domingo, 18 de septiembre de 2022

«Nunca más» / El día que el fiscal Strassera cerró su alegato en el juicio a las juntas con una frase histórica

 Los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo, durante el histórico Juicio
a las Juntas Militares, en 1985.

Por Daniel Cecchini

Por estos días es noticia que “Argentina, 1985″, la película dirigida por Santiago Mitre y protagonizada por Ricardo Darín y Peter Lanzani no será estrenada en las grandes cadenas de cine del país.

El filme, que fue proyectado con muy buena repercusión en el Festival de Venecia, solo podrá verse en salas más pequeñas o independientes por un desacuerdo entre las cadenas con Amazon Prime Video respecto al tiempo de proyección en la pantalla grande antes del estreno en la plataforma on demand.

Argentina, 1985″ está basada en el histórico Juicio a las Juntas, cuando se determinaron las responsabilidades de los nueve jefes militares que lideraron la última dictadura militar en los crímenes de lesa humanidad cometidos en el marco del plan sistemático de represión ilegal.

La acción se centra en dos protagonistas clave del proceso judicial promovido por el gobierno de Raúl Alfonsín, el fiscal Julio César Strassera, encarnado por Darín, y su adjunto, Luis Moreno Ocampo, papel para el que fue elegido Peter Lanzani.

 Ricardo Darín y Peter Lanzani encarnaron a los fiscales Strassera y Moreno 
Ocampo para la película "Argentina, 1985"

Precisamente hoy se cumplen 37 años de uno de los momentos culminantes de aquel juicio, la última jornada del alegato de la fiscalía, cuando el fiscal Strassera cerró su discurso acusatorio con una frase que marcó un hito en la historia argentina reciente:

“Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘Nunca más’”.

Un proceso estremecedor

El juicio había empezado el 22 de abril y durante cuatro meses y medio se habían escuchado en la Sala de Audiencias del Palacio de Justicia de la Nación – y leído en los medios de comunicación – centenares de testimonios de sobrevivientes y familiares y familiares de desaparecidos.

En el banquillo estaban sentados los comandantes de las tres primeras juntas: Jorge Rafael Videla, Eduardo Emilio Massera, Orlando Ramón Agosti, Roberto Eduardo Viola, Omar Graffigna, Armando Lambruschini, Leopoldo Fortunato Galtieri, Basilio Lami Dozo y Jorge Anaya.

El proceso lo llevaba adelante un tribunal ordinario – se había descartado crear uno especial, a la manera de los juicios de Nüremberg -, la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital, integrada por los jueces Jorge Torlasco, Ricardo Gil Lavedra, León Carlos Arslanián, Jorge Valerga Araoz, Guillermo Ledesma y Andrés J. D’Alessio, que rotaban semana a semana en la presidencia del tribunal.

En el desarrollo de la parte testimonial se escuchó a 833 testigos: 546 hombre y 287 mujeres, de los cuales 64 habían sido o eran militares, 15 periodistas, 13 sacerdotes y 12 extranjeros. Durante esos días, los testimonios de los sobrevivientes de la represión ilegal hicieron conocer por primera vez a muchos argentinos – y al mundo entero – la magnitud del infierno montado por la dictadura con sus centros clandestinos distribuidos por todo el país.

El horror de Borges

Entre el público de una de esas audiencias, la del 22 de julio, hubo un Jorge Luis Borges que, con 85 años a cuestas y sin ver casi nada, salió horrorizado luego de escuchar el testimonio del sobreviviente Víctor Basterra, el hombre que había logrado sacar de la Escuela de Mecánica de la Armada copias de las fotos que le habían obligado a tomar, de militares para hacerles documentos falsos y de otros detenidos desaparecidos.

Jorge Luis Borges había asistido a la audiencia del 22 de julio y a sus 85 años había salido horrorizado tras escuchar al sobreviviente, Víctor Basterra

Días después escribió para la agencia española EFE: “He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico (pero el hombre) hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz.”

Un alegato magistral

Se llegó así a la etapa de los alegatos. El de la fiscalía, para cuya lectura se fueron turnando Strassera y Moreno Ocampo, comenzó el 11 de septiembre y por primera vez todos los acusados debieron estar juntos en el tribunal, para escucharlo.

Strassera comenzó a hablar poco después de las tres de la tarde, una vez que hubo ordenado sus papeles y tras acomodarse los anteojos de marco grueso que utilizaba para leer. Su voz sonó firme cuando dijo:

“La comunidad argentina en particular, pero también la conciencia jurídica universal, me han encomendado la augusta misión de presentarme ante ustedes para reclamar justicia (…) “Pero no estoy solo en esta empresa. Me acompañan en el reclamo más de nueve mil desaparecidos que han dejado, a través de las voces de aquellos que tuvieron la suerte de volver de las sombras, su mudo pero no por ello menos elocuente testimonio acusador”.

