miércoles, 13 de diciembre de 2023

La hermana

 Por Pablo Mendelevich

No todos recuerdan hasta qué punto Carlos Menem durante los diez años y medio de su gobierno fue asistido por su hermano Eduardo. La fuerte personalidad de aquel presidente que marcó los 90 seguramente ayudó a soslayar al otro Menem, quien entre otras cosas condujo la Convención Constituyente de la que salió la Constitución que hoy rige los destinos del país.

Cosas de la biología, el reparto de carisma de los hermanos Menem resultó tan desparejo como el de Fidel Castro y su hermano Raúl.

Comparación que allí empieza y allí termina, porque no sólo Cuba no es una democracia sino que Raúl lo sucedió a Fidel cuando éste murió, mientras que Carlos Menem no tuvo heredero político. Salvo que sea, con considerable delay, Javier Milei. Eso está por verse.

El tema viene a cuento de uno de los primeros decretos que firmó Milei después de asumir la presidencia, el que lleva el número 12/2023, gracias al cual le pudo tomar juramento pocos minutos después a la persona en quien más confía, la que lo guió en la carrera meteórica hacia la Casa Rosada, la que puso y sacó ministros después del balotaje, la que hace y deshace en el nuevo gobierno, llamada a ser, quién sabe en qué medida, el poder detrás del poder: su hermana Karina. Como mínimo, la gran confidente.

El domingo se la presentó a Volodimir Zelensky. Un Milei jovial le contó, como acá ya todos saben, que él la llama “the boss”. Si bien rió, el presidente de Ucrania no debió entender la doble capa del chiste, porque en inglés no existe el género gramatical. “El jefe” es una masculinización irreverente, no precisamente feminista, destinada a subrayar con mordacidad la férrea autoridad que ella tiene. Se mofa de paso de quienes usurparon la gramática coloquial con sus tediosos los y las como si con cada injerto forzado del femenino conquistaran un Palacio de Invierno.

Ya hubo, pues, un presidente con hermano fundamental en el gobierno (no como Perón, que designó a su hermano mayor Mario Avelino en el Zoológico), y eso no fue visto en aquella época como nepotismo, tal vez debido a la envergadura política de Eduardo Menem, quien incluso gobernó La Rioja antes que Carlos. Fue durante el gobierno del general Roberto Levingston, como interventor.

Un hijo de Eduardo Menem, Martín, quien en mayo salió tercero en las elecciones para gobernador de La Rioja, agrandó la lista de novedades inesperadas de esta extraña temporada política: es desde la semana pasada el presidente de la Cámara de Diputados. Si algo le faltaba a Milei para perfeccionar su manifiesto juego de espejos con el menemismo era gobernar con su hermana cerca. Aunque en este aspecto no se trata de estilos ni conceptos copiados, porque la fraternidad societaria de los Milei parece ser que les viene de la infancia. Estaría relacionada con los drásticos métodos de crianza que padecieron juntos.

El presidente coreografió el domingo la importancia de “El jefe” cuando decidió que ella fuera parada a su lado en el Mercedes Benz convertible desde la sede del Legislativo hasta la del Ejecutivo. Nadie había hecho ese trayecto ritual antes con una hermana. La mayoría de los presidentes prefirió a su esposa, pero igual que Yrigoyen, Milei es soltero. Y con buen tino quedó para otra oportunidad, si la hubiere, la posibilidad de hacerse acompañar en la jura por Fátima Florez, su novia desde hace cinco meses. En esta galería rica en simbolismos tal vez no debería faltar Arturo Frondizi, quien en 1958 tuvo que acomodar a Elena Faggionato en otro auto porque para el viaje en el famoso Cadillac (que entonces no estaba preso en un museo y andaba bien) las Fuerzas Armadas le pusieron “jefes” de verdad: uno el del Ejército y otro de la Fuerza Aérea.

Frondizi también sirve para recordar que en el mundo político los hermanos no siempre van juntos. Con Risieri Frondizi, rector de la Universidad de Buenos Aires, aquel presidente peleó públicamente la batalla “laica o libre”, uno de los debates fundamentales de los 60. Silvio, otro de sus hermanos, era marxista. Fue asesinado por la Triple A durante el gobierno de Isabel Perón.

