sábado, 23 de agosto de 2014

Detrás del ministro

La crisis con los holdouts tuvo una negociadora casi fantasma. 
Por qué CFK no quiere razones económicas.

Por Roberto García
Notable resulta la desaprensión colectiva sobre la deuda con los holdouts en los últimos nueve años. 

Una muestra: casi nadie sabe, por ejemplo, que una responsable de la negociación ha sido la procuradora del Tesoro, Angelina Abbona, entusiasta vecina de la familia Kirchner en Río Gallegos. 

Una encuesta primaria entre altos funcionarios, renunciados o en actividad, empresarios, financistas, hombres de negocios, sindicalistas, políticos, dirigentes de toda índole y hasta el propio periodismo indica que una abrumadora mayoría ignora el rol de esta mujer –su existencia incluso–, quien al menos vio pasar por su despacho las discusiones en el Ciadi y casi todos los informes del estudio jurídico que representa al país en el juzgado de Griesa (estudio que, por otra parte, puede enfrentar problemas de matrícula en los Estados Unidos o alguna confrontación por su ejercicio profesional con el gobierno argentino). Hace pocas horas, el ministro Axel Kicillof sentó a su lado a la dama desconocida, en su atril de docente, durante su última conferencia de prensa: ni aun así aparece Abbona en la superficie. Podría decirse que es un dato fantasmal, aunque abundan otros en esta ligereza o desidia general en la que hasta el hombre común y menos versado sabe y opina sobre la madre de todas las batallas, en la cual se ha internado la Presidenta para alegría épica de sus seguidores y desconcertante epílogo para el resto. Eso sí: se empieza a entender que de repente Cristina ha utilizado –por convicción, intereses personales, equivocadas decisiones o inevitable alternativa– la guerra contra los “buitres” como una forma inesperada de distinguirse, como escalón o catapulta de su propia carrera declinante, casi lamentando que este episodio traumático no se hubiera precipitado antes. ¿O acaso deben pensar, disponiendo de esta bandera, que la fantasía de la reelección el año pasado no se habría alzado con más vigor en lugar de ser enterrada? Pregunta vana, conclusión obvia: también, para el oficialismo, no saber ha tenido sus costos. Conviene, antes de reclutar las contradicciones delirantes que acompañan este proceso, detenerse en un punto clave, quizás esclarecedor, sobre la evolución final hoy cargada de enigmas, desde la eventualidad de un arreglo súbito, de un pago improbable, de una asistencia exterior, de una alteración en la palabra del juez, de las consecuencias del aislamiento o del “vivir con lo nuestro” o de que todo cambiará a partir del 1° de enero del año próximo (cuando caduca la cláusula RUFO). La parada determinante es una anécdota y dos declaraciones en el universo de declaraciones formuladas por la mandataria en los días pasados. Primero, el diálogo que Ella sostuvo con uno de sus funcionarios de mayor confianza del área económico-financiera, quien se le acercó con varias carpetas y diversas planillas sobre las variantes para resolver el default o la contingencia con los acreedores de variado tipo. Sencillamente, casi amorosamente, Ella contuvo sus propuestas técnicas con la siguiente frase: “No es que no quiera escucharte, sólo tenés que entender que esto no es económico, es político”. Esa réplica convenció al interlocutor de inmediato; en cambio, tardará mucho tiempo en persuadir al resto de la opinión pública, profesional de los números o del derecho, que todavía se devana en hallar fórmulas para solucionar el entuerto sin comprender buena parte de la naturaleza del conflicto. Y, ciertamente, no es necesario apelar a la infidencia periodística para descubrir la sintonía de la señora presidenta. Basta con la paciencia de atender, aun más que sus propios acólitos, que simplemente parecen escucharla, ciertas señales de sus disertaciones. En una, sostuvo: “No voy a pagar más de lo que mi marido se comprometió a pagar en su momento”. En criollo: para los buitres, sólo ofrezco lo que les di a los otros. Aunque esa palabra signifique contrariar lo que determinó la Justicia norteamericana. Y por si esto no alcanzara, otra alusión precisa en la hojarasca oral: si se quiere pagar más a los holdouts, como exige Griesa, que lo hagan quienes me sigan en el gobierno. No voy a ser yo. Como dicen en el barrio, blanco y jarra, leche.

Punto final del tema, en apariencia, lo demás es semántica (default, default selectivo, etc.). Quedan dos misterios. Uno, la forma en que nadará económicamente el Gobierno para atravesar los más de 400 días que le quedan, sobre todo el sector o los sectores que serán obligados a colaborar para que no se profundice la crisis y “se conserve el proyecto”. Hay una lista de candidatos no voluntarios para ese ejercicio de perinola (agro, caja de jubilados, bancos, reservas). El otro, casi un recuerdo, se refiere a lo que ocurrió en Caracas, cuando Cristina viajó con Kicillof y, luego, lo envió a Nueva York para deshacer y cuestionar cualquier tipo de acuerdo privado con los “buitres”. Como se sabe, entonces una delegación de banqueros y empresarios negoció pagos y garantías para continuar el stay, satisfacer a Griesa y aquietar la demanda de los holdouts. Quizá no se sepa, pero esa conciliación se cerró, incluso con un apretón de manos. Nadie todavía puede explicar el giro violento que horas más tarde impuso el ministro, la ruptura, conociendo todos que Cristina y el Gobierno estaban notificados de la gestión, que incluso hasta la habían bendecido, ya que ese operativo en Nueva York fue emprendido por una delegación con conocimiento y enviados especiales del jefe de Gabinete, Jorge Capitanich; el titular del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, y Carlos Zannini, a quien se le atribuye una influencia superior sobre la mandataria (incluso hoy, el secretario general de la Presidencia mantiene reuniones con algunos de esos frustrados delegados). No fueron los únicos participantes. Quizás, un ensayo de explicación sea la respuesta que Ella les dio a su funcionario: esto no es economía, es política.

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