jueves, 30 de diciembre de 2021

RAÚL EDUARDO ROJAS / UNA INCLAUDICABLE PASIÓN POR LA MEMORIA

Presentación del nuevo poemario de Raúl Rojas, aquí junto al autor de esta nota
y de destacados artistas locales. (Foto/Isidoro Zang)

Por Nelson Francisco Muloni (*)

Raúl Eduardo Rojas, «Rojitas», ha dado a luz este nuevo poemario, «La moneda y el hueso», en el que va subiendo su propio tono, alerta la voz y, finalmente, avanza por el verso a puro golpe de emoción, a pura entrega surgida desde el fondo mismo de su memoria para que nada sea olvido.

Porque en Rojas, surgen, en una inconmensurable continuidad, todos sus recuerdos y también sus angustias. Quizás por eso, el poeta ha decidido que los sonetos (de eso se trata este libro) no estén separados en la habitual forma de cuartetos y tercetos, sino que acumula (el poeta, digo) los espacios como si todo fuera una secuencia de su vida, sin hiatos que perturben lo que siente, sin espacios que lo detengan en este devenir de profundos amores y nostalgias y también de dolores (¡ay, cuántos dolores, Rojitas!), sinsabores y hasta broncas.

Así, de este modo, cuando comenzamos a leer sus poemas, a adentrarnos en sus latidos, vemos cómo Rojitas impulsa hacia el verbo, el insoslayable presente esforzado y cariñoso de su madre:

«Yo sé que esperas al último que llega

para dormir tranquila tu cansancio»

le dice a su «madrecita del alba», la luz de todos sus rincones «donde mi pequeñez siempre reposa».

Y avanza «para atrás como el cangrejo», se dice él mismo, y cuando al poeta lo acomete la tristeza de alguna jornada, siente que el vino (la misma vida) es una llaga que está estragando sus vísceras:

«Cuando la angustia me convoca al vino

y abre las moradas del asombro,

desde tan lejos siento que me escombro

y es un vómito agrio mi destino».

Con esas nostalgias y esos dolores que no son mera queja, sino cotidianidad, presencia pura de lo que fue y lo que es, acomete, empuja. Y allí está el barrio, la villa, que el poeta sigue queriendo con sus malvones y patios alambrados y «sus siluetas de mujer de obsceno precio»; sus muertos «a punta de cuchillo» y, como dice:

«un lupanar, un vecindario recio

de murgas y comparsas con que muero.

Mi Villa San Antonio así te quiero».

El poema que Raúl Rojas dedica a la memoria de Marta, su esposa amada, es un estremecedor canto de amor, un dolor por el que el poeta se siente en permanente agonía, en un naufragio interminable. «Aquí mi corazón es una ruina», dice sin consuelo y asegura que su pena es una pena «hecha muerte que camina» y agrega que su «corazón es agonía» y que «solo sal y más sal aguarda al beso / que no llega a tus playas tan queridas», en uno de los poemas, a mi entender, más bellos del libro y donde el poeta queda irremediablemente «preso / de un ángel como vos, /ángel que anidas / en el musgo más pétreo del naufragio».

La confluencia del autor con el tango, en un paisaje de «muslo contra pelvis» y de goces y excitaciones, deriva después en su idea (¿irremediable deseo de reparar o, al menos, atenuar los dolores y las tragedias?) de que se parece a Dios porque se refleja en sus hijos, en la vida misma, en la melancolía y en los besos.

 Otro aspecto de la presentación de "La moneda y el hueso", flamante poemario
de Raúl Eduardo Rojas. (Foto/Francisco J. Muloni Echenique)

Y regresa. Siempre regresa cuando habla a sus hermanos y recuerda al sauce en la vieja casa y otra vez los malvones y la madre. Y nuevamente, la tristeza que, siempre, lo eleva en su inmensidad de hombre. Como Vicente Huidobro el rememorar también su casa, cuando dice «un poco de muerte tiembla en los rincones», así, Raúl Rojas nos recuerda al sauce que da la sombra en la cocina donde la mesa es «tan pobre que lastima» y él se siente solo como ese sauce, «un árbol hecho hombre sin su cauce, / la tumba de un amor en el paisaje».

Pero el poeta crece, se rebela y entre la bancarrota, la carne podrida del sistema, la burocracia y la derrota, se alienta a sí mismo a seguir, a seguir duramente para ganar la partida porque, asegura, «el sistema soy yo, no estoy vencido».

Rescata, para siempre, su pertenencia. «Soy de olla popular, por eso negro», dice y otra vez se alienta y no le importa hasta dónde puedan horrorizarse aquellos que viven dentro de los viejos esquemas sociales. Él no se quiebra y «con la moneda que me gano y dejo / que mis apodos les orine el miedo», canta a ritmo de cumbia villera.

Así, irreverente y bravo, el poeta se da tiempo para lamentar lo que le sucede a la Patria. Se queja porque la llama del 17 de octubre «está apagada». Casi en un rezo hacia el Líder al que sigue, le habla, le comenta que el pueblo «ha olvidado su doctrina, General» y asegura que «ya no hay dignidad en la cabecera / y en las mesas obreras y acosada / la República entrega su memoria».

En el final, Rojas trae el recuerdo de su padre al que quiere seguir, al que sigue «como ejemplo en esta historia» para poder «construir la vida con lo justo».

Y aquí, el poeta cierra un círculo del que sabe que, en cualquier momento, volverá a abrirlo. Por él mismo, por sus nostalgias, por sus dolores, por sus luchas y por ese niño que sigue siendo en cada línea de su poesía. Por su afán de entibiar las pérdidas y los tiempos y enaltecer, a través de su voz, la sangre que lo ha venido acompasando, andando en un inmenso territorio de vida.

La estética de Rojas se nutre de eso: una pasión inclaudicable por la memoria.

(*) Palabras de presentación del libro de Raúl Rojas, «La moneda y el hueso», realizada el último miércoles en el Complejo de Archivos y Biblioteca de Salta

© Agensur.info

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