sábado, 25 de junio de 2022

El hombre que se burlaba de sí mismo

 Por Arturo Pérez-Reverte

No era guapo ni apuesto, y tenía el rostro tan devastado como un paisaje lunar. Tampoco se creía los personajes que interpretaba en la pantalla, siempre en películas cutres, o sea, de escaso presupuesto; de las que ahora llamamos serie B. Lo vi muchas veces en el cine, de jovencito, en aquellos tiempos felices de programa doble en los que uno se lo tragaba todo. Me era simpático ese fulano que daba puñetazos sonriendo y siempre parecía burlarse de su propio personaje. Y ahora, con el tiempo, comprendo por qué. Eran películas tan malas que eso mismo acabó convirtiéndolas en obras de arte.

Sólo recuerdo haberlo pasado tan bien viendo las pelis mexicanas del luchador Santo, el Enmascarado de Plata. O con aquella obra maestra de lo cutre –Charros contra gángsters, creo recordar que se llamaba– en la que una banda de mariachis vestidos como tales se enfrentaba a otra banda estilo Chicago, y se mataban con ametralladoras mientras por las calles caminaban transeúntes y circulaban los automóviles con toda normalidad, y al apoyarse en una pared ésta se movía porque era un decorado de cartón.

En las películas de Eddie Constantine no se llegaba a tanto, pero casi. Encarnaba a tipos duros, agentes secretos y detectives de novela negra, y para mí su imagen está vinculada en especial a uno de ellos, el agente del FBI Lemmy Caution, basado en las novelas de Peter Cheyney. El amigo Constantine –si no lo conocen, busquen su imagen en internet y vean la cara que tenía– encarnó a Lemmy Caution en varias películas. Todas eran infames; pero una de ellas, Lemmy contra Alphaville, fue dirigida por Jean-Luc Godard. Como narración cinematográfica, la de Godard es un coñazo futurista insufrible; pero tiene virtudes que la convirtieron en obra de culto de su época, con un éxito extraordinario y una notable influencia posterior, hasta el punto de que pueden rastrearse sus huellas incluso en la magnífica Blade Runner, de Ridley Scott. 

De cualquier modo, dejando aparte Alphaville, las otras películas en las que Eddie Constantine encarnó a Lemmy Caution son, como digo, deliciosamente malas. No es ya que rocen el disparate, sino que incurren gozosamente en él. Y el puntito reside justo en eso, porque no se trata de parodias tipo Superagente 86 de un género que entonces apenas existía –en realidad, los cinematográficos James Bond, OSS 117, Harry Palmer, Derek Flint y Matt Helm, entre otros, se inspiraron en cierto modo en él–, sino de películas rodadas en serio, interpretadas en serio, pero en las que todo el rato intuimos al protagonista, que nunca deja de ser Lemmy Constantine o Eddie Caution, choteándose de sí mismo mientras actúa casi guiñándole un ojo al espectador. Es como una precuela de parodia antes de que se produjeran las parodias, o la exposición de un personaje que en su propia esencia lleva un mentís sobre sí mismo: una suerte de no os creáis lo que estáis viendo, y disfrutad con ello. Por eso, cómplice, se lo perdonas todo: que sonría mientras da y recibe puñetazos, que se comporte como un canalla, que se emborrache con chulería o que en casi todas las películas abofetee a una mujer, o a más de una, tras decirles como respuesta a si tiene fuego para encenderles el cigarrillo: «He viajado nueve mil kilómetros para dártelo». 

Tengo casi todas las novelas de Lemmy Caution, heredadas de la biblioteca de una abuela que era lectora voraz de esa literatura policíaca que ahora a los cursis les ha dado por llamar noir. A veces las releo, disfrutándolas como si fuese la primera vez, y suelo combinar su lectura con alguna de las películas. Lamentablemente las tengo casi todas en francés, pues creo que, salvo Alphaville, ninguna de las otras se encuentran con facilidad dobladas o subtituladas. Sé que en YouTube puede verse Pasaporte falso doblada al italiano (Lemmy pour les dames), y en Netflix Agente federal en Roma (Vous pigez?) e Incógnito, subtituladas en español. Quizá buscando mejor se encuentren más. El caso es que, aunque sólo sea por ver su careto, recomiendo a quien no lo conozca que eche un vistazo a alguno de los fascinantes disparates que Eddie Constantine rodó encarnando a Lemmy Caution. Al menos una vez, si pueden, óiganlo decir, con su gesto de tipo duro marcado por cicatrices, serio pero con un brillo de guasa incrédula en los ojos, cosas como «Siempre es así, nunca entiendes nada. Y una noche, mueres sin entender nada». O aquella otra frase, mi favorita de él, que sólo se disfruta de verdad viendo la cara con que la dice: «Tengo miedo a la muerte. Pero para un humilde agente secreto, la muerte es algo tan habitual como el whisky. Y llevo bebiendo toda mi vida»

© XLSemanal

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