colectivo cuenta con talentosos profesionales, que fueron efectivos en las batallas culturales pero incompetentes en el campo comercial. Algunos de ellos tienen hoy, que cambiaron los vientos, una gran oportunidad de crear interesantes medios independientes, pero éstos deberán estar respaldados por el rating, la circulación y los anunciantes. Lo único que deben hacer es dejar las muletas, abandonar el invernadero y nadar el mar abierto donde todos nos criamos y tuvimos que pelearla. Algunos pasarán la prueba; otros no podrán hacerlo. El público tiene siempre la última palabra. Así de simple y de cruel es este oficio.

La idea de que vamos hacia una hegemonía de la información porque el Estado no está dispuesto a financiar las aventuras de esos empresarios privados es un sonoro disparate, en parte hijo de la cultura de la subvención y luego de la cándida creencia de que los periodistas profesionales no criticarán a Cambiemos: más allá de razonables treguas iniciales, el oficialismo a la larga es mal negocio para los periodistas. Que suelen encontrar su razón de ser en el inconformismo y la crítica. El argumento lleva implícito además un profundo desprecio por la pericia de los propios, a quienes al parecer no les otorgan la mínima chance de fabricar un éxito.

Es verdad, no obstante, que los medios públicos no deberían ser una máquina monocolor al servicio de una facción, como lo fueron durante la "década ganada". Quienes comienzan a hacerse cargo de esos lugares cuentan anécdotas dignas de Kafka o Tabucchi. Un viejo y respetado redactor de Télam fue llamado por un comisario camporista: le advirtió que sus artículos no se publicarían nunca más porque no se alineaba con el "proyecto". El veterano acudió a un abogado y éste le avisó que podían tenderle alguna trampa para despedirlo; le sugirió que cumpliera estrictamente con su horario y que escribiera cada día una nota. El hombre se pasó casi cuatro años tecleando un texto diario, de lunes a viernes, y llevándoselo luego al comisario ideológico, que sin parpadear hacía un bollo con el papel y lo arrojaba al cesto de residuos. Escribir todos los días sabiendo que lo hacés para la basura se parece a picar piedra en Siberia. Muchos otros colegas honestos de esa agencia y del resto de los medios públicos fueron esterilizados y amordazados con vergonzosos trucos y estrategias, en ese verdadero paraíso de la pluralidad de voces que construyó el cristinismo policial.

La performance militante de Víctor Hugo Morales desperfiló y hundió a radio Continental, que lo mantenía en su programación únicamente a cambio de que el anterior gobierno no le quitara la licencia. Cuando esa amenaza terminó, la emisora quiso volverse más competitiva. Tiene derecho; lástima que lo hizo de una manera burda y repudiable. Convertir esta peripecia en un caso de censura macrista entraña una mezcla de ignorancia y mala fe. Cuando Macri y sus adláteres cercenen al periodismo independiente serán repudiados de manera implacable, como lo fueron los Kirchner cuando hicieron despedir a tantos comunicadores prestigiosos y molestos. Pero ese desatino, al cierre de esta edición, todavía no ha tenido lugar.

El asunto se vincula con el estupor que por estos días reina en todo el cristinismo, donde se empieza a comprender la magnitud de la derrota y los errores de cálculo que se hicieron dentro de la burbuja en la que vivían. Cristina tenía un millón de amigos; les pagaba bien. No previó nunca perder las cajas. Tuvo a su disposición tantos años esa chequera que la dio por descontada, sobrestimó así su propia fuerza y planificó su futuro como si la plata le siguiera lloviendo. Iba a entregar el gobierno pero jamás el poder, con lo que impúdicamente mandó conchabar a las apuradas a miles de simpatizantes para copar cada rincón de la burocracia, sin pensar que un nuevo gobierno podía repudiar esos contratos exprés. Allí no sólo hay ñoquis y activistas, sino trabajadores valiosos, pero el modus operandi del kirchnerismo fue tan trucho, conspirativo e insolente que ahora pagan justos por pecadores. También pensó Cristina que aquellos empresarios privados a los que prostituyeron seguirían funcionando a pleno, barriendo para casa cuando los morlacos brillaran por su ausencia. Imaginó que Lázaro Báez seguiría operando a todo vapor con la autonomía que le daban los ahorros para tiempos difíciles, pero parece que su amigo no hizo bien las cuentas. Jamás pensó que su cuñada tendría que hacer "ajustes" en Santa Cruz, ni que debería implorarle a Macri 250 gendarmes y billetes frescos. Parece que Cristina y los suyos -camporistas, periodistas militantes y mercenarios, empleados repentinos y empresarios subsidiados- creyeron que los contribuyentes seguirían solventando sus hazañas y voluntades para toda la eternidad.

El peor error estratégico, sin embargo, tal vez haya sido la intransigencia total que ella ordenó a sus soldados y que es celebrada secretamente en Balcarce 50, porque obliga al peronismo tradicional a despegarse de los ultras y a buscar acuerdos razonables. Las caras de ese fanatismo demodé son piantavotos.

Es así como la radicalización, los discursos de Kicillof y Ottavis, y las diatribas de Víctor Hugo llenan plazas y hacen ruido, pero convienen paradójicamente al gobierno que detestan. El Bardo decía: "Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo; no sea que te chamusques a ti mismo con sus llamas".

© La Nación

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