viernes, 28 de agosto de 2015

ENTREVISTAS / LUIS EDUARDO AUTE

“La cultura debería ser una propuesta 
para reflexionar sobre uno mismo"

Luis Eduardo Aute, cantor, plástico, poeta: "El ser humano no puede vivir sin mitos".
Por Gonzalo Muñoz Barallobre

Luis Eduardo Aute (Manila, 1943) es un creador nato. Aunque es conocido principalmente por su obra como cantautor, cultiva también la pintura, el dibujo, la escultura, la poesía y el cine. Le entrevistamos porque su forma de encarar la creación artística tiene mucho de filosófica por el nivel al que lleva las preguntas y por la forma que tiene de trabajar con las respuestas. Empezamos fuerte, hablando de utopías...

-Como Tomás Moro dejó escrito, la palabra “utopía”es también un “buen lugar” (eutopía). ¿Cuál es para ti ese buen lugar?
-En uno de los textos breves que escribo y que llamo poemigas, digo: “La utopía ha muerto. ¡Viva la autopía!”. Creo que cada uno tiene su propio concepto sobre ese ámbito ilusorio, seguramente ubicado en las antípodas del espacio que nos ha tocado vivir. Describe de alguna forma la dinámica del objeto del deseo, aquello que uno desea alcanzar y que es inalcanzable. La utopía parece ser que no existe, pero el ser humano no puede vivir sin mitos. Es el estado mental por el que uno siente una cierta nostalgia sin haberlo conocido, nostalgia de lo desconocido, como ámbito opuesto a la realidad que le ha tocado vivir.

-En la canción Aleluya Nº1 dices: “Una eterna carcajada/de cenizas, polvo y nada”. ¿Así entiendes la vida?
-Es una sublime broma la vida, un trampantojo inconmensurable, sin medidas como para que podamos llegar a una respuesta concreta. En ese sentido, sí, la vida es una gran carcajada. Esa gran carcajada para mí es la imagen de El grito de Munch, que puede ser tanto grito de pavor como gran carcajada frente a la realidad.

-En tus canciones, la sensualidad juega un papel principal. ¿Crees, como Paul Valéry, que “lo más profundo es la piel”?
-Lo más profundo no, pero la piel es profunda, aunque haya probablemente materiales más profundos. Es profunda porque debajo está el enigma del origen del universo. Evoquemos a Courbet y su obra El origen del mundo. Es pura piel: es el origen del mundo. La vagina es piel, pero en esa hondura... Para mí es el pórtico de una catedral y en el fondo está el altar donde se produce la transustanciación.

-Remitiendo al verso de Quevedo “polvo serán, más polvo enamorado”, que tú recuperas en una canción, ¿amamos para darnos sentido?
-Podríamos estar meses para saber qué hay detrás de esa palabra que llamamos amor. Pero sí, en la vida solo en los momentos en los que el espíritu y el cuerpo del ser humano experimentan esa categoría humana, el enamoramiento, todo cobra sentido: no hay ningún problema, desaparecen, es un estado que trasciende la supuesta realidad. El enamoramiento da sentido a la vida e incluso más allá, hay quien ha dicho que en el momento del orgasmo entiende la existencia de Dios. Con el amor llega la armonía del entorno y del mundo en el que se vive.

-Es un estado de excepción. Curioso que sea en un estado de excepción frente a la realidad cuando encaje todo…
-El universo es un estado de excepción.

-“Soñemos mujer/ para estar despiertos/ entre tantos muertos/ dispuestos a la acción”, cantas en De tripas, corazón. Pero cuesta mantenerse despierto…
-Viviendo en un entorno configurado por muertos en acción, seres que no tienen la mínima conciencia de la suerte o la desgracia que tienen de estar vivos, que entienden la vida como una acumulación de placeres fútiles, efectivamente es difícil. Es obvio que el ser humano está cada vez más distante de lo que debe ser el sentido de la vida, y eso es una aberración cultural. Hay una cosa muy simple: la palabra “cultura” en Estados Unidos ha desaparecido, se dice entertainment, entretenimiento, cuando la cultura debería ser una propuesta para reflexionar sobre uno mismo y sobre el entorno. Pero no, se trata de lo contrario, de desentenderte y distanciarte de cualquier reflexión mínimamente lúcida. Hay un paso un poco menos frívolo que es el de informarse. Vivimos en una sociedad obsesionada por la información, alejada de lo que yo creo que debe ser la tendencia natural del ser humano, que sería reflexionar. Internet, que es un invento estupendo, es una invitación a viajar, a navegar hacia el exterior y recabar datos, a obtener la máxima información posible, y el proceso debería ser al contrario, deberíamos navegar hacia dentro para recabar datos y alcanzar un cierto conocimiento. Vivimos en una dinámica opuesta a lo que yo creo que debe ser el sentido de la vida.