Al igual que Eduardo Menem, Karina Milei luce más cerebral, más estratega, más fría, más moderada que su hermano el presidente. Sólo que ella juró como secretaria general de la Presidencia y Eduardo Menem nunca desempeñó un cargo en el Poder Ejecutivo. Fue el presidente provisional del Senado durante los diez años y medio. Siempre estuvo tercero en la línea sucesoria. Incluso durante un par de años, cuando Eduardo Duhalde renunció a la vicepresidencia para ser gobernador bonaerense, el senador Menem (senador 22 años consecutivos, marca inigualable) funcionó como vicepresidente de hecho. En 1994, está dicho, el presidente Menem le confió la tarea de conducir la reforma constitucional.

Nadie se sobresaltó en los 90 por el hecho de que, como sucedía en la dictadura cubana, en la Argentina el uno y el dos eran hermanos. La cultura peronista, es cierto, había ablandado el terreno al elevar a una primera dama a jefa espiritual de la Nación, el cargo celestial inventado para Evita. En 1973 la fórmula Perón-Perón (terceras nupcias del general) inauguró la república matrimonial, que sería puesta en valor en el siglo XXI con la sucesión cuasimonárquica de los Kirchner, quienes tenían pensado alternarse en el poder. ¿Por qué entonces existía un decreto antinepotismo que les impedía a los hermanos Milei trabajar juntos en la Casa Rosada?

Porque una cosa es la legitimación producida por el sufragio popular -aunque la idoneidad para ocupar un cargo no esté verificada, como en el caso de Isabel Perón- y otra el burdo acomodo. En el medio, quizás, navegan las designaciones de parientes idóneos y de la mayor confianza que un gobernante pudiera necesitar hacer.

La prohibición viene de lo ocurrido en 2018 con Jorge Triaca, el ministro de Trabajo que tenía una empleada en negro, encima nombrada por él en un sindicato intervenido. El despido de esa empleada, que se ventiló con cierto escándalo, dejó saber que en el gobierno no había un Triaca, había varios, incluida la esposa del original. Macri dictó entonces el decreto purificador, que en los hechos tampoco desmalezó el nepotismo en todos los rincones del Estado, pero lo atemperó.

Nepotismo es una palabra de raíz italiana. Viene de nepote, que significa sobrino. Hace unos cuantos siglos los papas tenían la costumbre de nombrar a sus sobrinos con cargos en el Vaticano o como secretarios privados. Algunos casos fueron insólitos, como el de Sixto V (1521-1590) que nombró cardenal a un sobrino de 15 años de edad.

Por otro lado, desde tiempos inmemoriales las monarquías hereditarias se organizaron en base a la sangre de una sola familia, ya que en ellas el trono pasa a la descendencia y si no la hay se recurre a un hermano, hermana, sobrino, sobrina, primo o lo que se hallara. Método que aportó gran estabilidad y previsibilidad institucional, salvo en aquellos casos en los que para completar o acelerar el trámite sucesorio fue necesario recurrir a homicidios palaciegos y guerras fratricidas.

En la Argentina los más altos niveles de nepotismo perduran en las provincias. Hace apenas diez días el premio mayor de Fopea a la mejor nota de investigación periodística le fue conferido a Ruido, una red de profesionales que halló 146 familiares de gobernadores, vices e intendentes en puestos provinciales. El récord le correspondió Gerardo Morales, gobernador de Jujuy, quien designó a 25 parientes. El más acalorado denunciante del nepotismo jujeño fue Milei, quien halló en Morales al arquetipo perfecto de “la casta”.

Como se ve, no es un tema fácil de legislar. ¿Es por cantidad de parientes? ¿Por su calidad? El nuevo decreto habla de “limitar la prohibición” y apela al concepto de ideoneidad que reclama la Constitución para ejercer cargos, rescatando la potestad del presidente de la Nación. Por supuesto que a la luz de los hechos, con la ostensible importancia que tiene Karina Milei (y además de todo, el papel apaciguador que se le atribuye en la asistencia de su hermano), habría sido absurdo que el presidente no hubiera podido darle un cargo en su gabinete.

Cuando le tomó el juramento, Milei no pudo evitar que se le cortara la voz ni el lapsus de decir “desempañar” en vez de desempeñar. La hermana que desempaña, material para lacanianos.

© La Nación

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