sábado, 25 de junio de 2022

El nuevo otoño de la matriarca


Por Sergio Suppo

Han vuelto a marchitarse aquellas ilusiones de eternidad renacidas luego de comprobar que el macrismo había sido una experiencia fallida. Cristina ve llegar los signos de un ocaso probable y no logra controlar la incomodidad que le provoca ser tan falible como el resto de los humanos. Patalea, en eso está, contra el fatal designio de la realidad y el tiempo.

Ya no le alcanza con una mirada fulminante. Tampoco es suficiente para ordenar la realidad un discurso intenso como el que pronunció el último lunes. Es un consuelo insuficiente que sus palabras sigan llamando mucho la atención y marquen la agenda de los días posteriores. Cristina ha ido perdiendo la capacidad de cambiar las cosas; empieza a ser más una influencer que la jefa que provoca hechos con una frase.

El pasado convertido en expedientes judiciales, procesamientos y juicios orales vuelven a sacudirle el presente. El fracaso de la gestión que integra y que inventó como recurso para volver a gobernar –mal que le pese–, con la consecuente posibilidad de no poder extenderlo a otro mandato, le quita lo que ella siempre consideró el arma más poderosa para defenderse: el ejercicio del poder.

Desde que se fue del mando buscó recuperarlo convencida de que no hay mejor refugio que él en un país despiadado con los líderes caídos en desgracia. Son apenas excepciones los presidentes que pudieron irse a sus casas sin otra cosa que el cansancio propio del ajetreo del cargo.

Ya pasó por ese lugar. Ahora teme que sea mucho peor. Las acusaciones ya se convirtieron en juicios. Sus viejas recetas económicas y la mediocridad de la gestión de Alberto Fernández vuelven a producir una fuga de votantes y de dirigentes.

Aficionada a la lectura del pasado en beneficio propio, Cristina conoce con detalle las historias argentinas que relatan dos siglos de exilios, cárceles y condenas. Apenas la muerte salvó a su esposo, el fundador del clan, de un destino judicial similar al que ella padece como una maldición pronunciada por un coro de conspiradores.

La fórmula que eligió para su propia tranquilidad fracasó sin mucha posibilidad de ser corregida. Cristina cree que los votos que conducen al poder son el único juicio posible al que puede ser sometida. En esa distorsión anida la convicción que suele exponer en sus caudalosos mensajes sobre que la Justicia no es un poder independiente, tal como quedó planteado en los principios republicanos nacidos en las revoluciones de Francia y Estados Unidos, a fines del siglo XVIII.

Ganar las elecciones y volver a tener el gobierno –aun en forma indirecta, desde la vicepresidencia– era una condición ineludible para zafar de las graves causas judiciales. Ese fue y sigue siendo el motivo principal de su enojo con Alberto Fernández, quien no supo ni pudo ayudarla a voltear todos los cargos en su contra y en contra de sus hijos.

Molesta hasta la ira, Cristina acaba de iniciar un repliegue sobre los suyos. Aunque su retirada del Gobierno no incluye su apartamiento de las frondosas cajas del Estado, ya no le hace falta decir nada más: está claro que Alberto Fernández no la representa y que los colaboradores y beneficiarios del Presidente son ahora sus enemigos.

En su insistente intento de ponerse lejos, la vicepresidenta no mide en gastos. El Día de la Bandera enumeró disparates económicos que le fueron refutados con ironía desde los costados menos relevantes del peronismo. ¿No aprendió otra cosa que el pintoresco libreto de agrupación estudiantil con el que Axel Kicillof y ella chocaron la economía antes de Macri?

En su embestida contra los movimientos sociales y su denuncia del negocio de la intermediación de los planes de ayuda describió, sin dudas, el presente que beneficia a los amigos de Alberto. Pero también abrió una inevitable evocación de cómo y a qué elevado costo para el país ella y su marido presidente cooptaron a aquellos dirigentes piqueteros que hoy siguen viviendo de la desesperación de los pobres.

Un futuro sin causas que la apremien en el que ella oriente la herencia política hacia su hijo (la monetaria ya fue anticipada) ha sido postergado sin plazo. Cristina estará obligada en el próximo año y medio a tratar de salvar lo que pueda del caudal político con el que construyó su triunfo y el de Alberto. Y, peor, a lidiar en desventaja en los tribunales.

El fallo de la Corte, el martes pasado, confirmó lo que ya sabía. El máximo tribunal se unió ante sus agresiones y amenazas una vez que los cuatro ministros entendieron que su supervivencia en el cargo dependía más de ellos mismos que de ningún favor político.

El atajo que busca en la Corte fue interrumpido y ahora, otra vez, ante el declive del Gobierno y la hipótesis de un cambio político, la vicepresidenta vuelve a estar expuesta al rigor de fiscales que enarbolan pruebas y jueces que no tienen temor a juzgarla.

La vicepresidenta no se concentrará solo en sus fanáticos. Intentará que no se vuelva a desmigajar el peronismo y tratará de convencer a sus dirigentes de que sin ella tendrán menos votos y menos poder.

No es la misma situación de 2019 y es por eso que muchos gobernadores ya empezaron a alambrar sus distritos con el recurso de anticipar sus elecciones de los comicios presidenciales. Los gremios, por su parte, empezaron a dar señales de cierta independencia y se preparan para volver a las calles a protestar en defensa de sus propios intereses, cada vez más despegados de las necesidades de los sectores en pugna dentro del oficialismo.

Cristina buscará fueros parlamentarios en las elecciones del año que viene y retener la jefatura de la oposición para sentarse a esperar a que, otra vez, vuelva a fracasar un gobierno no peronista.

Mientras, en medio de estas horas que presagian lo peor para ella, vuelve a viborear una alternativa que la salvaría, pero la dejaría fuera de carrera para siempre. De un indulto mejor no hablar. Por ahora.

© La Nación

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