miércoles, 11 de noviembre de 2015

La herencia económica que recibirá el próximo gobierno

Por J. Valeriano Colque (*)

La herencia económica que recibirá el próximo gobierno nacional será una pesada carga. La nueva administración se encontrará con escasas reservas reales en el Banco Central, un déficit fiscal cercano a los 300 mil millones de pesos y una enorme distorsión en los precios relativos, implícita en la sobrevaluación del peso en relación con el dólar.

Pese al optimismo de los candidatos presidenciales, la recuperación no será rápida, lo que podría afectar aún más la falta de creación de empleo privado formal. Las terminales automotrices pondrán en marcha desde mediados de diciembre un prolongado esquema de vacaciones que golpeará aún más a la producción metalmecánica.

A esos desafíos se suman las irresponsabilidades de la administración nacional y del Banco Central, que, en su intento por disimular los graves problemas económicos y financieros, tomaron medidas que harán aún más difíciles los primeros pasos de la futura administración.

Desde hace tiempo, las distintas oficinas del Estado nacional y las empresas públicas se están poblando de técnicos y profesionales que exhiben como mejor antecedente su militancia oficialista, más que cualidades y aptitudes adecuadas para los altos puestos–con sus correspondientes honorarios–en los que son designados.

La última irreverencia es la constitución de un Instituto de Presupuesto y Finanzas en el ámbito de la Cámara de Diputados de la Nación. El organismo sería presidido desde diciembre por el actual ministro de Economía de la Nación y diputado nacional electo, Axel Kicillof. Tendrá 36 empleados.

La lista de nominaciones por parte de militantes oficialistas en la Cancillería, en las embajadas y en otros cargos públicos es incontable.

Los desaciertos incluyen la creación de un organismo para promocionar el deporte amateur, pese a la decena de entidades que trabajan con igual objetivo y que carecen de apoyo presupuestario. También se dispuso que el lanzamiento de cualquier nuevo producto por parte de las empresas debe tener autorización previa de la Secretaría de Comercio, que antes que alentar la competencia apunta a cerrar más el mercado.

La última carga sumada a la herencia es la venta de dólares a futuro por parte del Banco Central, con valores que oscilan en una franja de 10 a 12 pesos, según los plazos. Esta operatoria constituye un negocio fabuloso para grandes grupos económicos y anticipa una elevada emisión de pesos para la administración que deberá aportar esos recursos en el primer semestre de 2016.

Los daños de estas acciones deberán ser denunciados, como ya sucedió con las operaciones del Banco Central, para que la Justicia sancione a los funcionarios que están atentando no contra un partido opositor, sino contra el bienestar de los argentinos.

Elevado déficit fiscal

Una de las variables económicas imposibles de sostener para la próxima gestión presidencial es el déficit fiscal, consecuencia de un crecimiento del gasto por encima de los ingresos. El rojo de las cuentas públicas ha sido uno de los motores de la emisión y de la inflación (no el único) de los últimos años.

La contracara del déficit es el endeudamiento (interno o externo), como lo evidencia el comportamiento de la deuda pública nacional. Según los datos del Ministerio de Economía, entre 2005 y 2010 (entre el primero y el segundo canje), la deuda del sector público nacional bajó del 60,7 al 36,1 % del producto interno bruto (PIB). En cambio, desde 2011 hasta 2014 aumentó del 33,3 al 43 %, al pasar de 164.330 millones de dólares a fin de 2010 a 221.748 millones el último día de 2014.

El nivel de gasto público viene aumentando en Argentina por encima de la inflación y del crecimiento económico. Esto no es bueno ni malo en sí mismo. La cuestión es qué estamos comprando con ese gasto. Cuando los fondos se gastan en forma ineficiente, nunca alcanzan, siempre hace falta más.

Y en esa ineficiencia, el papel de los subsidios económicos es clave. A diferencia del gasto social, estos son aquellos que se destinan a abaratar la electricidad, el gas, el transporte urbano, los viajes en avión o en tren, o a empresas del Estado y sectores productivos.

