lunes, 15 de julio de 2013

La política descafeinada

Massa. El tigrense se presenta como un exponente del poskirchnerismo: moderación y pocas definiciones.

Por James Neilson (*)
Puede que en algunos países, la gente se interese por la labor de los parlamentarios, premiando a los eficaces por su aportes y castigando a quienes no lo son, pero en la Argentina actual pocos creen que el Congreso sirva para mucho más que brindar a los opositores oportunidades para denunciar, en términos a menudo pintorescos, las barbaridades perpetradas por Cristina y sus secuaces. Es por lo tanto lógico que, de acuerdo común, las elecciones legislativas previstas para el 27 de octubre sean en realidad un episodio más en la batalla por la presidencia de la República, de ahí el impacto muy fuerte que ha tenido el lanzamiento de la candidatura a diputado nacional del intendente de Tigre Sergio Massa.

¿Es que el joven de apariencia hollywoodense supone que le convendría contar en su curriculum con un par de años como legislador? Claro que no: el haber sido diputado no lo ayudaría del todo. Aunque Massa resulte no ser un candidato meramente testimonial sino uno de verdad, puede darse por descontado que lo que más quiere no sea pronunciar discursos fogosos en la Cámara baja en defensa de la Constitución y de la autonomía de la Corte Suprema, sino asestarle a Cristina un golpe demoledor que, además de obligarla a olvidarse de la re-re, lo ubicaría a la cabeza de la lista de presuntos presidenciables.

¿Y Daniel Scioli, el político que, según muchos, fue el gran perdedor del zafarrancho previo a la elaboración de las diversas listas de aspirantes a un lugar en el Congreso? Luego de pensarlo, el gobernador decidió distanciarse del galán tigrense y acercarse al candidato oficialista, el lomense Martín Insaurralde. Dadas las circunstancias, es comprensible; apoyar a Massa no solo lo hubiera expuesto a la venganza de Cristina, una señora que, como todos saben, sería plenamente capaz de desquitarse por tamaña traición encendiendo la provincia de Buenos Aires, sino que también significaría que, a ojos del electorado, se había puesto al servicio de otro político.

Mientras que Scioli tiene motivos bien concretos para subordinarse, con una sonrisa entre resignada y burlona, a Cristina, actitud que desde su punto de vista entraña ciertas ventajas porque muchos bonaerenses se han acostumbrado a atribuir los problemas más graves del distrito a la malignidad kirchnerista, no los tiene para solidarizarse con Massa.

Los comprometidos con el gobernador esperan que el intruso haga una elección lo bastante buena como para bajarles las ínfulas a Cristina y compañía, pero que su eventual triunfo no sea lo suficiente como para cambiar radicalmente el panorama político nacional; si la lista de Insaurralde, es decir, de Cristina, consigue aferrarse a una proporción respetable de los votos, Scioli podría dar a entender que fue gracias a su colaboración que la Presidenta logró mantenerse a flote. Al fin y al cabo, es más popular que ella.

Tanto Scioli como Massa se han propuesto ocupar el mismo lugar en el mapa político, el del heredero de Cristina que aseguraría una transición nada traumática conservando lo rescatable del “modelo” pero echando por la borda a aquellas partes que la mayoría encuentra repudiable, además de comprometerse a respetar la Constitución nacional.

Aunque últimamente Massa se ha sentido constreñido a asumir una postura mucho más opositora que Scioli, este puede confiar en que una franja sustancial del electorado comparte las sospechas de aquellos kirchneristas que ven en él un sapo de otro pozo, de uno que es muy distinto del frecuentado por Cristina y sus soldados furibundos. Se trata, pues, de una competencia entre dos cultores de cierta ambigüedad que se resisten a definirse demasiado ya que entienden que, en política, definirse equivale a dividir.

Con todo, nadie ignora que Scioli lo tiene más difícil. Por oficialista que finja ser, no podrá reivindicar con la pasión exigida por los militantes los intentos de Cristina de dinamitar la Constitución, aprobar sus esfuerzos por hacer del Poder Judicial una rama más de su propio movimiento cada vez más personalista y coincidir con ella en que la inflación se debe a nada más que la codicia de comerciantes inescrupulosos, pero a menos que defienda tales extravagancias autoritarias, la Presidenta continuará procurando humillarlo.

