domingo, 4 de octubre de 2015

Cristina Kirchner y el trastorno de ficción

Por Jorge Fernández Díaz

Para elucidar el extraño discurso presidencial en las Naciones Unidas no alcanzan las herramientas del psicologismo ni de la geopolítica. Probemos con los procedimientos de la novela policial. 

Vamos a tratar de descubrir al culpable con cinco preguntas.

1) ¿Quién fijó el tribunal del juez Griesa para dirimir conflictos sobre el pago de la deuda externa? 2) ¿Quién dejó sin arreglar durante años el tema de los holdouts y permitió que éstos litigaran y le ganaran un juicio a la Argentina? 3) ¿Quién le dio superpoderes a Alberto Nisman para que investigara la causa AMIA y lo transformó en un fiscal estrella? 4) ¿Quién convirtió a Jaime Stiuso en la principal espada de los servicios de inteligencia y lo usó para realizar operaciones oscuras de la política? 5) ¿Quién acosó salvajemente al fiscal Nisman hasta que éste se suicidó o fue asesinado?

Estas cinco preguntas tienen una misma respuesta. Elemental, mis queridos compañeros: Cristina Kirchner. A veces sola y a veces en connivencia con su marido.

La secuencia desnuda una verdad: la Presidenta ha cometido graves errores, y para salvarse del fuego y huir hacia adelante, en cada ocasión ha creado un épica falsificada. Reconozcamos que el asunto, desprovisto de moral, tiene una gran eficacia técnica, y que debería formar parte del nunca escrito "Manual para maquillar vergonzosas trastadas con el objetivo de que parezcan éxitos fulgurantes".

El fabuloso método de Cristina, hijo de la picardía criolla y del histrionismo venezolano, instaló toda una cultura de gobierno, que podría denominarse con un término digno de la psiquiatría: el trastorno de ficción, consistente en fingir de manera grandilocuente batallas homéricas que no existen, pero que logran tapar con su dialéctica los desastres gestionarios. Los Kirchner nos sometieron voluntaria y razonablemente al tribunal de Nueva York, y cuando el fallo resultó adverso Cristina lo repudió, acusó a la Casa Blanca de conjura y sugirió que el juez estaba gagá y era una marioneta de los fondos buitre. Ella dejó abierta de manera irresponsable la negociación con los holdouts y permitió que éstos avanzaran y ganaran el pleito, y cuando todo eso sucedió, lanzó una campaña malvinizadora contra ellos. Consagró a Nisman como el gran investigador hasta que éste investigó las oscuras razones del Memorándum de Entendimiento; entonces lo sometió a un hostigamiento feroz que no terminó ni siquiera con la muerte del fiscal: después de muerto siguió ensuciándolo sin piedad y sin hacerse cargo de haberlo entronizado. Usó al espía más temible para tareas turbias y antidemocráticas, dándole más poder que a muchos de sus ministros, y ahora le exige a Estados Unidos que no proteja más a ese "monstruo". Que ella prohijó cariñosa y provechosamente durante tantos años. De nuevo: todas estas operaciones de la mentira han sido audaces y han rendido sus frutos. Lo que preocupa, en realidad, es hasta dónde la gran dama se ha creído sus invenciones a medida que el trastorno de ficción avanzaba y era actuado en público con convicción heroica. Muchas personas terminan creyendo lo que les conviene. Pero en términos de alta política siempre es preferible pensar que alguien es un gran cínico a que su mente se ha extraviado. Y lo más perturbador, en ese sentido, es que estos verdaderos insultos a la inteligencia todavía son comprados a pie juntillas no por fanáticos elementales sino por personas cultas y con un cierto sistema de pensamiento. Personas que, como algunas mujeres engañadas, prefieren cerrar los ojos y negar los hechos, y seguir prendidas en el insostenible discurso del esposo infiel, a pesar incluso de que se apilan evidencias que lo incriminan. Cristina va a las Naciones Unidas a declararle la guerra semántica a Barack Obama, que es el presidente norteamericano más progresista de la historia, justo cuando éste está haciendo acuerdos históricos con Fidel y cuando se ganó las simpatías del papa Francisco. Cristina cuenta, naturalmente, con ese antinorteamericanismo pueril que existe en muchos argentinos, quienes repudian a Washington pero almuerzan en McDonald's, meriendan en Starbucks, viven en el mundo gozoso de Hollywood, mueren por un dólar y, si pueden, se escapan a Miami a comprarse chucherías, tal como hacían los Kirchner antes de asumir la presidencia.

