miércoles, 10 de enero de 2024

La vicepresidente observada

 Por Pablo Mendelevich

Un vicepresidente, como el nombre del cargo se ocupa de recordarlo cada vez que alguien lo dice, está para asumir la presidencia en caso de necesidad. Pero algo así no sucede en la Argentina desde hace cincuenta años y no precisamente porque el último medio siglo hubiera sido magro en vacancias presidenciales.

La última vez fue algo especial. Igual que ahora, desempeñaba la vicepresidencia una mujer, quien sería al cabo la precursora en ambas funciones. El presidente de la Nación era su marido. Luego de gobernar nueve meses, su marido falleció. Isabel Perón, de ella se trata, no llegó a completar el mandato de Perón, fue depuesta tal como había ocurrido en el caso precedente de Ramón Castillo, el vice que reemplazó al presidente Roberto Ortíz.

Sólo con anterioridad al Centenario de la Independencia los vicepresidentes, cuando les tocaba justificar su existencia, funcionaban de manera acabada, reparatoria. Un total de cuatro completaron mandatos presidenciales y lo hicieron sin períodos inconclusos ni rupturas del orden constitucional: Carlos Pellegrini (debido a que Juárez Celman cayó en 1890 por la crisis económica); el inmediato posterior José Evaristo Uriburu (Luis Sáenz Peña también cayó en 1895 tras quedarse sin poder), José Figueroa Alcorta (Manuel Quintana murió en 1906) y, a continuación, Victorino de la Plaza (cuando también murió mientras gobernaba Roque Sáenz Peña, en 1914).

A fin de los años treinta, el ascenso en cuotas de Castillo mientras Ortiz luchaba contra la diabetes que acabaría con su vida alcanzó altos niveles de crueldad (Castillo hasta ordenó crear en el Congreso una comisión investigadora de la salud presidencial). Sin embargo, fue el progresivo deterioro físico de Ortiz y no el acoso de Castillo lo que determinó su renuncia dos semanas antes de morir.

En 1955, Alberto Teisaire se convirtió en el arquetipo del vicepresidente traidor. Pero lo traicionó a Perón una vez depuesto, no antes. En 1958 Arturo Frondizi echó a su vicepresidente, Alejandro Gómez, bajo la convicción de que conspiraba. En 2000, a Fernando de la Rúa se le fue el suyo de un portazo tan estremecedor que al año siguiente se desmoronó el gobierno entero. Cristina Kirchner montó su propio cisma de Occidente sobre el voto no positivo de Julio Cobos, cuya rebeldía se restringió a hacer uso del resorte constitucional de desempatar una votación en el Senado según su parecer.

Sí fue un golpe de estado palaciego en 1973 la caída de Héctor Cámpora dispuesta por Perón, sólo que Cámpora arrastró consigo (o acaso fue la mano de López Rega, para poder poner de sucesor a Raúl Lastiri, su yerno) al vicepresidente Vicente Solano Lima.

Es cierto que en 1962 José María Guido, presidente provisional del Senado, era vicepresidente de hecho y lo sucedió a Frondizi en medio de una gran confusión cuando éste fue derrocado y puesto preso en Martín García. Pero Guido no encaja con el perfil del lugarteniente conspirador. Fue un político opaco manipulado por sectores militares que hasta le hicieron firmar un acta secreta donde decía lo que tenía que hacer.

Es que la última vice, Cristina Kirchner, erigió un modelo contra natura, sin antecedentes, de improbable repetición, no sólo debido a su condición preliminar de expresidente sino a que como número dos procuró manejar el poder desde atrás sin tomarlo formalmente. Es decir, sin desplazar al número uno, a la sazón una criatura de su propio laboratorio. Ponía y sacaba ministros, regenteaba las principales cajas del Estado y administraba, entre otras cosas, las relaciones con Rusia y con China.

Parecería que ya no queda nada por inventarse. Lo curioso es que el modelo estándar de conspiración vicepresidencial, algo como lo ocurrido en Perú hace un año cuando la vicepresidente Dina Boluarte se quedó con el gobierno de Pedro Castillo acusado de dar un autogolpe, en la Argentina nunca sucedió. Pese a lo cual revolotea acá con insistencia el fantasma del vicepresidente golpista, exitoso, que vive al acecho y un buen día, está cantado, va y se queda con el Sillón de Rivadavia.