Así las cosas, para sobrevivir a las tormentas de la temporada electoral, Scioli tendría que navegar con mucha astucia, con la esperanza de que, una vez que se haya restaurado las versión local de la normalidad, Cristina por fin reconozca que, de todos los sucesores disponibles, es el menos peligroso y en consecuencia le preste la ayuda que necesitará para asegurar que su gestión como gobernador termine sin demasiados contratiempos.
Tal apuesta se basa en la hipótesis de que Cristina sea en el fondo una política democrática racional, pero los hay que creen que, en el caso de que las elecciones legislativas le resultaran catastróficas, reaccionaría redoblando la propia con la intención de intimidar tanto a los demás que la mayoría llegue a la conclusión de que, por ser tan alarmante la alternativa, sería mejor dejarla permanecer algunos años más en el poder.

Quienes piensan así señalan que, por razones inconfesables pero así y todo patentes, la Presidenta tiene forzosamente que aferrarse al poder no porque sea “imprescindible”, como dicen los incondicionales, o porque crea que la “revolución” que se ha propuesto llevar a cabo sea mucho más importante que la anticuada democracia burguesa, sino porque, de verse depositada en el llano después de disfrutar de una década ganada signada por la impunidad, su propio destino sería muy triste y también lo sería aquel de muchos compañeros.

Si bien tanto Massa como Scioli son considerados políticos honestos, ninguno puede decir mucho sobre la corrupción que siempre ha acompañado la gestión de los Kirchner. Por miedo a que aludir a un tema tan escabroso haría de la campaña electoral una lucha feroz de todos contra todos, con cruces de acusaciones tremendas –falsas o claramente justificadas, daría igual– que terminaría perjudicándolos, prefieren minimizar su importancia. Se trata de una omisión un tanto extraña, ya que no cabe duda de que el robo de vaya a saber cuántos miles de millones de dólares por individuos vinculados con el “proyecto” kirchnerista merece figurar entre las prioridades nacionales, pero sucede que los políticos que, a juzgar por las encuestas de opinión, comparten el respaldo de la mayoría se resisten a mencionarlo. En cambio, los representantes de agrupaciones aún minoritarias no se sienten tan cohibidos, aunque ellos tampoco quieren advertir a la población que, de aplicarse la ley como corresponde, tarde o temprano muchos personajes que desempeñan papeles destacados en el escenario nacional darían con los huesos en la cárcel.

Huelga decir que los dos hombres que, por ahora, parecen ser los mejor posicionados para disputar el liderazgo cuando por fin se haya agotado el largo “ciclo” kirchnerista, no hablan de eventualidades tan inquietantes; son especialistas en formular declaraciones balsámicas aunque, en la Argentina actual, el que Massa se haya aseverado respetuoso de la Constitución es tomado por una manifestación de coraje político. Ambos dan a entender que les sería relativamente sencillo corregir las distorsiones provocadas por el gobierno de Cristina porque no quieren asustar a los millones que dependen de la largueza estatal y que, como es habitual en países de cultura clientelista, suponen que los beneficios que perciben se deben a la generosidad de políticos determinados, no de la sociedad en su conjunto.

Así, pues, aunque Massa afirma que ha llegado la hora para “atacar la inflación, ese cáncer que les come el bolsillo de los argentinos”, parece suponer que le sería factible hacerlo sin que nadie tenga que sufrir inconvenientes, lo que, por desgracia, no suele ser el caso. Mal que les pese a quienes se encarguen del manejo de la economía post-kirchnerista, frenar la inflación podría exigir una serie de medidas sumamente penosas; de otro modo, Cristina ya la hubiera derrotado hace tiempo.

Sea como fuere, la necesidad de contar con la adhesión de sectores muy amplios conformados por quienes están más preocupados por el futuro inmediato de sus propios ingresos que por cualquier otra cosa, impide que los candidatos políticos celebren debates auténticos acerca de las opciones frente al país. Tienen forzosamente que ser optimistas, limitándose a deplorar el autoritarismo y la arbitrariedad de Cristina y de personajes como Guillermo Moreno, mientras que achacan la persistencia de inmensos bolsones de pobreza a la voluntad oficial de pasarlos por alto, no a problemas estructurales que serían muy difíciles de solucionar o, cuando menos, de atenuar, para que los atrapados en ellos pudieran no solo salir sino también hacer un aporte positivo al bien común. Es posible que tanto ellos como sus asesores sepan muy bien que al próximo gobierno le aguarda una tarea hercúlea y que haya preparado planes detallados que pondrán en marcha si la ciudadanía les da la oportunidad. Es de esperar que sea así, ya que a juzgar por lo que dicen, están convencidos de que les sería relativamente fácil gobernar la Argentina.

(*) PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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