lunes, 5 de octubre de 2015

La obsesión del instante

Por Guillermo Piro
Es agradable pensar que una obsesión es compartida por muchos. De hecho, veo a mucha gente interesada en precisar en qué momento el universo tuvo inicio. Es un interés similar, aunque reconozco que me preocupan cosas más pedestres. Por ejemplo, ¿en qué momento se le apareció a Pasolini la idea de Petróleo? ¿En qué preciso momento se le ocurrió a Cervantes la del Quijote? ¿Y a Joyce la del peregrinaje de Leopold Bloom? 

Y no me vengan con esos proyectos que se gestan a lo largo de una vida. Estoy de acuerdo, sí, se gestan a lo largo de una vida, pero hay un instante antes del cual algo no estaba y después del cual empezó a estar. Uno recuerda esos instantes, esas cosas no se olvidan, y eso sin que se nos hayan ocurrido ideas como la de Petróleo, el Quijote o el Ulises. No hace falta en realidad que el surgimiento de una idea se corresponda con una gran idea. Ni siquiera con una buena idea. Sino de una idea importante para nosotros. Es decir que nosotros creemos grande. Aunque no lo sea.

La trilogía alemana, de Louis-Ferdinand Céline (De un castillo a otro, Norte y Rigodón), da cuenta de muchas cosas, pero entre esas cosas está eso de lo que hablo: la obsesión por discernir el nacimiento de algo, esa capacidad y esa lucidez que permiten a alguien decir de pronto, en voz baja pero hablando para sí: “Aquí surge algo”. En la trilogía, Céline cuenta su huida, acompañado de su gato, Bebert; de su esposa, Lucette Almanzor, y del actor Robert Le Vigan a través de Alemania, al final de la Segunda Guerra Mundial, hacia Dinamarca. Céline tenía entonces 51 años (mal llevados: en la Primera Guerra había sido gravemente herido, lo que lo dejó con un brazo casi inutilizado, zumbidos en el oído y dolores de cabeza que lo perseguirían durante toda la vida), y en un momento describe su llegada en tren a una estación. La descripción de la llegada no es ni más ni menos banal que cualquier otra llegada a cualquier estación (si hay algo que en el mundo se parecen unas a otras son las estaciones de trenes), pero Céline registra algo, y la narración de ese algo se volvió particularmente importante para mí justamente porque parecía prestarle atención a aquello que a mí me obsesiona: el instante. Céline baja del tren llevando en su morral al gato, ayuda a su mujer a bajar del tren (para entonces Le Vigan ya los ha abandonado, cambiando de rumbo hacia la Argentina, más precisamente Tandil, donde terminó sus días). Céline ataja sus bártulos y comienza a caminar, y entonces busca con la mirada el gran reloj de la estación (todas las estaciones de trenes tienen un gran reloj. O deberían tenerlo), lo encuentra y dice: “El 28 de septiembre de 1945, a las seis y veinte de la tarde, necesité por primera vez un bastón”.

Señores, yo a eso llamo discernir con claridad cuándo comienzan las cosas.

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