Con el número de “más de nueve mil” se refería solo a los casos recogidos por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) y no a la totalidad de desapariciones forzosas perpetradas por la dictadura.

Además, Strassera señalaba dos cuestiones centrales: la excepcionalidad de lo que se estaba juzgando y la magnitud de las violaciones de los Derechos Humanos cometidas en el marco del plan sistemático de represión ilegal perpetrado por la dictadura. Y no solo eso: calificaba a los delitos de genocidio, una caracterización que – aunque en ese momento no se supiera - abriría un camino judicial y sería decisiva en el futuro.

La pluma de Somigliana

A medida que avanzaba el alegato quedó en evidencia la cuidada, y por momentos brillante, redacción del texto.

Al periodista y hoy abogado de Derechos Humanos Pablo Llonto, que siguió de cerca todas las jornadas del proceso y las volcó después en su libro “El juicio que no se vio” fue uno de los sorprendidos: “La excelente redacción del alegato llamó la atención enseguida. Por dos razones: no se conocían hasta entonces piezas destacables ni de Strassera ni de Moreno Ocampo y, además, el Código de Justicia Militar aplicable al procedimiento hablaba de alegatos orales, con la sola excepción de un papel de apuntes para consultar; por lo tanto, la experiencia en textos ‘bien hablados’ era escasa”, escribió.

La excelente redacción del alegato de la fiscalía fue atribuida a la colaboración silenciosa del dramaturgo Carlos Somigliana, que trabajaba allí

Las miradas de quienes conocían más íntimamente el funcionamiento del equipo de la Fiscalía se volcaron entonces hacia el dramaturgo Carlos Somigliana, que trabajaba allí. “Seguramente en algunos tramos de la acusación fiscal que verbalizaron Strassera y Moreno Ocampo los textos no hubiesen tenido tanto brillo de no ser por la colaboración silenciosa y desinteresada del autor de “Oficial primero”, obra estrenada en 1982 en el ciclo Teatro Abierto”, destacó Llonto.

Frases como ésta: “Buscamos la paz basada en la violencia y exterminio de nuestros adversarios y fracasamos; buscamos la paz basada en el olvido y fracasamos; ésta es nuestra oportunidad de buscarla fundándonos en la memoria, no en el olvido, y en la justicia, no en la violencia”, pronunciada de manera vibrante por Strassera en los tramos finales del alegato.

“Nunca Más”

Durante los días en que se desarrolló el alegato corrieron rumores de atentados o de amenazas. “Los fuertes contenidos acusatorios y la repercusión mundial que en ese momento tenían, despertaron inquietudes en la prensa. Algunos medios, sin mencionar fuentes, hablaban de ‘molestias severas en los cuarteles’. Pero ni uno ni lo otro sucedió, más allá de los habituales llamados, cartas o notas que llegaban a las oficinas de Strassera (…) Sin embargo, muchas veces lo vimos salir solitario de Tribunales y caminar por la zona, recibiendo el saludo y la admiración de mucha gente. Para el tiempo de los alegatos su figura era tan conocida como la de Alfonsín”, recordó Llonto.

Los matutinos del miércoles 18 de septiembre anticipaban un título en sus portadas. “El fiscal pedirá prisión perpetua para 5 excomandantes”, titulaba el de mayor circulación de la época, y ampliaba: “Son ellos Videla, Massera, Agosti, Lambruschini y Viola”.

Una encuesta había revelado que la realización del proceso judicial contra los ex comandantes de las tres primeras juntas de la dictadura tenía el 85 % de adhesión de los consultados

Otras noticias del día eran la presencia de un extraño objeto volador en el cielo de Buenos Aires, que había conmocionado a los porteños, y la orden judicial de liberar a Federico Pippo, acusado de asesinar a su esposa, la profesora de inglés Oriel Briant, en uno de los crímenes que marcó época.

Pero el juicio, y en especial el final de los alegatos, estaban en el centro de atención de la mayoría de la sociedad. Por esos días, una encuesta reveló que la realización del proceso judicial contra los excomandantes de las tres primeras juntas de la dictadura tenía el 85% de adhesión entre los consultados.

La sala del tribunal estaba colmada cuando a la tarde, con todos los acusados presentes por decisión de los jueces, el fiscal Julio César Strassera pidió las penas que ya habían sido anticipadas por los diarios de la mañana y el dio la puntada final a un alegato tan preciso como conmovedor.

Las dos palabras con que lo terminó no le pertenecían a él sino a la Conadep, pero que las pronunciara allí les dio un peso que aún hoy siguen teniendo, porque marcaron un antes y un después en la historia del país: “Nunca más”.

Cuando terminó de decirlas, la sala arrancó un aplauso cerrado que pareció no querer acabarse y desde las bandejas también llovieron vivas a los fiscales e insultos a los genocidas que empezaban a retirarse.

Varios periodistas vieron a Viola levantar la cabeza hacia las bandejas y mover los labios para decir algo que fue posible leer: “Hijos de puta”.

© Infobae

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