viernes, 20 de mayo de 2022

La boleta única y las trampas de la política


Por Claudio Jacquelin

La reciente apertura del debate en Diputados para reformar la forma de votar y aplicar el sistema de boleta única, impulsado por la oposición, reafirma algunos patrones que marcan la acción (o inacción) de la dirigencia política de los últimos años, agravados por la profunda fractura que se registra en la coalición gobernante.

Emerge con elocuencia, en primer lugar, la dificultad práctica para alcanzar consensos amplios sobre casi cualquier tema. Una dificultad profundizada por el actual proceso de reconfiguración que atraviesa el sistema de alianzas políticas y la crisis de liderazgos en todos los espacios. Nadie quiere asumir el riesgo de pagar mayores costos políticos de los que ya afronta o de perder alguna posición de poder (o privilegio). Todo es un ámbito de disputa y conflicto.

Sobre ese terreno crece la complejidad para encontrar soluciones a problemas que padece la ciudadanía o a fallas estructurales que impiden alcanzar un mejor funcionamiento institucional y una democracia de mayor calidad e intensidad. Así a cada solución posible suele oponérsele un problema superador que obstruye las salidas. Un empate hegemónico permanente en el que siempre tienen asegurado el triunfo el status quo. Aunque por aquí casi nadie se asume como un conservador.

Sortearlo obliga a esfuerzos extraordinarios, como los que la mayor parte de la oposición, incluidos cambiemitas de distinto pelaje y peronistas no kirchneristas realizaron en las últimas semanas para poder avanzar con la reforma electoral, que busca reemplazar las añosas boletas electorales partidarias por el sistema de boleta única de papel (BUP).

Esa convergencia, que permitiría contar con 133 votos, sobre un total de 257, para lograr la aprobación en Diputados, despierta la resistencia del kirchnerismo que ve en ese proyecto un intento por infligirle una derrota y exponer su debilidad, antes que una búsqueda genuina por mejorar la forma de votación y la participación popular.

Así, el Senado, en el que el FdT es la primera fuerza, aparece como una valla casi insalvable. La magnitud de la desconfianza obtura todo diálogo y la legitimidad de cualquier reforma queda en cuestión. Un escenario poco recomendable para un país en el que la confianza en las instituciones sigue en franco retroceso.

Todo eso quedó plasmado en la primera reunión de comisiones en las que se expusieron beneficios y perjuicios de la BUP. La sucesión de argumentos a favor y en contra, muchos de estos bien fundamentados (además de funcionales al oficialismo), no impiden advertir el conflictivo y real sustrato sobre el que se desarrolla la inevitable discusión.

Se sabe que no hay modelos electorales perfectos, como también se sabe que existen algunos más imperfectos que otros. En ese punto aparecen como un motorizador de la discusión actual tres elementos bien definidos,

Por un lado, las imperfecciones que muestra el sistema vigente para ofrecer a los electores todas las opciones disponibles al momento de emitir el voto. Por otro, lado el costo que representa para un Estado al que precisamente no le sobran recursos. Y, por el último, el impacto ambiental que tiene por la cantidad de papel y tintas que demanda para su impresión, y por la distribución en todo el país de ese enorme volumen de boletas.

Sin embargo, la mayoría de quienes se expresaron en contra de una reforma, hizo hincapié en que las deficiencias que pueda tener (y no niegan) el actual sistema de boleta partidaria no impactan sobre el resultado final y por ende sobre la calidad de la representación, lo que no ameritaría una modificación sobre la que faltan coincidencias tanto respecto de su oportunidad como sobre los supuestos beneficios que acarrearía esa reforma.

Además, a juicio de los refractarios, el cambio no resuelve otros cuestionamientos, como los que se hacen sobre la lista cerrada o sábana, ya que eso en el fondo no cambia. Al tiempo sostienen que propiciaría una mayor fragmentación política, que profundizaría los problemas de gobernabilidad ya existentes. No toquen nada.

Estar o no estar

Quienes defienden la reforma admiten la primera parte, dado que los reclamos o cuestionamientos que han existido en distintas elecciones respecto del impacto de las falencias del voto con boleta partidaria no han sido corroborados más que de manera marginal, sin alterar el resultado electoral de forma significativa. En cambio, ponen en duda la afirmación respecto del acceso a la oferta total de opciones políticas y su consecuencia en la representación.

