sábado, 1 de agosto de 2026

LA FÁBRICA INTERMINABLE DE SOBREVIVIENTES

Nuevo poemario del escritor peruano Renato Salas Peña, 
con prólogo de Jorge Millones

 Renato Salas Peña y la tapa de su nuevo libro de poemas "Mamani, el timador"

De mi país las venas, repletas de Mamanis

Por Jorge Millones

A mediados de los años noventa conocí a un muchacho flaco, alto, moreno y apurado, de esos que parecen caminar siempre huyendo de algo o persiguiendo alguna revelación imposible. Entraba y salía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con un libro bajo el brazo y una ansiedad feroz en la mirada. Renato Salas subía las escaleras hacia el segundo piso de la Facultad de Letras —donde entonces funcionaba Educación— como quien corre a salvar algo del incendio. Más tarde desaparecía con otros muchachos rumbo a un antro estudiantil que después supe que se llamaba “El Tío de las Cañas”: un bar miserable, glorioso y alcohólico donde recalaban estudiantes pobres, poetas sin futuro, profesores derrotados y toda esa fauna sanmarquina que todavía respiraba la resaca revolucionaria de los años setenta y ochenta en el Perú.

Entre “La Curva” —ese legendario bar universitario— y el Tío de las Cañas se conspiraba mucho y se vivía poco; o quizá era al revés. Se bebía como condenados a muerte, se escribía como si el poema pudiera tumbar dictaduras, se cantaba, se lloraba, se amaba mal, se maldecía peor y, claro, también se conspiraba. Todo eso mientras afuera el país se iba pudriendo lentamente bajo la bota cívico-militar del fujimorismo y nuestra vieja universidad era ocupada por soldados como si leer libros fuera un acto terrorista. Nosotros, pobres diablos románticos, seguíamos aferrados a la bohemia como quien se aferra a una tabla en medio del naufragio.

Por aquellos años yo empezaba a escribir mis primeras canciones, tímidas todavía, casi clandestinas. No las mostraba mucho; me daba vergüenza descubrirme frente a los demás. Pero me había convertido en una especie de rocola humana de Silvio Rodríguez. Cantaba sus canciones a grito pelado en la puerta de Letras como quien levanta una barricada sentimental contra la tristeza nacional. Y fue precisamente gracias a esas canciones que se me acercaron unos chicos de Educación que luego me presentarían al colectivo “Cultivo”, una pandilla de poetas, “performers” dirían hoy, músicos y dementes hermosamente funcionales para el caos.

Ahí estaban mi querido Juan Ramón Carrasco —a quien años después volvería a encontrar en el Cusco como si las amistades verdaderas nunca terminaran de despedirse, Rudy Pacheco, poeta extraordinario y hermano entrañable que se nos fue demasiado pronto, Eduardo Braga, el benjamín del grupo, y por supuesto Renato Salas, que además de escribir poemas también disparaba canciones rabiosas después de algunos vasos de yonque. Gracias a Renato aprendí que a veces había que gritar para hacerse escuchar; que el arte, cuando nace del hambre y la desesperación, no pide permiso ni modula la voz. Aprendí también a confiar más en lo que escribía, a perderle miedo al escenario y a descubrir que una guitarra podía convertir a un estudiante pobre en dueño absoluto del bar durante cinco minutos de gloria etílica.

Para mí todo aquello era como vivir dentro de una película de bajo presupuesto escrita por Charles Bukowski y dirigida por algún cineasta provinciano y borracho. No podía creer que existieran personajes así: no solo los cuatro de “Cultivo”, sino toda esa periferia entrañable de locos, poetas, enamoradas y musas trágicas, vagabundos ilustrados y artistas rotos que orbitaban alrededor suyo. Eran talentosos y disfuncionales en proporciones idénticas, como suele ocurrir con la gente verdaderamente viva. Y yo también compartía ese malditismo adolescente; fui parte de aquella vorágine feliz y desastrosa. No me equivoco si digo que esos fueron los años más intensos y felices de mi vida universitaria, aunque, siendo sinceros, uno nunca termina de irse del todo de San Marcos.

Yo también venía de mi propia mancha de locos de barrio: Gastón, David, Carlos y este humilde servidor. Éramos cuatro muchachos tratando de sobrevivir a Lima entre canciones, alcohol barato y sueños imposibles. Alguna vez logré juntar ambas tribus y todavía hoy me conmueve recordar esa mezcla de afectos y desastres compartidos. Porque eso éramos finalmente: muchachos intentando convertir la miseria en belleza.

