sábado, 23 de febrero de 2013

Cristina y Scioli: Margaritas para dos

El futuro de la relación entre la Presidenta y el gobernador es mucho más complejo de lo que se cree. Razones y sinrazones.

Por Roberto García
Tanto jugar al ajedrez y no advertir que en el tablero político quedaría en jaque perpetuo, dominado por la dama. Error de principiante. ¿De qué sirve leer a Capablanca o Alekhine si, en la vida, se puede terminar como Bobby Fischer? Pregunta para un Daniel Scioli que muchos imaginaban atribulado, observándose frente al espejo con una margarita, preguntando: “¿Me quedo? ¿Me voy?”. La deserción del cristinismo fue el consejo unánime de los visitantes. Mientras dudaba, presuntamente, lo arrasó una realidad económica: la caja vacía para honrar las obligaciones provinciales.

Y lo que a fin de año se sospechaba zanjado por un artilugio financiero, ahora se vuelve desesperante y el gobernador de ascendente estrella pasó al corral de la dependencia, a que Ella –si quiere– casi puede despedirlo sin pagarle indemnización. Ni agradecerle los servicios prestados. Singular fenómeno de la política, de presidente a prescindente en apenas un mes, a pesar, justo es admitirlo, de que el gobernador siempre dijo: “Haré lo que diga Cristina”. Pero nunca le creyeron, menos en la Casa Rosada.

Lo cierto es que hoy respira si Cristina le provee el pulmotor y yace, lívido, peor que otros mandatarios del interior. Ocurre que, al revés de sus colegas también quejosos de la avaricia central, el bonaerense dispone de una fotografía más complicada: como si en la Argentina no hubiera inflación, nunca le actualizaron una partida de 650 millones de pesos que alguna vez fueron dólares. Por lo tanto, siempre inicia los partidos perdiendo cada año por mayor cantidad de goles. Jamás pudo alterar esa fatídica progresión, un torniquete de sofisticada tortura. A esa falta de recursos se añade que Scioli carece de intendentes propios, estructuras, la posibilidad de imponer legisladores o una unidad básica siquiera para refugiarse o protestar. Sólo puede invocar que las encuestas lo favorecen y que le cae simpático a la opinión pública. Pero su destino depende del buen humor o la conveniencia de la Presidenta. Y la dama que lo jaquea le dispensa nulo cariño, no le aporta fondos, le inhabilita empréstitos, hasta estimula críticas humillantes de párvulos políticos, como el titular de Economía, Hernán Lorenzino. Y en el trasiego, Julio De Vido le aplica un bypass con los intendentes, lo puentea como si fuera un gestor sospechoso para asistir a los municipios con obras menores pero visibles electoralmente, del cordón cuneta al asfalto. Una forma cristinista de seducir y de que los caudillos se encanten, aparte de evitar una crisis rotunda: como se sabe, si arde la provincia también se puede quemar la Rosada. Basta recordar el final de De la Rúa, las desavenencias económicas con el duhaldismo; la memoria indica que se debe evitar el malestar de esos jefes distritales, quienes en el año 2000 iniciaron en el Conurbano la rebelión que concluyó en destitución. Mejor, entonces, que se conserven sonrientes, medianamente llenos sus bolsillos: son vitales para los comicios de octubre y mucho más para la paz interior.

En este juego ha sido meteórico el ascenso devidista en el entorno presidencial: obtuvo una confianza que nunca gozó por una cuestión de género, ya que su esposa (Alessandra Minnicelli) se ganó el corazón de Cristina. No todo es sentimiento: a De Vido le reconocen eficacia a la hora de tentar y capturar intendentes, al margen de ser el funcionario con más asados a cuestas en la provincia de Buenos Aires. Parte de su crecimiento es el masoquismo gastronómico. Y para halagar a su mando hasta adquirió costumbres chismosas: pidió enterarse de lo que hablaron Scioli y Cobos en una cena. Gracioso, nunca se preguntó lo que conversaban los Kirchner con Héctor Magnetto en las más de 12 comidas que compartieron en secreto (confesión de la propia CFK). Recordar y olvidar le ha servido para avanzar en la interna, emparejar a su viejo rival Carlos Zannini –a quien calificaba como “espía de Cristina” cuando asistía con Néstor a las reuniones del CFI en décadas lejanas– en el peso específico de las influencias. Serán los dos, sin embargo, quienes constituyan las listas bonaerenses de legisladores nacionales, provinciales y hasta concejales.

Scioli pretendía disponer de número allí para no correr riesgos constitucionales en los próximos dos años (un eventual juicio político, por caso), cediendo a cambio designaciones en las nacionales, creyendo que si lograra ser presidente en 2015, los que hoy fueron nominados saltarían a su vera como corresponde al manual básico peronista. Pero ni ese zapato de fantasía, dicen, le permitirán calzarse; por el contrario, le exigirán sevicias, no tendrá voz ni voto, otros decidirán por él: De Vido con los intendentes, Zannini con los recién llegados de La Cámpora. Aunque este dominio bicéfalo encierra otra revuelta futura: los intendentes tradicionales saben que los socios y jóvenes de hoy van a ir luego por ellos, como ahora hacen con Scioli.

De ahí que la atribulada sea ahora Cristina, que deshoja la margarita ante el espejo: “¿Lo ayudo, no lo ayudo?”, “¿Lo hago echar o lo someto más?” (debe admitirse que en la cabeza femenina Scioli todavía no alcanzó el odio que Ella le prodiga al gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta). Mientras duda, sabe en el desprecio que Scioli la ayudará para ganar en Buenos Aires. Por lo tanto, mejor tenerlo que disolverlo. Por ahora. Con Sergio Massa le ocurre lo mismo: no es de su secta ni lo considera, pero tampoco lo quiere lejos, antagónico, al menos hasta las elecciones de octubre.

Además, tanto Scioli como Massa aparecen rodeados por empresarios afines a la Casa Rosada, a la próspera beautiful people que engendró el kirchnerismo durante ocho años, pero ese factor ya no resulta decisivo como en los tiempos de Néstor. Al contrario, puede ser nocivo ante quienes ni por un instante suponen que Scioli, Massa o espontáneos como Capitanich o Urtubey pueden ser los herederos del proyecto si es que a Cristina no le alcanza para renovarse en el mandato. Ella y su corte de obedientes discípulos entienden que no han luchado tanto en el Estado para obsequiarle ese poder a un afortunado figurón de los sondeos. No saben a quién quieren, sí saben a quiénes detestan.

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