Durante los primeros ocho meses de 2015, el déficit fiscal del Tesoro nacional sumó 102.700 millones de pesos (si se suma el financiamiento del Banco Central y la Anses, se eleva a 174.100 millones). En igual período, los subsidios económicos fueron de 135.983 millones de pesos, un 32 % más, según la Asociación Argentina de Presupuesto (Asap). De estos, el 62,5 % (85.037,8 millones de pesos) financia los problemas que surgieron en el sector energético (electricidad y gas) y otros 30.100 millones fueron al transporte (incluidos 3.300 millones para Aerolíneas).
La ineficiencia tiene que ver con problemas de objetivos y con cuestiones de diseño. Como están hoy, están pensados para hacer más baratas las tarifas de cualquier persona, sin reparar si puede pagarlas o no. Además, las bajas tarifas desincentivan un uso responsable de la electricidad, el agua o el gas.

Y, como son los sectores de más altos recursos quienes más gastan, también son quienes más subsidios reciben (más allá de las inequidades regionales que los concentran en el Gran Buenos Aires).

Por eso, la mayoría de las miradas para reducir el déficit apuntan a reducir estas distorsiones, manteniendo sólo las transferencias a personas de menores recursos, con menores rebajas para quienes más poder adquisitivo tienen, aunque esto no sea demasiado agradable para estos.

El diagnóstico desborda optimismo. Pero cruzar el desierto demandará más de 100 días

Los taxistas suelen reflejar el cambio de humor. “Después del Día de la Madre, la actividad se cayó. Muchos están esperando a ver qué sucede con el balotaje”, confesó un conductor con años en el servicio.

El simple diagnóstico de los trabajadores del volante es compartido en otras actividades. Hasta el dueño de un local donde se realizan habitualmente bailes de cuartetos lo admite: “Viene menos gente”.

De las sensaciones a los números: el comercio minorista vendió 3,1 % más en unidades en octubre (“el mejor mes del año”), para algunos comerciantes.

La venta de productos electrónicos y electrodomésticos se paralizó en los locales, pero se movilizó vía Internet en el Cyber Monday y en los supermercados, por el Black Friday.

La sensación de los comerciantes es que se detuvo el envión tras la primera vuelta presidencial, que–para los encuestadores–debía decantar con claridad al sucesor de Cristina Kirchner. Eso no sucedió y ahora la incógnita sobre qué hará el futuro presidente recién se resolverá después del 10 de diciembre.

La compra de bienes durables y de automóviles tiene que ver con la intención de los consumidores de ganarle a la inflación, además, presumen que van aumentar el 10 de diciembre por la devaluación inevitable del tipo de cambio.

El patentamiento de automóviles creció 8 % en octubre. Desde luego, la comparación es con un pésimo mes de 2014. Las fábricas, por contrapartida, tuvieron un mes para el olvido: la producción cayó 25,6 % y las exportaciones 48,7 % (“efecto Brasil”), apuntó la asociación de fabricantes, Adefa.

Las terminales ya nos notificaron que las vacaciones serán por 45 días o más. A partir del feriado del 7 y 8 de diciembre, la actividad se paralizará hasta fines de enero.

En varias fábricas se han producido “despidos hormiga” y el panorama podría agravarse hasta que la economía vuelva a arrancar. El empuje recién llegaría en marzo o abril.

Más optimistas, en la industria de alimentos creen que el sector puede salir rápidamente. “Si se efectúan correcciones macro (el tipo de cambio, obvio); se facilita el ingreso de bienes de capital para mejorar la productividad; aparece financiamiento y se agilizan los trámites en Aduana”, afirman desde el sector.

El agro y la industria de alimentos generan el 32,9 % del Producto Bruto Geográfico (PBG), el 29 % del empleo (por encima de la construcción y del complejo automotriz y autopartistas) y es el que más divisas aporta: 7 de cada 10 dólares que ingresan llegan por esa ventanilla.

El diagnóstico desborda optimismo. Pero cruzar el desierto demandará más de 100 días.

(*) Economista

© Agensur.info

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