Por eso hablar de Mamani, el timador resulta complicado para mí. Lo escribió mi amigo, mi hermano, y sé perfectamente que jamás podré ser objetivo. Tampoco quiero serlo. Porque el Mamani de este libro soy yo, es Renato, es Rudy, es seguro mi amiga Virginia Benavides y son miles de peruanos arrojados a la intemperie emocional de una ciudad como Lima, esa máquina de humillar provincianos, marrones y pobres, pero que aun así produce sujetos pícaros, vitales, pendencieros y capaces de reírse con media muela rota frente al desastre.

En aquellos años oscuros, cuando Alberto Fujimori parecía eterno y el miedo todavía gobernaba las calles, escribí una canción llamada El tema de Mamani. No creo que haya sido coincidencia. Más bien pienso que ambos estábamos respirando el mismo aire podrido de época. Edmund Husserl decía que los artistas suelen captar antes que nadie el espíritu de su tiempo. Quizá por eso el Mamani de Renato y el mío terminaron pareciéndose tanto: el migran- te frustrado, el sobreviviente urbano, el rebelde sin épica, el peruano mestizo atrapado entre la miseria material y el deseo absurdo de seguir soñando. Ese sujeto roto y contradictorio que el neoliberalismo convirtió en estadística, pero que la poesía y la canción todavía pueden rescatar del olvido.

Mamani, el timador de Renato Salas Peña no es un poemario: es una combi sin frenos bajando por Acho con Franz Kafka, Miguel de Cervantes y un cobrador huayqueado gritándote “¡Avanza al fondo, causa!”. Uno abre el libro pensando que va a encontrar poesía social y termina atrapado en una resaca filosófica donde Homero toma yonque con Kanú mientras Hamlet discute con un cobrador de micro sobre el precio del pasaje universitario.

Lo extraordinario del libro es justamente esa falta total de respeto por la solemnidad cultural. Aquí los grandes héroes de Occidente ya no aparecen montados en caballos blancos ni pronunciando discursos trascendentales. No. Acá Ulises llega tarde, borracho, sin sencillo y con el celular robado. Segismundo trabaja doce horas en una fábrica textil y sueña con incendiar el Congreso antes de quedarse dormido en el Metropolitano. Gregorio Samsa ya ni siquiera amanece convertido en insecto; amanece convertido en peruano, que viene siendo más o menos lo mismo, pero con deudas en cuotas.

Y ahí está el gran mérito de Renato: entender que el drama universal también sucede en los conos de Lima, en hostales con olor a lejía triste, en huelgas olvidadas y en bares donde los poetas terminan fiando cerveza tibia mientras citan a William Shakespeare como si fueran parroquianos del Queirolo de Quilca. Porque en este libro Troya no queda en Asia Menor: queda entre Caquetá y Abancay, y está llena de moto- taxis, ambulantes y policías pidiendo coima.

Mamani, además, no es un personaje; es una epidemia nacional. Uno lee el libro y descubre que conoce veinte Mamanis. O peor aún: descubre que uno mismo también es Mamani después del tercer trago y la quinta frustración laboral. Mamani es el estudiante eterno, el migrante, el desempleado, el obrero explotado, el borracho sentimental, el rebelde de esquina, el enamorado misio y abandonado. Es Ulises, sí, pero un Ulises que regresa a Ítaca en una cúster pirata con reggaetón de fondo.

Lo interesante es que Renato jamás convierte al pobre en estampita revolucionaria ni en víctima decorativa para tesis universitarias financiadas por ONGs europeas. Sus personajes son tiernos, sí, pero también son machistas, violentos, absurdos, borrachos, egoístas y emocionalmente defectuosos. Es decir: humanos. Y por eso funcionan. Porque la gran tragedia peruana no consiste solamente en sufrir la pobreza, sino en aprender a bailar sobre ella mientras suena Chacalón y alguien vomita discretamente en el baño del bar.

Hay además una inteligencia política muy filuda en el libro. Renato entiende algo que muchos sociólogos aburridos jamás comprendieron: el neoliberalismo peruano no solo destruyó economías familiares, también destruyó imaginarios, afectos y posibilidades de futuro. Por eso los personajes de Mamani, el timador, ya no cree demasiado en revoluciones ni utopías. Apenas creen en llegar vivos a fin de mes, en que no les roben el celular y en encontrar algún amor precario que les aguante la resaca del domingo.

