viernes, 4 de febrero de 2022

Lecciones de multilateralismo barrial de un país sin norte

 Alberto Fernández y Vladimir Putin

Por Claudio Jacquelin

Como si la realidad no lo abrumara con inconvenientes, Alberto Fernández suele mostrar una extraña habilidad para abrir nuevos frentes de problemas antes de cerrar ninguno.

Con un multilateralismo tribunero, digno de exposiciones domésticas, el Presidente perdió la oportunidad en Moscú de expresarse eficazmente y sin provocar incomodidades innecesarias, como hubiera hecho un estadista. Como si fueran producto de la inhabilidad de un mal declarante, sus palabras causaron estrépito ante la compleja situación que afronta su gobierno en el plano interno y en el externo.

Las referencias a la necesidad de tener más independencia de Estados Unidos y del Fondo Monetario Internacional, al que además criticó explícitamente, resultaban sorprendentes para este momento en el que el Gobierno ruega por la comprensión y la ayuda del gobierno norteamericano y del directorio del organismo multilateral. Pero, haberlo hecho frente Vladimir Putin, justo cuando el líder ruso mantiene una tensión prebélica con el gobierno norteamericano, parece más provocativo que insólito.

Tampoco termina de explicar (menos de justificar) esa tosca frontalidad la extrema necesidad de abrir nuevos mercados y, sobre todo, la urgencia por lograr fuentes alternativas de financiamiento e inversión (en ese orden), si es que a eso apuntó el Presidente con sus mensajes moscovitas, como justifican desde el Gobierno.

Inocultable parece la incidencia de las fisuradas relaciones en la coalición gobernante, tras el anuncio de un entendimiento con el FMI con el apoyo norteamericano, que derivó en el portazo de Máximo Kirchner. Fernández no consigue alejarse del conflicto interno ni estando a 14.000 kilómetros de distancia. Difícil no reparar en que, al menos formalmente, la madre del renunciante está a cargo de la Presidencia. Cristina Kirchner no solo es tan alérgica al Fondo como su hijo, sino que, además, la Rusia de Putin ejerce sobre ella una particular e indisimulada atracción. A ella parecieron destinadas las palabras presidenciales. Se podría sumar, además, el abordaje de la gestión (y de la realidad) como una sucesión de fotos inconexas y sin consecuencias. Más, la necesidad de congraciarse en público con el interlocutor de turno. Son marcas de origen que ya le han generado problemas anteriores a Fernández. Paradójicamente, los antecedentes le juegan a favor. Más allá de malestares pasajeros, como algunos que se expresaron ayer en Washington. El peso y la palabra presidencial comparten la senda devaluatoria. Ya no genera sorpresa.

Tampoco cambiarán en nada la realidad nacional estas expresiones, al margen de incomodidades diplomáticas y motivos para las críticas opositoras y los memes en las redes sociales. La distancia apenas permite enfriar un poco los fuegos de la interna oficialista, alienta el reposicionamiento de algunos actores, como el jefe de Gabinete, Juan Manzur, que reactivó su alicaída agenda, y favorece el zurcido del ropaje frentetodista, como el que intenta con sentido de la oportunidad (y ambición personal) Sergio Massa.

Massa, en su salsa

El presidente de la Cámara de Diputados recuperó la centralidad, como la que tuvo en el origen del Frente de Todos y en otros momentos de zozobra interna. Lo que ya no le dan los votos ni la imagen se lo provee su condición de broker entre los socios principales de la coalición cada vez que entra en conflicto. Massa bascula con entusiasmo entre su apoyo a Fernández más el alineamiento con los Estados Unidos y la alimentación de la relación que mantiene con Máximo Kirchner, a la cual cuida con esmero de consorte por conveniencia. En las horas y días posteriores a la carta bomba no hizo más que alimentar ese activo, aunque debió y debe esmerarse, sin margen para el error. La situación es crítica.

El conflicto que desató el hijo de la vicepresidenta puso en terapia intensiva a la coalición. “Necesitamos ocho horas para poder acordar el nombre del sucesor de Máximo. Imaginate cuando tengamos que tratar temas más sensibles y con costo político”, admitió con resignación un integrante del entorno presidencial.

