miércoles, 13 de agosto de 2014

La licencia de Boudou

Por Román Lejtman
En 1974, Juan Domingo Perón echó a los Montoneros de la Plaza de Mayo y una espiral de violencia terminó en un golpe de Estado. Había muertos en las zanjas del conurbano, negocios en la Casa Rosada y una situación económica que agotaba los salarios. Se trataba de sobrevivir y evitar que un telegrama anunciara que eras un nuevo desocupado en la Argentina.

En 1976, Jorge Rafael Videla irrumpió en Balcarce 50 y el terror y la desaprensión dejó que impusiera su plan sistemático de represión ilegal y su programa de ajuste económico. El poder se enriquecía, los diarios dibujaban las noticias y los viajes a Miami eran el sueño cumplido de la clase media.

En 1989, Raúl Alfonsín cayó por una operación de los mercados y la complicidad de un partido dominante. A pocos les importó que se quebrara un mandato presidencial y que Carlos Menem asumiera antes de tiempo.

En 1999, Fernando de la Rúa devino Presidente. Ajustó la economía, protagonizó un inédito caso de corrupción y durmió la siesta en la Quinta de Olivos. Se fue en helicóptero y dejó una crisis social que aún estamos pagando con creces. Era más que aburrido.

En 2003, tras una compleja transición política, la familia Kirchner arribó al Salón Blanco. Néstor entregó la banda presidencial a Cristina, que terminará su mandato en diciembre de 2015. Se modificó la Corte Suprema, se defendió a los derechos humanos y se multiplicaron los patrimonios oficiales de todos los funcionarios que actuaron junto al matrimonio K.

Néstor y Cristina hicieron historia. No sólo diseñaron una estrategia de poder, sino que además designaron a Amado Boudou como Vicepresidente de la Nación. Boudou ya tiene dos procesos penales y la cuenta se ampliará antes de Navidad, si los tribunales no alteran su ritmo de trabajo.

En cuarenta años de historia nacional, nos bancamos a Isabelita, López Rega, Firmenich, Massera, Martínez de Hoz, Galtieri, Rico, Machinea, Cavallo, Antonito, Jaime, Miceli y Moreno, por citar a protagonistas políticos que no merecen mayores explicaciones. Todos son responsables de la situación institucional de la Argentina.

Pero ya no están en el poder, y no hay manera de retroceder en el tiempo para exigir sus renuncias y evitar sus abusos. Ellos son responsables, y nosotros también: dejamos que hicieran, por acción u omisión. Más en democracia, que en la dictadura.

Ahora, podemos exorcizar nuestros fantasmas y nuestras responsabilidades. Sé que Boudou sólo puede caer por un juicio político o la decisión personal de Cristina. Y también sé que la Presidente decidió proteger al Vicepresidente, pese a su dudosa moral y su responsabilidad penal en las causas que ha sido procesado.

Sin embargo, todos tenemos un último recurso legal, si la política no cambia la correlación de fuerzas en el Congreso. Podemos exigir que Boudou se tome una licencia hasta que termine su mandato. No está prohibido, y por lo tanto está permitido (Principio de Clausura, Hans Kelsen).

Su licencia nos ahorra el daño moral de convivir con un funcionario que ya traicionó los principios básicos de la Democracia. Me irrita su presencia en el Senado y su ejercicio de la Presidencia cada vez que CFK viaja al exterior. Es la sombra del delito en espacios institucionales que pudimos recuperar tras años de tiranía y desolación. No lo merecemos.

Miguel Ángel Pichetto, un legislador profesional que sirvió a Menem, De la Rúa, Duhalde, Néstor y Cristina, aseguró en la última sesión de la Cámara alta que la licencia de Boudou es una atribución de CFK. No es cierto: los senadores pueden suspender la actividad del Vicepresidente, sin necesidad de la aprobación institucional de Balcarce 50. Pichetto es jefe del bloque oficialista y, por una vez, podría ejercer el poder a favor de todos nosotros.

Boudou cobra una fortuna de honorarios, viaja al exterior en nuestra representación y preside el Senado. Imaginá una cena de Navidad y que tus hijos te pregunten qué hiciste para evitar que el Vicepresidente procesado continúe en su puesto. Prefiero perder un millón de votaciones en la Cámara alta que irme a dormir noqueado por la vergüenza.


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