domingo, 23 de enero de 2022

Cuento de noviembre 1 (El profesor Pírfano)

 Por Javier Marías

En su adolescencia, el profesor Pírfano de Lerma tuvo poca suerte con las chicas. Hasta el punto de que una de ellas, cuando él la invitó a ir al cine, le contestó con la crueldad frecuente en las edades muy juveniles: “Mira, Pírfano, tú, me das arcadas”, y a continuación se introdujo el índice en la boca en ademán de provocarse el vómito que ya la rondaba. No era propiamente horroroso, Pírfano de Lerma; pero no gustaba. Tenía una nariz corta en una cara muy larga, unos dientes saledizos que le llegaban hasta la otra acera y unas gafas de pasta negra de las que infundían miedo, seguramente por eso las lucen hoy tantas mujeres que presumen de bravas.

No cambió su suerte en la Universidad, pese a dejarse crecer unas melenas lacias que se echaba hacia atrás para que no le taparan las orejas: su madre lo había convencido de la belleza de sus orejas —quizá no tenía más a lo que agarrarse—, él lo había creído a pie juntillas y estaba muy orgulloso de estos apéndices. Fue un excelente estudiante, sacaba matrículas de honor y no era nada tonto, incluso poseía elocuencia. Algunas compañeras se quedaban hipnotizadas mientras él intervenía, pero el ensalmo duraba poco y en seguida volvían a verlo atusándose las guedejas, con su nariz chata y sus dientes como proyectiles. A él no le faltaba osadía para hacer propuestas a las más agraciadas, y como la crueldad amaina con los años, se encontraba con respuestas como esta: “No sé yo, mejor que salgas tú solo, con tu dentadura ya vas acompañado”. La piedad llega con mucho retraso, o se aprende lentamente.

Pírfano de Lerma no tuvo más remedio que concentrarse en los estudios, y, como memorizaba de fábula, se le daban bien las lenguas y en verdad era brillante, no le costó ganar unas oposiciones a profesor numerario. La asignatura que enseñó inicialmente carecía de aura: Teoría de la Traducción, en la Facultad de Letras de la Complutense. Sus alumnos eran ya licenciados en Filologías: española, inglesa, alemana, francesa, italiana, bastantes eran mayores que él. Al menos mostraban interés, a veces eran cien en el aula. Y fue entonces cuando Pírfano descubrió con agrado lo que un novelista español ha llamado “el efecto tarima”. En cuanto un hombre o una mujer se suben a una, y tienen la voz cantante durante prolongado rato —las clases duraban casi una hora—, los estudiantes del sexo contrario (o del mismo) dejan de advertir sus defectos físicos y sufren un falso enamoramiento vehemente hacia esa persona que habla y se eleva sobre las demás cabezas. Huelga decir que también los directores de orquesta y los solistas se aprovechan de ese efecto, aunque de ellos no broten vocablos sino melodías.

El profesor Pírfano de Lerma insistía en que se lo llamara así, ya que su apellido era compuesto y su primera parte se prestaba a bromas: desde la infancia se lo habían convertido en “Pífano”, en “Tímpano” y hasta en “Pifia”, a mala idea. De pronto se encontró con que algunas alumnas procuraban dirigirse a él por el apellido completo, remoloneaban con preguntas absurdas al final de la clase, le ponían ojitos y vestían ropa ceñida y ligera en pleno invierno. Un día, absorto en desplegar su labia, descubrió, al tomar asiento un instante, que dos de ellas, Olga Juez y Conchín Bailly-Baillière —chicas finas—, se habían presentado en clase con faldas escuetas y sin bragas. Y no sólo eso, sino que a lo largo de toda la lección abrían y cerraban las piernas sincronizadamente: las cerraban alrededor de un minuto, las abrían de par en par quince segundos. Pírfano perdió el hilo y vaciló más de la cuenta, pero lo dio por bien empleado, y al final fue él quien se aproximó a ellas con pretextos idiotas. Se entretuvieron lo bastante para que se largaran no sólo los demás alumnos, sino la propia Conchín: quizá habían acordado turnarse, y que la primera pasara información experimentada a la segunda.

Así comenzó un periodo exitoso en el campo sexual para Pírfano. Él no lo atribuyó en absoluto al “efecto tarima”, sino que creyó haber culminado con los años (tenía treinta y pocos por entonces) la maduración de su atractivo. Eso sí, prescindió de la temible montura de pasta negra y la sustituyó por una clara; visitó a un costoso odontólogo y éste logró reducirle un poco los incisivos y los caninos de largo alcance; se recortó levemente la melena para que le diera menos pereza lavarse el pelo y lucirlo más limpio, manteniendo las bellas orejas bien a la vista. A su corta nariz nada, ay, podía añadirle volumen. Pero tanto daba: por su cama acabaron pasando Olga y Conchín y la mitad de las alumnas atractivas, en Teoría de la Traducción unas cinco. Para él era un número monumental y se envalentonó: empezó a tirarles los tejos a jóvenes de otras asignaturas, cursos y departamentos cuando se las cruzaba por los pasillos, persuadido de ser un seductor irresistible. Eso les ocurre a muchos hombres: si les viene una buena racha en este terreno —lo mismo que les pasa a los jugadores viciosos—, creen que nunca se les terminará, y que por fuerza caerá rendida a sus pies cualquier fémina, aunque sea una diosa desconocida.

© El País Semanal

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