Existen momentos en Mamani, el timador donde la escritura de Renato Salas parece deliberadamente excesiva, saturada y caótica. El poemario acumula referencias culturales, imágenes urbanas, jerga popular, citas veladas a la tradición occidental y escenas de degradación cotidiana con una intensidad que, por momen- tos, puede producir una sensación de vértigo en el lector. Sin embargo, dicho exceso no constituye un defecto accidental, sino una estrategia estética coherente con el universo humano que el libro retrata. El Perú marginal y mestizo que aparece en estos poemas no puede expresarse desde la contención clásica ni desde una poesía pulcra y académicamente higienizada; necesita, más bien, una lengua desbordada, contamina- da, herida por la calle y por la historia.

Poemas como “Mamani sueña su vida en una combi” condensan precisamente esa acumulación caótica de registros culturales y emocionales. Allí leemos: “Segismundo Mamani despierta a las cinco de la mañana / y a esa hora ni un puto sueño se le asoma a la mente”, para luego mezclar a Pedro Calderón de la Barca, tra- vestis limeños, fábricas textiles, resacas alcohólicas y fantasías revolucionarias dentro de un mismo flujo verbal. El resultado es una poética de la saturación donde lo culto y lo marginal dejan de oponerse jerárquicamente y pasan a coexistir dentro de una misma conciencia fracturada.

En ese sentido, la aparente sobrecarga expresiva del poemario funciona como representación formal de la experiencia popular contemporánea: una subjetividad bombardeada por violencia simbólica, precariedad econó- mica, cultura de masas, frustración política y deseo de trascendencia. Renato Salas Peña no escribe desde el equilibrio apolíneo ni desde la serenidad contemplativa; escribe desde el ruido urbano, desde la resaca histórica y desde la emocionalidad convulsa de personajes que sobreviven entre combis, bares, huelgas, hostales baratos y derrotas afectivas. Por ello, el poemario renuncia conscientemente a la elegancia minimalista y opta por una estética del exceso, del collage cultural y de la oralidad atropellada, construyendo así una de las representaciones más intensas y honestas del sujeto popular peruano contemporáneo.

Y quizás por eso dialoga tan bien con mi canción El tema de Mamani. Porque ambos textos nacen del mismo país traumado y medio alcohólico de los noventa. Mientras yo cantaba que “las venas del país estaban repletas de Mamanis”, Renato convirtió a ese Mamani en protagonista de una epopeya lumpen y mestiza donde Felipe Pinglo puede compartir mesa con Hamlet y Chacalón puede darle la mano a Kafka sin que nadie se sorprenda demasiado.

En ambos casos, Mamani deja de ser apellido y se vuelve diagnóstico nacional. Porque el Perú produce Mamanis como otras naciones producen petróleo. Sujetos golpeados, pícaros, sobrevivientes, contradictorios y medio rotos que siguen buscando trabajo, amor, cerveza y alguna explicación metafísica mientras la ciudad les pega una cachetada diaria. Y quizá allí reside la mayor virtud del libro: entender que incluso entre toda esta mugre social todavía queda algo profundamente humano intentando rebelarse contra todo.

 Un poema de Renato Salas Peña, de su nuevo libro

 Mamani toma la combi de regreso a Itaca

 Cuéntame, engáñame,

Sarita Colonia,

Beatita Melchora,

de ese vago varón

que en huevero

y desempleado paso

tras destruir

la amurallada

ciudad de Palomino

se fue a gorrear

el licor de otros hombres

de otros pueblos

y se aprendió

sus pensares

y casi ahoga

en alcohólicos mares

donde esos amigos

del barrio

pueden desaparecer

y desaparecieron

por cojudos y heroicos

tras devorar

a dulces travestis.

Sí, hijas de Pachacamac,

inventen mentiras

del que aún no llega a casa

el que se quedó dormido

y pepeado en el hostal Calipso,

de quien los dioses

ya se compadecen.

ya se compadecen.

Anda, mi Sarita Colonia,

y pídele a nuestro

padre inmortal

por nuestro ingenioso

y astuto Mamani

que a pesar

de las mañosas caricias

él clava en los tatuajes

del recuerdo

su cerro preñado

de esteritas

en donde sacrificaba

los más gordos cuyes

y ofrendaba

su primer vaso de yonque

a ti, cosmogónico,

que ahora le niegas

el perdón.

Y el dios Sol

le habló, hija mía,

qué palabras caen

de tu cariada dentadura,

cómo olvidarme del Mamani

del astuto y pendejo

del que quiñó el ojo

al hijo de nuestro Rímac,

río agónico y

por más que se enhuaique

no le quedará otra

que chantar en la cocina.

Y es por esto

que el dealer más veloz

fue enviado

donde las trenzas

de la chola más bella,

y así se decidió

su regreso a casa

en la combi

más destartalada.

© Renato Salas Peña

© Grupo Editorial Amarti

© Agensur.info

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