viernes, 11 de diciembre de 2015

La revolución teatral pasa a la resistencia

Por Jorge Fernández Díaz
En una revolución, como en una novela, la parte más difícil de inventar es el final. La frase pertenece a Tocqueville, pero describe risueñamente los esperpénticos epílogos que protagonizó durante estas últimas tres semanas el kirchnerismo saliente. Que como su primo bolivariano presume de revolucionario sin haber hecho, por supuesto, ninguna clase de revolución. Impostor y teatral desde el principio hasta el final, jugó a fondo esa ensoñación retórica y se dispone ahora a organizar el scrabble de la resistencia peronista. 

La vida es sueño. "Cuanto más conservadoras son las ideas, más revolucionarios los discursos", sostenía el matemático Norbert Wiener. ¿Pero cómo y en qué esquina se apea una "revolución"? ¿Qué pasa cuando de repente el populismo autoritario se queda sin caja y sin pueblo? Laclau y algunos teóricos de similar estatura crearon el manual del neopopulista, que Cristina Kirchner cumplía antes de haberlo leído. Ungir a un líder único y todopoderoso, buscar la hegemonía a cualquier precio, romper el concepto del parlamentarismo y de división de poderes, generar antagonismos feroces y partir a la sociedad entre réprobos y virtuosos. Este manual no tenía diseñada, qué olvido, la posibilidad de que el régimen quebrara económicamente, implosionara por su propia negligencia y dejara de representar a la mayoría. El formato era insolente y turbio, pero en el fondo algo ingenuo: estaba basado en la peregrina idea de que las urnas nunca serían adversas. ¿Cómo iban a serlo si el líder populista encarnaría para siempre los deseos de la sociedad?

El problema de inventarse una revolución, actuando como un caballo de Troya dentro de la democracia, es que un día la gente se harta y, simplemente, cambia de canal. Entonces resulta que de repente el castillo no era de piedra, sino de naipes. Aunque nefasto para las sociedades civiles y dramático para los viejos populistas, el desalojo brusco e ilegal del poder que se producía en la siniestra era del partido militar les permitía a los desalojados practicar la victimización heroica y, sobre todo, el consuelo de haber representado hasta el último minuto la voluntad popular. Estos neopopulismos posmodernos deben, en cambio, retirarse derrotados por esa misma voluntad, y no saben cómo relatar la salida por tirante. El pueblo es el rey. Y ese rey caprichoso los pasó a degüello. ¿Cómo encajar en el relato tremenda traición y semejante hecatombe?

Presa de todo este entuerto ideológico, la arquitecta egipcia se espantó ante la sola idea de cederle la banda y el bastón a la antipatria, y quedar retratada en aquella imagen de la claudicación. Todos los acontecimientos de los últimos veinte días se enmarcan en este intríngulis ridículo y en esta desmesura de telenovela barata, y no tanto en la patología personal de una dama que, es verdad, no resiste la mínima frustración o negativa. Pero esa patología fue, a lo sumo, la frutilla de un postre amargo. En la despedida del kirchnerismo está cifrada toda su tragedia política.

Después de que el FPV perdiera el ballottage, Cristina tuvo la chance de asumir rápidamente el mal trago (como hizo con Francisco) y, aunque más no sea, fingir hidalguía republicana. Recibir a Mauricio Macri con generosidad magnánima, caminar con él por Olivos, dejarse capturar para la historia por el fotógrafo de Presidencia. Y lo esencial: implicarse día y noche en la imprescindible transición a la vista de la opinión pública, ante la que quedó cristalizada ahora como una dirigente despechada, egoísta e impune a quien no le interesó el futuro de los argentinos, sino apenas organizar el espectáculo de su fiestita particular del adiós. Aquella actuación civilizada le habría permitido, qué ironía, irse ayer hasta con el respeto de los mismísimos opositores. La enajenación "revolucionaria" y su pueril intolerancia impidieron que ella retornara a lo que una vez fue y ya no volverá a ser jamás. Porque con sus gestos e intemperancias Cristina Kirchner dejó muy en claro que ella no se inscribe en la saga democrática. Incluso la desprecia. Cristina no es continuadora de la república que inauguramos en 1983, sino fundadora de algo nuevo que sólo reconoce antecedentes históricos en los caudillos federales del siglo XIX y en el evitismo setentista. Cristina no desciende de Alfonsín, Cafiero y Bordón, sino de Rosas y del Che, y esta hipérbole la coloca en la radicalización y, además, condena a su propia fuerza (el cristinismo) a la marginalidad, a la paradójica antipolítica, y desde luego, al sueño anticipado de la destitución de Mauricio Macri. Con sus gestos y sus palabras está llamando a su tropa a trabajar para la desestabilización permanente de la "derecha" (apostando al helicóptero) y para la pronta restauración del orden populista. Ese carapintadismo militante, para el que todo acuerdo con la "partidocracia" significa una agachada, pone a sus militantes en un desfiladero, donde sólo están cómodos los lúmpenes.

El gran interrogante es si los restos del peronismo aceptarán tan mansamente ese arrabal del sistema político, cuya única agenda es la conjura. ¿Los peronistas formarán parte del flamante partido Intransigencia y Conspiración, o avanzarán hacia una renovación que colabore y se modernice? Cristina Kirchner, antes de convertirse en calabaza, intentó instalar la absurda ocurrencia de que el justicialismo no había sido vencido y de que ella no lo había conducido a la derrota. Se trata, obviamente, del nuevo cuento fantástico de una Cenicienta millonaria que parece hablarles a niños embobados de sala de cinco. Propició este tremendo voto castigo con arrogancia y muy mala gestión económica, eligió a un verdadero tren fantasma para las candidaturas, hirió con fuego amigo a su principal candidato, confirmó su propósito del doble comando y logró no sólo que la corporación perdiera el Estado, su caja fundamental, sino también su bastión histórico, hecho imperdonable en la cronología peronista de todos los tiempos. Le entregó a un partido joven y a una coalición repentina la ciudad, la provincia y la Nación. Cristina Capitana hundió el barco.

Antes de la experiencia "revolucionaria" y de los fanatismos de opereta, los peronistas masticaban vidrio, pero no lo tragaban. Después de esta enajenación ya nadie puede estar seguro. Como dice Bárbaro, el peronismo era hasta hace muy poquito un recuerdo que daba votos. Y es hoy una diáspora a la espera de una señal y de una brújula. Los argentinos lo necesitan para construir gobernabilidad, y estarán examinando con lupa cada uno de sus movimientos. El peronismo está bajo sospecha. Tan crucial como seguir la evolución del nuevo gobierno será desentrañar cómo los dirigentes del partido de Perón jugarán sus cartas y cómo saldrán de su laberinto. La democracia venció provisoriamente a la "revolución", pero la batalla sólo se ganará con buena gestión y habilidad de consenso. La herencia es grave y el camino será muy espinoso. Y el discurso público no tendrá la sensualidad populista ni sus simplificaciones tajantes. Veremos cómo encaja este otro cambio cultural en el ciudadano de a pie. Siempre es más fácil "aceptar una simple mentira a una verdad compleja", decía Tocqueville. Todos tendremos que aprender mucho.

© La Nación

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