sábado, 24 de octubre de 2015

Aventura y desventuras

Los tres van a las urnas con sus indefiniciones a cuestas. Por qué el desinterés 
puede influir el día de la votación.

Por Roberto García
Cuesta imaginar que dentro de cincuenta años, uno de los tres candidatos que dirimen mañana la presidencia aparezca estampado en un billete de cien o cincuenta pesos.

Como si Mauricio Macri, Sergio Massa o Daniel Scioli fueran Roca o Sarmiento, por tomar figuras controversiales y no de unánime respeto como San Martín. 

Tal vez, como disculpa ante el ejercicio imposible, pueda suponerse que en aquellos años pasados tampoco nadie sospechaba que esos personajes iban a presidir una emisión del Banco Central. Igual cuesta atribuirle al trío postulante una dimensión histórica, un reconocimiento especial, ofrecen todo tipo de baches no sólo porque ninguno escribió un libro (o un paper o un artículo) ni tampoco se destaquen por los libros de sus bibliotecas, sino porque egresaron de sus niveles terciarios con tropiezos, suspicacias –tal vez algún escandalete se conozca luego de los comicios– y retrasos sorprendentes. Ni tiempo tuvieron para fabricar un up grade, un máster en una universidad del exterior, tan generosas como algunas argentinas a la hora de bendecir títulos. Curioso este desaliño de los pretendientes en un país donde los medios lograron bloquearle la vida política a uno que se preció de ingeniero y a otro de licenciado. Mejor evitar los nombres, los desagradables recuerdos.

Hay anomias manifiestas en la sociedad, desinterés, poca atención sobre la naturaleza de la situación económica, ignorancia electoral, indecisión frente al voto, hasta se habla de que si llueve mucho Scioli puede perder por ausencias dos o tres puntos o que el partido de Los Pumas le restará fiscales a la gente de Macri para controlar la elección. Justificaciones previas  por si hay ballottage. O por si no lo hay. Si se admite este desapego general, sorprende en cambio la confusión de presuntas elites, de las franjas que se atribuyen superioridad por bautizarse a sí mismos como intelectuales o artistas: se suponen faros de la oscuridad por expresar su voto anticipado, por asumir un compromiso –vano debate del siglo pasado entre hombres de transacción más que de transición (recordar la polémica con Heberto Padilla en Cuba)– con el liderazgo de cualquiera de los tres recibidos en condiciones infrecuentes y de nonata actividad en esa profesión elegida. Se puede celebrar la promesa declarada del voto, no quizás la explicación amañada. En una catarata de palabras, los amigos de Cambiemos –por ejemplo– piden no repetir el error de haberse desentendido, antes del ascenso de Néstor Kirchner, de los pésimos antecedentes del entonces candidato, sea por los fondos extraviados de Santa Cruz o sus estropicios institucionales en la provincia. Como si hubieran recordado esos antecedentes con otros candidatos y en otros tiempos o, como si hoy se distraen de las presentaciones patrimoniales de su jefe luminoso, sus cambios de conducta o la concesión privilegiada de obras y servicios a ciertos conmilitones. A su vez, dilapidando palabras como si fuera parte del gasto público, parte del kirchnerismo militante, intelectual claro, también evade estas lindezas de declaraciones juradas y licitaciones generosas de su transicional guía (Scioli) y la madre que lo parió (Cristina), abocándose en exclusividad a cuestionar la estética del hombre del Abasto devenido en bonaerense, quien se prodiga por figuras del canto y el éxito como los Pimpinela o Montaner: una categoría insoportable para el oído del reducto intelectual de Kirchner (otro que no escribió nada y no leyó mucho), aunque los impugnados sean nacionales y populares. Si vivieran en tiempos del general, repudiarían a Antonio Tormo y El rancho de la cambicha, mucho más al delicioso dúo Buono-Striano, tal vez la más osada penetración cultural del surrealismo en la gente común. Por no citar otros nombres. Casi gorilismo lo de este grupo, una paradoja.

Confuso entonces lo de mañana, en lo particular y general, con cierta expectativa de concordia futura por la afinidad y el vínculo de dos contendientes (Macri y Scioli) –pacto implícito de no tocar temas sensibles para ambos– y un tercero generacionalmente distinto (Massa) pero comprensivo de la naturaleza del poder. Gente de progreso en las relaciones, al revés de la administración en retiro que todavía ejercerá su dominio temporal: sea para malvender materia cara (dólar) sin riesgo judicial en apariencia, colocar más personal en el Estado, promover algún auxilio por los próximos cuatro años para la provincia de Buenos Aires –siempre y cuando, obvio, gane Aníbal Fernandez– o ampliar la Corte con dos nuevos ministros que satisfaga el paladar de Ella. Quizás, antes, la propia Corte le sacuda la inconstitucionalidad de la ley de subrogancia, desmontando parte del propósito cristinista por dominar o esterilizar esa área. Ya se conmovió la propia procuradora con la denuncia de escuchas e interferencias a cientos de ciudadanos; para Alejandra Gils Carbó, quien se suponía a cargo de que esta tarea no fuera ilegal –como antes se le atribuían al fantasmal Stiuso y sus mandantes–, ha sido un martillazo: no controla o hace lo mismo que hacía Stiuso. Por no hablar del titular de la ex SIDE, Oscar Parrilli, quien gasta plata en perseguir mucha gente sin importancia desde un organismo con más agujeros que un gruyère. Dato adicional: se ha puesto en la superficie pública una instalación en Villa Martelli que empezó con los marinos del Proceso, se perfeccionó por la asistencia económica de Néstor Kirchner y que, decían, era un modelo de inteligencia en comunicaciones para defensa del país. Ahora parece que termina en tareas menores.

Finalmente, desde la nube, mañana aterrizan los tres candidatos cubiertos por un mismo enigma: han sido responsables de sus propios fracasos, se dinamitaron a sí mismos. Scioli en la indefinición con Cristina y en la sorda reyerta con Aníbal Fernández; Macri con sus contratos espurios y en la ambivalencia de rechazar al peronismo y luego aparecer pegado con Hugo Moyano en un monumento al general; Massa por disponer en algún momento de toda la cancha y extraviarse quizás en el personalismo. Han corregido en parte, a uno le van a creer más que a otro, quizás la diferencia de diez puntos, a favor o en contra, sea más determinante en el resultado que si una primera mayoría supera al 40. La aventura recién empieza, las desventuras van a continuar.

© Perfil

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