viernes, 20 de mayo de 2022

Neandertal

 Banquet still life, óleo de Adriaen von Utrecht.

Por David Toscana

Cada vez que hallo en la prensa información sobre cierto estudio que demuestra algo, sé que habrá otro estudio que demuestre lo contrario; así es la ciencia de caprichosa, a veces negra y a veces color rosa.

Me encuentro con este encabezado: “El consumo de alcohol provocó cáncer a cien mil bebedores moderados el año pasado”. Esta paparrucha se publicó en la prestigiosa revista The Lancet. Sus conclusiones son que “el consumo de alcohol, sin importar la dosis, provoca un aumento sustancial de casos de cáncer, lo que pone de manifiesto la necesidad de implantar políticas y acciones eficaces para aumentar la concientización sobre los riesgos de cáncer asociados al consumo de alcohol y disminuir el consumo general de alcohol para prevenir la carga de cánceres atribuibles”.

La ciencia podría llegar hasta donde dice “sustancial de casos de cáncer”. El resto es política o activismo o moralina. A partir de ahí se desprendieron más comentarios en la prensa, y el gobierno de España se apuntó para recomendar que no se sirviera vino o cerveza en los menús del día.

Otro estudio reciente asegura que, para una mujer, beber una botella de vino a la semana da el mismo resultado que fumar diez cigarrillos en cuanto a los riesgos de cáncer de mama. Nada nos informa sobre las mujeres que fuman y beben.

Algunos estudios dicen que el vino contiene antioxidantes que ayudan a prevenir el cáncer, además de que favorece el buen funcionamiento del corazón y previene el Alzheimer. Según la Universidad de Leicester, el vino tinto, además, “destruye las células cancerosas y mejora la efectividad de los tratamientos de radiación y quimioterapia contra el cáncer”.

También leí sobre dos estudios de genes que heredamos de los neandertales. Desde el encabezado se nota la oposición de ambos. “Un gen de neandertal nos protege de la covid-19”, dice uno. El otro: “El principal riesgo genético para enfermar gravemente de covid-19 lo heredamos de los neandertales”.

Luego de décadas en que la ciencia médica recomienda evitar las carnes rojas, leo en el New York Times que un equipo de investigadores internacionales produjo una serie de análisis con los que se concluyó que tal consejo “no está respaldado por ninguna evidencia científica”. No faltaron voces que pidieran a estos investigadores que no publicaran sus conclusiones, pues podrían afectar la reputación de los nutriólogos.

El queso es otro favorito de los científicos descarrilados. Un estudio de cierta asociación médica vegana asegura que el queso aumenta en un 53% el riesgo de sufrir cáncer de mama. Mientras que el Centro de Investigación del Cáncer en el Reino Unido asegura que no existe evidencia de que el queso propicie algunos cánceres, y en cambio sí reduce el riesgo de los de estómago o colon.

Medical News Today publica un estudio que afirma que consumir queso reduce en 14% el riesgo de contraer enfermedades cardiovasculares. Mientras tanto, Harvard publica que el queso, debido a sus grasas saturadas, aumenta el colesterol dañino y puede multiplicar el riesgo de enfermedades coronarias.

Y vaya uno a saber qué significa “queso” en cualquier estudio. ¿Asadero? ¿Mozzarella? ¿Manchego? ¿Parmesano? ¿Oscypek? ¿Comté? ¿Azeitão? ¿De vaca o cabra u oveja o búfala? ¿Fresco o curado? ¿Crudo o pasteurizado? ¿En rebanadas o en quesadillas? Solo un paladar gringo puede hablar genéricamente de queso o carne o pan.

Y hablando de pan… Mejor no hablo, pues son interminables los estudios discordantes.

Por cosa de tales estudios poco confiables, la OMS hace sus recomendaciones; y, también en España, con esos gobernantes siempre maternalmente preocupados por los intestinos del español, el pan será más insípido, pues por ley llevará menos sal, lo cual no hará a los españoles más sanos, pero sí más desventurados.

Y ojo, que no toda la comida sana es sana, pues el pescado tiene mercurio, las hortalizas contienen nitratos, ciertos mariscos tienen cadmio y la carne contiene carne.

Buscando apenas en la superficie, me encuentro estudios que aseguran que la dieta vegana es la opción más saludable, y reduce en un 14% el riesgo de cáncer. Pero igual tropiezo con estudios que dicen: “No hay evidencia de que una dieta vegetariana o vegana reduzca el riesgo de morir de cáncer”.

En el mundo de la ciencia se suele decir que un estudio está hecho para demostrar la hipótesis.

Ya hace más de mil ochocientos años, el filósofo escéptico Sexto Empírico escribió: “Si uno asume algo por hipótesis y considera que lo que de ello se sigue es digno de confianza, es de temer que esté con ello destruyendo toda posible investigación”.

Las hipótesis engendran los argumentos y no al revés.

Si ciertos alimentos son sanos o no, está aún por demostrarse. Aunque quizá con la comida pueda hacerse la apuesta de Pascal, y optar por lo vegano y sin alcohol.

Exactamente eso hice, mas tal dieta ofrece tanto sinsabor, que he preferido quitarme la vida a base de suculentos cortes de res, abundantes botellas de vino, mucho queso y quesadillas, riñones y mollejas, pollos asados, guajolotes y cabritos, cerveza, chorizo, jamón, tequila y peces de colores, tortas de pierna, albóndigas de lo que sea, rabo de toro, conejo, lechones y lechazos, huevos al gusto, lengua y barbacoa y todo eso que tanto disfruta mi gen de neandertal.

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