-En Queda la música, refiriéndote a una foto, dices: “Nada queda en ese trozo de papel/ todo es alquimia;/ veo que es la prueba más veraz/ de que todo es mentira./ Esos rostros ya no llevan nuestros nombres,/ son dos máscaras perdidas en la noche/.” ¿Cómo encajar el paso del tiempo?
-El paso del tiempo, por pura necesidad de supervivencia, nos convierte en los verdugos de nosotros mismos. Es algo que trabajo en la canción El niño que miraba el mar, que da título a mi último disco, y también en la película de dibujos animados El niño y el basilisco, que acompaña a ese álbum. En ambos, desarrollo una ficción a partir de un montaje fotográfico que me regalaron mis hijos. Juntaron una foto que me hizo mi padre en el malecón de Manila, a los dos años, después de que la ciudad quedará arrasada por las bombas de MacArthur durante la II Guerra Mundial, y una foto que me hizo en 2011 mi hija en el malecón de La Habana. Así, en una misma imagen está el niño que fui y el adulto que ahora soy, y la ficción que desarrollo es precisamente cómo al lado del niño está sentado su verdugo –el yo de ahora–, al que identifico metafóricamente como a un basilisco. Ese es el paso del tiempo.

-En tus canciones hay mucha ironía, mucha burla, aplicada tanto al mundo como a ti mismo. ¿El humor es uno de los dones más preciados?
-El sentido del humor es imprescindible, da una perspectiva mucho más amplia de la realidad, y yo creo que los grandes maestros del arte han desarrollado su creación con sentido del humor, por ejemplo Buñuel, que hace películas muy densas, reflexivas, que tratan temas muy importantes, pero siempre con una mirada distante que es la que procura el sentido del humor. Y Hitchcock, o Goya con pinturas como La familia de Carlos IV o Los caprichos. Goya trabajó con esa distancia que procura el sentido del humor. También Picasso, y otros muchos artistas... En la propia vida hay que tomarse las cosas en serio, pero nunca desdeñar la perspectiva de que tampoco nada es tan importante. Es un síntoma de inteligencia tener esa perspectiva amplia de la realidad, y esa amplitud la da el sentido del humor. El ser humano es el único animal que tiene sentido del humor; los animales lo pueden pasar muy bien jugando, pero no tienen sentido del humor, es un proceso cultural o reflexivo que implica la capacidad de ser conscientes de nuestra subjetividad y la subjetividad del otro, como ocurre, curiosamente, también con la mentira.

-“Me preguntas si te miento/ cuando sé que sabes bien/ que ni yo mismo lo sé/”, cantas en Tarde muy tarde. ¿Cuánto de necesario tiene la mentira en nuestras vidas y especialmente el autoengaño?
-Siempre la mentira ha sido necesaria para la supervivencia, pero hoy más que nunca. No es creíble casi nada, y además, para poder sobrevivir en esta jungla cada vez más brutal y más cínica hay que aprender a practicar el cinismo, porque si no te devoran las fieras. Pero lo peor de todo es el suicidio del autoengaño, es lo más imperdonable porque es anular tu propia identidad, traicionarte.

-“La espuma de la memoria/ desciende íntima y descorazonadora”, se lee en la canción Una ladilla. ¿Siempre es doloroso mirar atrás?
-Según me hago más mayor, involuntariamente tiendo a recuperar memorias, partes que he vivido. No me inquieta si es doloroso o feliz, pero sí la tendencia involuntaria a usar el retrovisor con nostalgia, eso es lo más grave. El retrovisor es necesario para no perder las coordenadas en las que uno está, para aprender de los errores, pero no es bueno que se convierta en hábito ese tender a la nostalgia. Yo tengo muy poca memoria, y cada vez menos, y no me duele nada no tenerla, al contrario, me satisface ser un desmemoriado, me hace no ser rencoroso.

-En La belleza hablas de la revolución fracasada. ¿No eso la vida, una revolución que nunca llega?
-En la canción no hablo de revolución fracasada, hablo de ciertos elementos que defendían la causa de cambiarlo todo, revolucionarios teóricos que con el paso del tiempo han traicionado sus ideas y se han convertido en aquello que atacaban. Pero el espíritu revolucionario es innato al ser humano y corresponde al niño que llevamos dentro, ese niño que quiere romperlo todo para ver qué es lo que hay detrás. Ese espíritu rompedor que tiene el niño para satisfacer su curiosidad está ahí y no se puede soslayar, mientras que quede algo de ese niño quedará también ese espíritu de ponerlo todo patas arriba.