Ese fantasma, precisamente, acaba de madrugar quizás demasiado temprano en el gobierno de Milei, apalancado ahora por la fuerte consistencia ideológica y la determinación de la nueva vicepresidente, autora de un reseteo argumentativo del partido militar. Ella supo aprovechar mejor que nadie la grotesca partidización de los derechos humanos que hizo el kirchnerismo y reformular la visión prevaleciente del pasado violento, reponiendo el discurso videlista de que en la represión de la guerrilla sólo hubo “excesos”.

Lo novedoso, como puede inferirse del racconto histórico, no es la especulación conspirativa que apenas se tomó algún respiro delante de vicepresidentes dóciles como Gabriela Michetti. Lo novedoso es que las especulaciones ya no son un bisbiseo salido de las penumbras de la política. Sorpresivamente aparecieron jerarquizadas el domingo en el Financial Times, uno de los periódicos de negocios más influyentes del mundo. Victoria Villaruel “está lista para cualquier cosa”, dijo el periódico británico en un artículo firmado por Ciara Nugent, dedicado a ella en su totalidad, en el que se recomienda mirarla de cerca. “El estatus de Milei como un outsider político con pocos escaños en el Congreso plantea una posibilidad real de que no termine su mandato de cuatro años”, dice textualmente.

Lejos de enfadarse o de salir a aclarar que no conspira ni lo hará, Villarruel retuiteó el artículo luego de destacar los dos conceptos más incandescentes -pasibles de ser leídos con más de un sentido-: que está para cualquier cosa y que hay que observarla de cerca. La descripción que hace el Financial Times es bien precisa: “Como fundadora de una ONG y frecuente panelista de televisión Villarruel pasó las últimas dos décadas denunciando crímenes cometidos por grupos guerrilleros de izquierda a principios de la década de 1970, una campaña que sus opositores dicen que justifica implícitamente la violenta dictadura de derecha que tomó el poder en 1976″.

Luego da una opinión que no debió sonar agradable cuando la leyeron en la Casa Rosada: “es una política más pulida que Milei”. Tal vez podría añadirse que su oralidad es impecable, de singular claridad, virtud que la comparación dimensiona, lo que equivale a decir que el habla rica en latiguillos, lugares comunes y frases mal construidas del promedio de los políticos probablemente ayude a Villarruel a sobresalir.

El artículo informa a los hombres de negocios de todo el mundo que en la campaña Milei prometió que la vicepresidente supervisaría las áreas de seguridad y defensa y que después eso no ocurrió. Cabría agregar que ningún vicepresidente anterior recibió un golpe político tan fuerte en su asunción (sobre todo si se considera que sus ideas sobre seguridad y defensa no son las mismas que las de Patricia Bullrich y Luis Petri).

Mediante citas de especialistas y allegados la autora refuerza lo que todo el tiempo sugiere, que existen tensiones y diferencias entre Milei y Villarruel. “Ella tiene agenda propia”, dice uno de los consultados, frase que a esta altura no es nada difícil escuchar en los corrillos políticos de Buenos Aires. ¿Pero qué es tener agenda propia?

Como líder del Senado la vicepresidente ha mostrado más muñeca política de la que se le atribuía antes de su llegada al ring (balance del primer mes: le fue muy bien al conseguir con escasas fuerzas propias relegar al kirchnerismo en la elección de las autoridades de la cámara y las presidencias de las comisiones; está por verse si consigue sacar la primera ley, la boleta única de papel).

Ya fue dicho, el vicepresidente es una pieza de repuesto. Pero una cosa es el repuesto en reposo y otra, haciendo calentamiento. Sucede que el Senado tiene dos presidentes. El provisional hace de suplente, lo que le permite al vicepresidente de la Nación administrar su propio protagonismo, incluso su exposición pública. Algunos vices, como Isabel Perón, jamás presidían las sesiones de la cámara; Cristina Kirchner aparecía por el estrado cuando podía haber algún rédito político para ella, si bien no descuidaba el manejo político general, la estrategia.

Villarruel parece haber asumido todos los roles juntos, un esfuerzo importante porque además le toca liderar una cámara políticamente ajena. Pospuso para ello su condición de líder de la corriente militarista que la hizo famosa. ¿Por cuánto tiempo? Es la hora de la tejeduría política, arte en el que sorprendió casi tanto como cuando se la escuchó hablar en japonés con la embajadora de Japón.

Política no convencional -en eso sí se parece a Milei-, estará obligada, se ve, a convivir con interminables especulaciones sobre sus metas, algo que en principio no parece incomodarla. El artículo del Financial Times sólo marca el punto de largada y tal vez inaugura un lenguaje más descarnado sobre los juegos de poder.

© La Nación

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