lunes, 24 de abril de 2023

La última resignación de Alberto Fernández y la gobernabilidad que nos queda

 Por Marcos Novaro

El ocaso definitivo del Presidente, paradójicamente, aumenta las chances de que “su” gobierno llegue a puerto, aunque sea para entregar una situación calamitosa a su sucesor. 

Será el 10 de diciembre, y el todavía mandatario querrá festejarlo como un triunfo suyo y de la democracia, pero su rol será, de aquí a entonces, deprimente.

El albertismo era, hasta que su inspirador renunció a postularse a la reelección, ya poco más que una fábrica de ruido, un factor de desorden en una gestión que tiene, en verdad desde mediados del año pasado, solo dos patas en que sostenerse, ninguna de ellas demasiado sólidas: los dos socios del Frente de Todos con todavía algún poder de decisión y recurso de gobernabilidad, Cristina Kirchner y Sergio Massa.

A partir de ahora Alberto y su gente no serán ni eso, estarán abiertamente de adorno, y no es en principio una mala noticia, viendo para qué usaron su poder residual, su declinante capacidad de incidir en estos últimos meses.

Básicamente, la usaron para complicarle la vida a los demás, empiojar la interna e insistir en que se les reconocieran méritos que solo ellos perciben.

El episodio que mejor reflejó esta triste función residual, y que peor resultado arrojó para todos, tanto en el gobierno como en la sociedad, fue la aventura de Antonio Aracre: un personaje insólito, irresponsable a más no poder, que el presidente designó en un lugar crítico en el peor momento imaginable; y que quiso aprovechar la oportunidad que se le brindó de tener un protagonismo inmerecido, sin experiencia alguna, para pescar en rio revuelto, convertirse en ministro en reemplazo de Massa, en salvador de la gestión; animado vaya a saber por qué otras fantasías delirantes, de una mente evidentemente inclinada a las más afiebradas ensoñaciones.

Aracre fue, en suma, albertismo en estado puro, un exponente muy representativo de esta época. Amateur, propenso al autobombo, irresponsable, fabulador y fracasado.

No está mal que los gobiernos tengan un plan B preparado en alguna oficina, por si la gestión se le complica al equipo que está en funciones. Lo que está pésimo es que un presidente deje que sus colaboradores anden fantaseando con ser ese plan B, ventilándolo en la prensa y ante sus pares, y horadando las chances de supervivencia del plan A, y lo hagan encima al filo del abismo, cuando cualquier dosis extra de desconfianza puede hacer que todo vuele por los aires.

Exactamente en esto consistió, en pocas palabras, el último aporte del albertismo a la política argentina, completando una saga que no ha tenido realmente ninguna nota disonante. Siempre que las decisiones de gobierno dependieron de él, actuó más o menos de esta forma, haciendo muy mal lo poco sensato que se le ocurrió, y con todas las mañas imaginables lo mucho malo que se le pasó por la cabeza. Un experimento que no podía terminar bien, en suma, pero se esmeró él mismo en que confirmara los peores pronósticos imaginables.

Al menos esa parte de esta historia ya terminó y no deja de ser un alivio. Hasta para el propio presidente. El día antes de anunciar su desestimiento, lo dijo con todas las letras: “Estos años han sido tan horrorosos para mí como para todos ustedes”, afirmó, aunque claro, le echó la culpa a la mala suerte, al covid, la guerra, la sequía, y a Macri.

Con el propio presidente dedicado a escribir su epitafio en este tono tan deprimente como banal, es más que conveniente que la gestión pase lo menos posible por sus manos. Y aunque él prometió en estos días que hará lo contrario: “Ahora sí me voy a concentrar en los problemas de gobierno”, sostuvo, lo cierto es que nadie va a tomar en serio semejante tontería.