Uno de los mayores desafíos (si no el mayor) que todas las fuerzas políticas sin distinción ponen de manifiesto en cada elección es la dificultad y el costo que les implica asegurar la presencia de la boleta electoral partidaria en cada cuarto oscuro de todo el país durante toda la jornada electoral. Nadie niega la desaparición de papeletas durante el día de las elecciones, aunque se discuta sobre la magnitud de la sustracción y sobre los fines con los que se realiza. La realidad indica que, por las dudas, todos buscan cubrirse.

Enormidades insuficientes

La mejor constatación de la existencia de ese problema la da el hecho de que los partidos más grandes suelen imprimir en cada elección hasta cuatro o cinco juegos de boletas por cada elector en los distritos donde tienen más chances para asegurarse que sus potenciales votantes las encontrarán en el cuarto oscuro. Como es obvio para eso se necesitan millonarios recursos, ya que la impresión y la reposición necesaria depende las fuerzas políticas, y el Estado provee fondos que cubren la impresión de “solo” 2,5 boletas por elector registrado. Una enormidad insuficiente.

A eso, los defensores de la boleta única papel agregan que en la PASO se inscriben partidos truchos, sin interés real de competir, solo para recibir los aportes para financiar la producción boletas que nunca harán imprimir. El filtro contra el exceso de ofertas que estableció la reforma electoral de 2010, en la que se instauraron las primarias obligatorias, no terminó con las picardías del sistema, a las que recurren incluso dirigentes de fuerzas reconocidas que inscriben partidos fantasmas para obtener recursos. No es en el único campo en que la dirigencia política se hace trampa jugando al solitario.

En su presentación ante las comisiones de Diputados, Adrián Pérez sostuvo al respecto que “en 2021 se pagó la impresión de 1185 millones de boletas, de los cuales se usaron solo unas 45 millones”. En su condición de funcionario del gobierno de Cambiemos, Pérez impulsó en 2016 la frustrada reforma en la que se intentó imponer la boleta única electrónica (BUE)

El rechazo de plano a un cambio, como el que ha expresado el kirchnerismo, no significaría un desconocimiento del problema sino más bien una admisión del beneficio comparativo que le reportaría mantener el sistema actual. Es un hecho que resulta más gravoso para las fuerzas más pequeñas y las más nuevas que no cuentan con los mismos recursos ni similar capacidad de control y reposición de las boletas.

Siga siga

El control del voto es otro de los puntos en discusión y sobre el que se apalancan quienes se oponen a la BUP, aunque no porque empeoraría lo que existe sino porque no aseguraría una mejora. Siga siga.

Las diferencias entre los votos emitidos y los contabilizados debido a una falta de fiscalización suficiente al momento del recuento en las mesas siempre ha sido otro de los elementos en los que se apoyan cuestionamientos a la boleta partidaria, especialmente por parte de los partidos que están en la oposición y más aún de los minoritarios.

Denuncias y relatos que resultan verosímiles aunque no hayan sido debidamente constatados alimentan ese fantasma que ronda toda elección. Pero la BUP no lo resolvería y obligaría a contar con fiscales por partido en cada mesa al momento de contar los votos.

Algunos exageran las prevenciones y dicen que el sistema de boleta única papel permitiría anular votos con más facilidad. En ese sector se enrola el massismo. Son los que prefieren mantener el status quo si no se impone un cambio más radical, como es la aplicación del sistema de la boleta única electrónica, sobre la cual hay aún más controversia. A pesar de la aplicación sin objeciones en Salta y la experiencia realizada en la ciudad de Buenos Aires. Para algunos es mejor no cambiar nada si no se cambia todo. Para otros cualquier mejora es superadora frente a la nada. Y no faltan los que dicen querer cambiar para que no cambie nada. Siempre es una opción.

En busca de una diagonal que sume el voto de los defensores de la BUE, refractarios a la BUP, el proyecto que se procura logre dictamen de mayoría, dejaría abierta la posibilidad de adoptar el voto electrónico. Nada será sencillo.

De cualquier manera, a pesar de las experiencias electrónicas salteña y porteña, y de la aplicación de la boleta única papel sin conflicto en Córdoba y Santa Fe, segunda y tercera provincia argentina en cantidad de electores, la reforma que se debate atraviesa un derrotero demasiado ripioso e incierto.

No es una cuestión de conflicto entre argumentos válidos para estar a favor o en contra, que no faltan en ninguno de los bandos. Lo que se discute siempre es otra cosa cuando lo que sobra es la desconfianza. Un a trampa de la que la dirigencia política no logra zafar.

© La Nación

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