Este nacionalismo de opereta, incentivado desde Balcarce 50, es asimilado por sus intelectuales, ávidos de una fe, y por gran parte del electorado, que está lleno de complejos contradictorios y que cae, para citar a Jauretche, en zonceras de medio pelo. Decía Sherlock Holmes: "Un tonto encuentra siempre otro más tonto que lo admira". Pero apliquemos de nuevo su célebre "ciencia del razonamiento deductivo" y ampliemos la temática. 1) ¿Quién para evitar el drenaje de dólares tomó el Banco Central con 50.000 millones, decretó un cepo estrambótico y resulta que cuatro años después entregará chirolas? 2) ¿Quién logró en esos mismos cuatro años que la Argentina se colocara entre los tres países con más inflación de la Tierra? 3) ¿Quién destruyó por completo la creación de empleo privado y genuino, instaló el estancamiento, un atraso cambiario suicida, la caída industrial y la destrucción del campo y las economías regionales? 4) ¿Quién pulverizó los superávits gemelos y logró un rojo fiscal récord y alarmante? 5) ¿Quién se irá con más deuda pública que la que encontró después de haber batido el parche con el desendeudamiento? 6) ¿Quién, en nombre de los supremos intereses del pueblo, hizo perder la soberanía energética de este país? Elemental, compañeros: Cristina lo hizo.

A tres semanas de las elecciones el resto de la realidad ya no se explica, sin embargo, por las lógicas de Holmes: el kirchnerismo no es un enigma blanco sino una novela negra. Su principal candidato fue sobreseído en tiempo exprés sin que el juez ordenara peritaje contable sobre su crecimiento patrimonial y sin que el fiscal apelara. El jefe de la columna vertebral del movimiento fue imputado por lavar dinero y acusó de buchón al denunciante. El gran amigo y socio del líder muerto y mitificado confesó haber cobrado coimas y propuso devolver la plata para no ir preso. El candidato a gobernador, acosado por denuncias periodísticas de narcotráfico, descubrió de pronto que había droga en el conurbano, dejó de ningunear el flagelo y decidió enviar 1400 agentes de la Policía Federal a los partidos de Tres de Febrero y San Martín. Y la Iglesia se vio obligada a pedir que los aparatos no siguieran cometiendo fraudes y tropelías en los días comiciales, como vienen haciendo.

El célebre compañero de Watson dijo alguna vez: "Hay que adaptar las teorías a los hechos en vez de los hechos a las teorías". Traducido al idioma argento: "Hay que adaptar el relato a las cifras y no las cifras al relato". Pero aquí los datos oficiales sólo existen si confirman el discurso, que es dogma inmutable, y los números inconvenientes son adulterados. Los economistas del Frente para la Victoria deben callar, por lo tanto, su diagnóstico general para que la Iglesia Cristinista no los excomulgue. Puede haber matices y diferencias acerca de cómo seguir después del 10 de diciembre, pero lo cierto es que Miguel Bein y Mario Blejer tienen una visión profesional bastante similar a Roberto Lavagna, Martín Redrado, Rogelio Frigerio y Alfonso Prat-Gay sobre esta crisis. Cuando Juan Manuel Urtubey, en nombre del amo de Villa La Ñata, viaja a Nueva York y reconoce ante el Consejo de las Américas que existen problemas en la energía y en las estadísticas, y promete también que buscarán un acuerdo rápido con los holdouts, la suma sacerdotisa se estremece y manda a su comisario político: esas expresiones no representan al futuro gobierno, corrigió ayer Aníbal. El cuentito no se toca.

Queda una última adivinanza detectivesca. 1) ¿Quién dijo que Scioli "no se toma en serio el cargo, no le importa nada, todo marketing y lo pagamos los vecinos"? 2) ¿Quién se ufanó de dedicarse sistemáticamente "a señalar el desastre y abandono que es el gobierno de Scioli"? 3) ¿Quién pronunció los siguientes conceptos: "Scioli nos ha mal endeudado por dos generaciones"; "no es solamente que no hace sino que se dedica a destruir"; "hace 14 meses que no paga ni las cajas chicas de las comisarías"? Elemental, compañeros: la diputada massista Mónica López, que, borocotizada y sin rubores, el jueves se pasó al campamento del detestado líder naranja, de quien ahora habla maravillas. El detective del 221B de Baker Street jamás hubiera sospechado esta última sorpresa. Sherlock no conocía el peronismo.

© La Nación

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