¿Qué harán los funcionarios que no son fervientes kirchneristas? Seguramente buscar cobijo alrededor de Massa. ¿Y qué hará Massa? Su mujer ya lo adelantó, en medio de la crisis con Aracre: hacer valer del modo más extorsivo y amenazador posible su capacidad de daño sobre los demás. “Miren que si Sergio se cansa se va, y es el fin”, afirmó Malena Galmarini. Un mensaje brutal dirigido a Alberto, pero también a Cristina. Y que deja en claro que del entendimiento entre ella y el ministro de Economía depende, en esencia, que este barco tenga todavía alguna chance de mantenerse a flote, y que ese acuerdo no está nada claro, hay que ver cómo se redefine y logra perdurar.

Tienen solo unos días para negociar, y unos pocos meses por delante para aplicarlo, pero serán meses interminables, con tres etapas de dificultad creciente: de acá a las PASO, a mediados de agosto; de las PASO a las generales en octubre, en que todo lo que sufrimos hoy se va a agravar; y de las generales a la transmisión del mando, en que las cosas podrían mejorar un poco si las autoridades electas logran cooperar con las salientes para calmar las aguas, pero también puede suceder que eso no se logre, y todo empeore.

Massa y Cristina tienen que ver cómo enfrentarán cada una de estas etapas. Una estrategia en la que la fórmula electoral y el rumbo económico tengan mínima consistencia entre sí, y mínima viabilidad. Y lo cierto es que en ninguno de los dos terrenos tienen muchas opciones, y ninguna de las que tienen es buena, todas suponen más costos y riesgos que ventajas y beneficios.

Por un lado, está la cuestión de la candidatura. Pese a la decepción que Cristina debe estar experimentando tras la promesa incumplida de Sergio de tener a esta altura una inflación mensual menor a 4%, y el golpe en las encuestas que eso implicó para la figura del ministro, la verdad que ella tampoco logró gestar una opción mejor: ni Scioli, ni De Pedro, ni Grabois ni ninguno de los otros aspirantes que la rodean logran siquiera acercarse a la intención de voto que todavía ostenta Massa. El problema es que de continuar la declinación que este viene experimentando desde enero, dentro de unos meses tal vez sí esté a la par que aquellos otros. ¿Cristina seguirá esperando? ¿Hasta cuándo? ¿Revería, llegado el caso, su decisión de no competir ella misma? Muy difícil esto último porque los motivos que en diciembre pasado la llevaron a desistir, hoy son más contundentes: la economía es un desastre más evidente y las encuestas pronostican ya una paliza histórica.

Mientras deshoja esa margarita, pretende negociar con Massa un giro más populista de la gestión económica, que incluya más incumplimientos con el Fondo, más gasto, un eventual plan platita, por tanto más déficit, más cepo y más brecha entre las distintas cotizaciones del dólar, es decir, tal vez no más inflación en lo inmediato, de acá a las PASO, pero seguro mucha más desde agosto en adelante.

Tiene mucha lógica que la vicepresidenta y los suyos presionen al ministro en esta dirección, porque es indiscutible que él se equivocó, falló en sus pronósticos, y prometió lo que no podía cumplir, más o menos lo mismo que le pasó a Martín Guzmán y sabemos cómo terminó esa historia.

Ahora es tarde para lamentarse de lo que no se hizo. Ya no pueden devaluar lo que tal vez hubiera sido una salida más razonable un año atrás. Lo que todavía están en condiciones de hacer es ampliar los incumplimientos con el Fondo, para evitar que la recesión se agrave en lo inmediato, y seguir sumando deuda en pesos, más toda la que puedan rascar en dólares de organismos internacionales, incluido el propio Fondo, que es de los pocos que todavía nos presta. El problema es que al gobierno no le faltan ni 2 ni 3 mil millones, sino la friolera de 10.000 millones de dólares. Es una suma inalcanzable, que ha convencido a los economistas, hasta a los más prudentes, de que será muy difícil evitar un empeoramiento serio de la recesión y de la inflación que ya soportamos en lo que resta del año.

Será cuestión de rezar entonces, para que, aun así, encuentren la forma de sobrevivir, no porque se merezcan un final menos penoso, sino simplemente porque en el barco que conducen vamos todos nosotros.

© TN

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