Pero nada distrae al titular de Diputados de la quimera de ser en 2023 el heredero mayor de la disfuncional familia formada por Fernández y el cristicamporismo. Cada fisura es una oportunidad. El riesgo de una fractura, una pesadilla.

La agónica deriva que pronostica buena parte de la oposición para el gobierno de Fernández, en los 22 meses que le quedan, no es para el tigrense tan mal escenario en función de sus ilusiones. Es mucho mejor que una fuerte recuperación o el colapso. Pero el mayor desafío para Massa es pasar de ser necesario a ser confiable. Tiene trabajo por delante.

El titular de Diputados deberá, además, esforzarse un poco más en su función específica. A la paridad que dejaron los últimos comicios en la composición de la Cámara baja ahora se sumaron las fisuras y los planteos del propio bloque oficialista y un endurecimiento inevitable de las bancadas opositoras.

Opositores en reparación

Al margen de matices fisiológicos entre halcones, palomas, gorriones, gallinas y otras especies aviares (el kicillofismo sumó a los caranchos) que pueblan el universo de Juntos por el Cambio, existe la decisión compartida mayoritariamente de no conceder nada graciosamente al oficialismo.

“No le vamos a retacear el quorum, pero que después ellos consigan los votos necesarios para aprobar el acuerdo con el FMI”, anticipa uno de los jefes de los bloques cambiemitas. Parece una posición con altas posibilidades de ser mayoritaria en ese espacio, más allá de la dureza refractaria que ya anticiparon Mauricio Macri y Patricia Bullrich y la actitud colaborativa con la que sorprendió (una vez más) el espacio que lidera Lilita Carrió. Mientras tanto, exigirán ver los detalles del entendimiento y evitar pagar más costos por haber sido el gobierno de Macri el que contrajo la deuda impagable. Un problema más para el oficialismo en crisis que para la oposición en debate permanente.

Su posicionamiento frente al acuerdo con el Fondo es apenas uno de los problemas que debe enfrentar la coalición opositora. Y para nada el más importante, pese a la visibilidad y la relevancia.

La división del bloque radical de la Cámara baja, los bloopers de los diputados viajeros que le regalaron una victoria parlamentaria y publicitaria al oficialismo, los escándalos de espionaje del gobierno anterior y las disputas anticipadas por las candidaturas presidenciales de 2023 deslucieron en el cierre del año el triunfo en las elecciones legislativas. Atentó contra las expectativas que habían generado (tal vez excesivamente) en muchos de sus votantes. Pero el oficialismo siempre les da posibilidades de recuperarse.

Algunos de los principales referentes cambiemitas empiezan a advertir sobre el riesgo de confiarse demasiado en los errores no forzados de sus adversarios. No creen en una recuperación política y económica del oficialismo de tal magnitud que les obture anticipadamente las posibilidades de volver al poder en 2023. Tampoco temen fracturas que deriven en la división de la coalición ni acciones del Gobierno que puedan generarlas. Para los que tienen arraigo territorial, sean radicales o del Pro, comienza a corporizarse la preocupación de que la sociedad los vea definitivamente alejados de sus problemas y sin ofrecerles un horizonte mejor. La mayor inquietud es que saben que están lejos de poder despejar ese riesgo.

Por eso, el eje de los gobernadores radicales, con Gerardo Morales a la cabeza como titular del partido y el correntino Gustavo Valdés en el rol de albañil que repara y construye, están en proceso de restauración. El primer paso será lograr la reunificación del bloque de diputados nacionales partidarios.

Otro tanto hacen en estos días en el agrietado eje Vidal-Larreta después de un par de meses de distanciamientos y diferenciación, desatado, principalmente, por la reinstalación de María Eugenia Vidal. La vieja sociedad se agrió tras la recuperación del protagonismo de la exgobernadora, motivada por su proyecto de futuro y la necesidad de defenderse tras la difusión del Gestapogate que protagonizó durante su gestión uno de sus ministros. Después de una primera reunión exploratoria, el martes próximos los dos (¿ex?) socios y dos estrechos colaboradores de cada uno se volverán a reunir para terminar de recomponer.

Demasiadas piezas rotas de un país partido. O sin norte.

© La Nación

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