-¿El cambio es posible o, como dice Enrique Santos, “el mundo fue y será una porquería”?
-El mundo es todo, está configurado por basuras, por belleza; es un amalgama de todo tipo de elementos, lo que pasa es que hay una inconsciencia cada vez mayor que aproxima al ser humano más a la estupidez que a la inteligencia, y no sé por qué, siendo un mundo absolutamente fascinante, un universo fabuloso, la vida es un milagro... No entiendo ese empeño en destruir la belleza del espacio que nos ha tocado habitar. El mundo es y será una porquería, pero aún quedan restos de belleza por ahí dispersos.

-Tú reivindicas “el espejismo de ser uno mismo”. ¿Puede ser ese luchar por ser uno mismo el acto más “puro” de rebeldía?
-Intentar vivir de acuerdo con tu criterio personal, entendiendo que los demás tienen los suyos... Eso sí es utópico. Pero de eso se trata, de la búsqueda del sujeto propio en el proceso reflexivo, mirarse en el espejo y descubrir al otro lado el yo, ¿quién soy?, ¿qué soy?, ¿qué hago aquí? A partir de estas preguntas ya se plantea una dinámica religiosa, un sentido religioso de la vida, que es la pregunta por el origen de las cosas, un origen que en el fondo está en uno mismo. Reivindicar ser uno mismo se dice muy rápido, sin embargo, es toda una maquinaria tremenda intentar saber quién se es; pero la vida trata de eso, y cuando mueres sigues sin saber de qué iba la película.

-San Agustín decía: “Ama y haz lo que quieras”. Parece un buen principio vital...
-San Agustín era un personaje curioso, un esquizofrénico absoluto. Una de sus frases sublimes es “yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo”. Y sí, estoy de acuerdo con él.

-Otra más “pragmática”, de Chamfort, “goza y haz gozar sin hacerte daño a ti ni a los demás”. ¿Qué te parece?
-El ser humano tiene también como fin la felicidad, el gozar de la vida. Pero no se puede gozar de la vida si no se experimenta el padecimiento, no hay gozo sin dolor, el ser humano se mueve en esa dualidad, en ese conflicto de contrarios. Ahí volvemos a Heráclito. Según él, conflicto; según Anaximandro, armonía. El conflicto es armónico y la armonía es conflictiva. El ser humano busca la felicidad, pero para valorarla debe experimentar la infelicidad.

-En tu canción De paso señalas que pensar es una búsqueda sin fin. ¿Cuesta tanto asumirlo?
-El universo es inestable, seguimos expandiéndonos, y el ser humano, como parte del universo, es una representación de ese movimiento, de ese transcurso, de ese ser consciente del paso del tiempo, que es un atributo propio del ser humano, no del resto de los animales, una consciencia que es consecuencia de ese imperativo de la reflexión. No soy darwiniano, no creo en la evolución, ni en el creacionismo, creo en el reflexionismo. Cuando el primer homínido se mira en el agua calma, o en la pupila de una madre, ve su imagen y dice “soy yo” entra en la reflexión. En ese proceso de la reflexión tienes que salir de ti mismo, recorrer un espacio, dar una vuelta de 180 grados y descubrirte desde fuera. En ese recorrido descubres el concepto del espacio y del tiempo, y con ellos, la muerte: “Esto se acaba”. No hay reflexión sin movimiento, sin ida y vuelta. Por eso seguramente los animales no se ven en los espejos; es una teoría mía, dicen que sí pero yo creo que no; en todo caso pueden ver una imagen de algo borroso de otro animal, pero no reflexionan a través del espejo, no tienen la capacidad.

-En Albanta hablas de la eterna infancia. ¿Cómo definirías esa eterna infancia?
-Crear el universo, eso es la infancia. El niño es un creador del universo que le tocó vivir.

-¿A qué o a quién le dedicarías un Tratado del asco?
-Pues si de verdad me da asco ni siquiera le dedicaría nada, no vale la pena. En todo caso, a la necedad, a la sublimación de la necedad, que es en donde estamos.

-El siglo XXI será… o no será.
-Creo en la dinámica del péndulo, estamos yendo hacia el límite de esa dinámica, hacia un lado. Y vuelve siempre, aunque no al mismo punto; hay una diferencia. Creo que se necesita recuperar el origen otra vez y, para ello, creo que es necesario un acontecimiento que nos obligue a esa vuelta.

© Filosofía Hoy

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