jueves, 26 de diciembre de 2013

Un pedido de fin de año a la clase política

Por Luis Gregorich
Las jornadas de caos, saqueos y muerte que conmovieron recientemente al país y opacaron la celebración de los 30 años de democracia no trajeron grandes cambios a nuestro escenario político.

El Gobierno demostró seguir siendo firmemente unipersonal, y la Presidenta, en silenciosas intervenciones (demora del envío de gendarmes a Córdoba, publicación del consabido dibujo del Indec, despido del fiscal Campagnoli, confirmación del general Milani), liquidó el tímido clima renovador que parecía instalarse antes de los hechos de violencia. Después se fue a El Calafate. Siguieron los cortes de luz y el temor por los saqueos.

 En cuanto a la oposición, aunque resultó virtual y más bien inofensiva, y se limitó a sus desordenadas e inevitables denuncias, mostró algunos signos de reorganización.

Es cierto que las últimas encuestas indican que, de todos modos, el apoyo a la Presidenta disminuyó sensiblemente, pero esta merma no ha servido como disparador para la imagen positiva de ningún líder opositor. Si hoy hubiera elecciones presidenciales, nadie podría ganar en primera vuelta, y cualquiera -cualquier peronista- podría ganar una vez concretado el ballottage.

El pronóstico para 2014 no es bueno. No hablamos sólo de economía; hablamos, más bien, de instituciones. ¿Hay algo que podamos pedir al Gobierno (es decir, a la Presidenta) y a la oposición para revigorizar la democracia? Tenemos la ingenuidad de pensar que sí, que la Argentina es algo más que los depredadores de los supermercados y los vándalos del Obelisco. Por eso haremos, con respeto, un solo pedido de fin de año a cada una de las dos partes.

Empecemos por la oposición, aclarando que llamamos oposición a todos los partidos no peronistas que afirman ser opositores, sumados a grupos sin filiación partidaria (por ejemplo, sindicalistas o intelectuales), pero que se consideran incluidos en el mismo espacio. No creemos que deba calificarse de opositor, estrictamente hablando, al (plausible) movimiento encabezado por Sergio Massa, ni mucho menos a los variados brotes de peronismo disidente que afloran en distintas provincias, porque se sabe que los peronistas tienen una tendencia instintiva a reagruparse, llegado el caso, en torno al vencedor. No expresamos aquí una condena moral, sino sólo una descripción de una tradición política que comprende el poder y se disciplina ante él.

Opositores son, en consecuencia, radicales, socialistas, seguidores de Pro y de la Coalición Cívica, y personas independientes que tienen una visión del país diferente a la del gobierno kirchnerista. Hasta ahora estas fuerzas han marchado separadas, a excepción de la interesante experiencia de Unen en la Capital. El personalismo, el reproche ideológico que a menudo encubre la disputa por el mismo electorado, el peso de viejos rencores, son factores que han fragmentado a la oposición.

¿Sería tolerable una coalición o una concertación de todos estos grupos y partidos para brindar a los ciudadanos una alternativa distinta tanto del peronismo kirchnerista (con su sello de izquierda) como de la metamorfosis peronista propiciada por Sergio Massa (con su sello moderado)? En estos días, la política europea y la latinoamericana, a través de dos expresiones diferentes, han proporcionado nuevos modelos a la cultura de la coalición. En Alemania, hoy por hoy el país más poderoso de Europa, se han reunido para gobernar los dos partidos más grandes y eternos rivales en la puja electoral: la democracia cristiana de Angela Merkel y el partido socialdemócrata. Más cerca de nosotros, en Chile, Michelle Bachelet ha sido elegida presidenta por segunda vez (no consecutiva) con el apoyo de un grupo de partidos llamado Nueva Mayoría, en el que coexisten desde la democracia cristiana hasta el Partido Comunista.

Queda claro cuál es el modesto regalo que pedimos en este turbulento fin de año a las fuerzas opositoras. Para que nuestra democracia pueda ser auténticamente competitiva y representativa, para que los ciudadanos puedan participar y elegir entre formas de gobernar y estilos y visiones del mundo, les pedimos a los opositores que nos entreguen, en el final de este áspero 2013, una señal de unidad. No se trata de soñar anticipadamente con candidatos o listas únicos. Tampoco es de buena fe exigir ya completas plataformas de gobierno. Sólo se pide una señal, quizás una mesa de coordinación en el Congreso, una forma conjunta de reaccionar frente a los desafueros del oficialismo y, si fuera posible, la formación de grupos comunes de estudio y trabajo en torno a los cuatro o cinco grandes problemas nacionales. Repítase, en forma de conjuro, la palabra deseada: unidad.

En lo que concierne a la Presidenta, nuestro pedido para el año que termina sólo inviste el carácter de una fantasía, la presunción de un acto ejemplar que excede lo político y se interna en el terreno de las convicciones y los valores.

Dentro de unas pocas semanas, cuando Sebastián Piñera entregue la presidencia de Chile a Michelle Bachelet, Cristina Kirchner pasará a ser la mandataria más rica de América del Sur y del Norte juntas. Barack Obama, hasta hoy en el tercer lugar, será entonces sólo el segundo más rico.

No hay que escandalizarse ante la riqueza de algunos políticos; los hay que merecen el favor popular después de una carrera exitosa en el mundo de la empresa o de las finanzas. El mencionado Piñera es uno de ellos. El multimillonario Michael Bloomberg, tres veces alcalde de Nueva York, tras dejar su cargo ha fundado una asociación que se dedicará a investigar y mejorar la vida en las grandes ciudades. Otro multimillonario y jefe de gobierno famoso, Silvio Berlusconi, ex primer ministro de Italia, ha sido salpicado por graves denuncias de fraude fiscal y corrupción de menores.

No se trata de analizar aquí la evolución de la fortuna de la familia Kirchner ni a cuántos millones de dólares asciende exactamente. Un dato que podría preocupar es que se hubiera multiplicado en forma notable durante las presidencias familiares. Se sabe que esta acumulación de dinero está fundada en una declaración del ex presidente Kirchner que, cierta o no, se suele citar: "Para hacer política, se necesita plata".

Lo que realmente produce cierto malestar es que los Kirchner, a diferencia de Piñera, Bloomberg o Berlusconi, que son francas expresiones del capitalismo y de la derecha o centroderecha (lo mismo ocurre entre nosotros con Mauricio Macri), pretenden ser de izquierda, cuasi socialistas, y son reivindicados como tales por una multicolor tribuna de intelectuales. ¿Ninguna contradicción entre el patrimonio y la ideología?

Ocurre que la estructura del populismo criollo reproduce, en algún sentido, el esquema de dominación precapitalista: el jefe territorial que distribuye los bienes, los fieles servidores que reciben su parte. Estos islotes arcaicos conviven con retazos de modernidad. Échese una mirada al conurbano profundo.

Desconozco si la Presidenta ha emprendido ya alguna acción solidaria con su dinero y por discreción no lo revela. Si así fuera, le pido disculpas. En caso contrario, creo que todos los argentinos apreciarían un claro y plenamente asumido gesto de desprendimiento, por el que una parte (sólo la Presidenta podría decidir cuánta parte) de su fortuna se convirtiera en un nuevo y bien equipado hospital en la puna, o en una colonia de vacaciones en la Patagonia, o en la piedra basal de cualquier realización social, modernizadora e inclusiva, que los más necesitados reclaman. Un gesto (algo más que) simbólico podría ser un ejemplo para muchos.

La oposición, en busca de la unidad. La Presidenta, con un sencillo y generoso gesto. Todos, para ser más creíbles, en la antesala de un año arduo.


© La Nación

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