viernes, 26 de octubre de 2012

El lanzamiento de Scioli es la primera señal de un peronismo que empieza a marcar límites

Por Ignacio Fidanza
Es acaso una tentación de los líderes creer que los buenos momentos están condenados a eternizarse. Así como el gobierno prefiere discutir los índices de inflación de la Argentina y ahora también del mundo, antes que ocuparse de resolverla, acaso esté convencido que su tiempo de hegemonía política permanecerá por simple expresión de voluntad.

Y tal vez con esa convicción, ensaya una “profundización” de un modelo político que ya necesita un service, acaso más urgente que el de la economía. Sin embargo, es esa línea la que trabaja la última criatura kirchnerista -Unidos y Organizados-, como el periodista oficialista Herán Brienza tuvo la gentileza de revelar y luego La Cámpora avaló.

Según esta mirada que prevalece en el corazón del poder, el cristinismo es la etapa superadora no ya del peronismo sino también del kirchnerismo de Kirchner. Un kirchnerismo que supo ser más pragmático y conciliador con el PJ, al punto que el propio ex presidente en su hora de debilidad, leyó bien la coyuntura y en vez de confrontar con la única estructura de poder real que queda en el país, se hizo nombrar presidente de ese partido, que hoy los camporistas desprecian.

Y es esa fuerza política marginada la que empezó a mostrar los dientes en un proceso que se agudizará a medida que se acerquen los cierres de listas para las legislativas del 2013 y la economía siga transitando a los tumbos, en una lenta pero firme acumulación de problemas sin resolver.

Es que justo cuando empiezan a escasear los recursos y se va desplegando ese ajuste desordenado y vergonzante que el Gobierno intenta instrumentar desde principios de año, el cristinismo no tuvo mejor idea que agudizar su confrontación con el peronismo –incluyendo su brazo sindical-.

La “foto epocal” como la calificó Brienza, de Andrés Larroque, Milagros Sala, Luis Delía y Emilio Pérsico abrazados en Jujuy, en un momento que se presume fundacional de un nuevo ciclo político que viene a reemplazar al anquilosado peronismo, es acaso el mejor retrato de la soledad política que hoy envuelve a un Gobierno que decidió encerrarse sobre si mismo.

Curiosa retórica de los “puros” del cristinismo que apoyados en una muy módica historia de derrotas electorales, se asumen como la verdadera esencia del “pueblo” frente a gobernadores e intendentes peronistas que cosecharon millones de votos.

Son esas listas del PJ despreciadas las que combinadas con el liderazgo electoral de una peronista como Cristina, las que se abrieron para que muchos de los que hoy se proponen como etapa superadora del peronismo pudieran ser legisladores.

Lo curioso es que sea Cristina la que hoy avale –al menos por omisión- este curso de acción que más temprano que tarde concluirá en una colisión frontal, como se vio en San Juan donde los Unidos y Organizados terminaron a las trompadas con la JP que responde al gobernador José Luis Gioja.

El malestar peronista

Esperar que políticos experimentados como los gobernadores e intendentes del PJ anticipen una confrontación con el poder central es esperar en vano. Pero si se mira de cerca esa valla última de institucionalidad del país que son los gobernadores peronistas y se los compara con una foto del año pasado, el cambio es sustancial. Sólo que no es producto de un gran momento de ruptura, sino de la acumulación cotidiana de pequeños deslizamientos, es decir, de política.

Desde el rojo intenso de un Peralta o De la Sota, hasta el amarillo pálido de Daniel Scioli, pasando por los tonos ocres de un Urtubey, Jorge, Fellner, Beder Herrera o Gioja, lo que se ve es un deslizamiento crítico, una toma de distancia regulada, en la que abundan cada vez más los silencios y se oyen menos las declaraciones de “respaldo”.

Es en ese marco que esta noche Scioli lanzó su candidatura presidencial, escenificada en la presentación de una agrupación que proclama entusiasta “Lo mejor está por venir”, luego de recordarle a Cristina que fue ella quien dijo que la primer lealtad es con el pueblo, o sea, no con ella.

Agrupación sciolista que se encargó de titular “El Peronismo, eje de nuestra historia”, un texto de presentación en sociedad que abunda en guiños a la estructura del PJ y propone un país de diálogo. Reivindicando además de manera explícita la figura de Perón como lo que fue, el fundador y líder del movimiento que todavía hoy gobierna la Argentina.

Es que así están las cosas en el peronismo. Hoy es casi un acto de rebeldía exhibir un retrato de Perón –peor aún si es la imagen en la que se lo ve sobre un caballo pinto y con uniforme de militar-, frente a una iconografía oficial que emana desde el poder con eje en Evita, como ícono de una revolución frustrada que acaso ahora otra mujer viene a completar. Como si Evita hubiera sido posible sin Perón.

No es una novedad. Ya en los setenta se ensayó esa diferenciación ridícula, cuando se buscó anclar en Evita un ideario revolucionario marxista, que Perón claramente terminó rechazando.

Cristina siempre navegó con habilidad en esas aguas y en los momentos claves se identificó como peronista a secas. Pero algo de ese trazo fino parece extraviado. No está claro si por falta de conducción o por definición política.

Y Scioli que es un killer de exasperante sangre fría envuelto en un papel de Sarah Kay, olió el malestar y plantó una primera bandera.

Porque si todos los gobernadores e intendentes peronistas son el enemigo, el problema ya no es de ellos, sino de un gobierno que tiene más afuera que adentro. Un gobierno que es bueno aclarar, tiene todavía tiempo para corregir el rumbo. Pero cuidado, parece que falta mucho pero es una ilusión, acaso tan grande como creer que todo será como fue.

© LPO

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