miércoles, 1 de marzo de 2023

De moderado a energúmeno en 120 minutos

 Por Andrés Malamud (*)

Escenografía norteamericana, reivindicación de la moderación y ejercicio de la grieta: Alberto Fernández quiso imitar a Obama, diferenciarse de Cristina y antagonizar con Macri y el Poder Judicial. Logró todos sus objetivos: imitador, diferenciado y antagonista, el Presidente exaltó su mandato y parece aspirar a otro. Abajo, en el recinto, legisladores amigos cantaban “Alberto reelección”; afuera, en la plaza, el pueblo estaba ausente.

La escenografía replicó los famosos SOTU, sigla del discurso sobre el estado de la nación que los presidentes estadounidenses profieren cada año en el congreso. Suelen incluir historias de vida con invitados de carne y hueso que personalizan alguna política pública que el Presidente elige destacar, brindándole humanidad y emoción a un acto institucional. Durán Barba habría estado orgulloso.

Desde el principio, Alberto le endilgó tres sopapos a la vicepresidenta. Primero, la desafió ensalzando su condición de moderado, algo que ella desprecia. Segundo, destacó su honestidad (la de él) remarcando que no tenía denuncias por enriquecimiento, algo que ella practica. Tercero, reivindicó el Nunca Más y la película “Argentina, 1985″ para hablar de derechos humanos, algo de lo que ella gusta apropiarse. Alberto, en cambio, prefiere apropiarse de Alfonsín, a quien emula en las palabras y rehúsa en los hechos. A Cristina la compensó repudiando la tentativa de asesinarla y criticando el proceso judicial que la condenó por corrupción.

Después de una imaginativa enunciación de éxitos, el Presidente salió de Disneylandia y se subió al ring. Sus blancos fueron el gobierno anterior y la Justicia. A su antecesor lo culpó por los desaguisados económicos, pero también donde le duele más: el espionaje con fines políticos y la tentativa de nombrar dos jueces por decreto. Casualmente eran los que estaban ahí sentados, listos para ser humillados por el cerco mediático de la televisión pública. A ellos, despreciando sutilezas, el Presidente les endosó la responsabilidad por la violencia narco en Santa Fe. Esta se debería a la falta de jueces, provocada porque “la Corte tomó por asalto el Consejo de la Magistratura”. Así, de un solo golpe, transformó a sus señorías en asaltantes y asesinos. Nayib Bukele lo llamaría un buen comienzo.

La política exterior tuvo un capítulo destacado en la apología de Lula. Al pegarse a su amigo brasileño, Alberto deja pagando a Cristina y a los partidos opositores que también lo reivindican. Pero también deja atrás a su examigo, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, a quien sustituyó por uno que le queda más cerca y que no le cortó el rostro. Mencionando a Evo Morales pero no al actual presidente Luis Arce, Alberto expresó su solidaridad por el pueblo venezolano sin mencionar a Maduro. Reconociendo que Rusia invadió a Ucrania, evitó recordar la semana previa a la invasión en que se ofreció ante Vladimir Putin como su orificio de entrada en América Latina.

Las Malvinas estuvieron omnipresentes, no porque hubiera una estrategia de recuperación sino como reivindicación simbólica y recurso emotivo. La Ciudad de Buenos Aires también estuvo, en lo que puede ser considerado el elemento más astuto del discurso. En un país que precia la belleza de su capital tanto como abomina la arrogancia de sus pobladores, lo único más impopular que el gobierno son los porteños. Para el peronismo, que pelea el primer puesto en todas las provincias, pero se acostumbró a salir tercero en la CABA, hacer antiporteñismo es pura ganancia.

El Presidente no negó los problemas. Reconoció, por ejemplo, estar preocupado por la inflación. No ocupado, entiéndase: su elogio al ministro de economía excluyó cualquier anuncio de medidas para bajarla. El discurso se centró en los putativos éxitos de los últimos tres años, no en las efectividades conducentes del que le falta. Es difícil imaginar un escenario en el que, después de tantos triunfos, evite recandidatearse.

Abramos un paréntesis para el fragmento más importante, y que pasó inadvertido detrás de los fuegos artificiales. El Presidente afirmó como objetivos irrenunciables el equilibrio fiscal y el aumento de las exportaciones. Estas son, quizás, las dos políticas más importantes que definirán el futuro del país, y en esto habría acuerdo con la oposición… aunque no con Cristina. La grieta es un gran instrumento para ordenar la política y arruinar la economía.

El politólogo Javier Cachés observó en Twitter que la presidencia de Fernández se caracterizó por “la ausencia de iniciativa política, de medidas-sorpresa, de anuncios que cambien el juego”. Como si el recuerdo ingrato de Vicentín lo hubiera anestesiado, agrega. Esto lo distingue de Alfonsín, de Menem, de Kirchner y de Cristina, de quienes fue funcionario, pero también de Macri. Con una retórica progresista y un ejercicio burocrático del poder, Alberto está consiguiendo lo que nadie hubiera creído: incomodar tanto a Macri como a Cristina y mantener, aún así, una expectativa verosímil de volver a presentarse. La Argentina es un país generoso.

(*) Politólogo e investigador en la Universidad de Lisboa

© La Nación

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