domingo, 26 de diciembre de 2021

El paraíso del autoengaño


Por Nicolás Lucca

Luego de ver la actitud adoptada por el gobierno nacional tras la derrota electoral, creo que es normal que la confusión me abrume, licenciada. Ya lo charlamos mil veces, pero sigo sin encontrarle la vuelta a los conceptos de acción y consecuencias que manejan estos sujetos. Pareciera que nunca dimensionan que un accionar tendrá indefectiblemente algún resultado y, en la mayoría, previsible. El resultado puede resultar desastroso cuando hay que jugar con reglas que no se pueden romper.

Creo que la gran ventaja de este virus de mierda que tanto nos ha jodido en los últimos dos años es que ha conseguido que a la mayoría de los políticos del mundo se les cayera la máscara. Los dejó en tarlipes, bah. Los que mejor madera tienen, aún la conservan; los otros, en cambio, se incendiaron. Sin embargo, algunos parecieran no haberse enterado y solo logran defenderse con la misma metodología de siempre: decir que no vemos lo que se ve y hacer todo lo que esté a mano para romper las reglas.

¿No me entiende? A ver si me explico. ¿Recuerda cuando le conté que me compré un buen escocés para celebrar que al fin me había quitado de encima ese trabajo nefasto? ¿Qué me dijo? Claro, que no había nada para celebrar porque me habían echado. Bueno, el asunto es que yo me auto convencí de que no había sido así y nada mejor para hacerlo que montar un escenario en el que el guapo era yo, los malos eran otros y yo los derroté. Sí, usted me había advertido que eso acarrearía consecuencias y tuvo razón: al poco tiempo, sin un peso encima, era obvio que me había quedado sin trabajo en contra de mi voluntad.

A eso apunto: a que hemos vivido demasiado tiempo con políticos que tienen una mentalidad de autoengaño sólo superable por el que hace una dieta a base de harinas y helado.

No perdieron, ganaron. La economía no se encuentra arruinada, sino que crece, y si no crece es culpa del que se fue. ¿Qué importa la contradicción del enunciado? Hubo clases, virtuales, pero clases al fin, aunque no hubiera internet, ni computadoras, ni docentes ni clases, pero hubo clases, claro que sí. No podíamos comprar la vacuna de Pfizer porque nos pedían cosas irreproducibles. ¿No recuerda? Si hasta Nacho Copani nos dedicó una canzonetta. Después parece que no nos pedían tanto, sino que los que pedíamos demasiado éramos nosotros a los rusos.

Y el listado puede seguir hasta el año que viene. Hasta el otro, el 2023, que el que comienza ya está cocinado. Salvo que crea que el ministro que le pide autocrítica a los demás mientras ajusta por inflación sea el que nos salvará de la mishiadura en 2022. Imagine que ocurre un milagro y nos condonan el 100% de la deuda: ¿A qué vamos a destinar los dólares que, preventivamente, no tenemos? ¿A cuál de las ningunas cosas?

Este miércoles Alberto Fernández le hizo una recomendación al Fondo Monetario. Aseguró que el organismo “sería más eficaz en la gestión de la crisis internacional actual si revisara los principios generales en los que a menudo se basan sus programas y abordara el desajuste entre las recomendaciones de los programas y las diversas realidades de los países en desarrollo”.

Traducido: ¿Cómo le vas a prestar guita a un país que no tiene en sus planes reducir el déficit fiscal y que cree que la inflación es una maldición geográfica? ¿No te diste cuenta que las reformas que les pedías a los que se fueron no eran factibles porque tenían que negociarlas con nosotros solo para que se las bajemos?

Como nos odia con ganas dejó grabado un mensaje para ser transmitido por cadena nacional en la cena de Nochebuena. O sea: a él le complicaba trasmitirlo en directo, pero a nosotros nos vendría bien recibir su saludo. Así, mientras algunos mojábamos el pan dulce para ablandarlo un poco, el tipo nos contó que la economía creció más que nunca.

¿Ve que la pandemia hizo estragos? En un contexto de bonanza el tipo puede decir esa sarasa que no pasa nada, como cuando Néstor pidió “perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante veinte años de democracia por tantas atrocidades”, cuando si alguien se había callado la boquita durante esos veinte años de juicios y pagos de indemnizaciones fue él mismo.

Nunca pasó nada, por eso Cristina podía utilizar una y otra vez al gobierno de la Alianza como amenaza, como cuco, como los que querían volver, mientras contaba entre sus filas a Diana Conti, Juan Manuel Abal Medina, Eugenio Zaffaroni, Majo Lubertino, Nilda Garré, Débora Giorgi y Martín Sabbatella, todos negadores de sus pasados aliancistas. El verso es ley, que acá nadie recuerda nada.

Acostumbrados a hacer trampa, a mentir y a comprar todo lo que tiene precio, apareció algo que no lo tiene. De pronto había una cosa con lo que no podían mentir. Fíjese lo turro que habrá sido el bicho este que toda sarasa oficial dura cada vez menos. Primero vimos al Profesor Filminas con su manía de señalar el desastre de otros países en los que nos desmentían a las pocas horas. Mejor ni hablar de privilegios a la hora de cuidarse del bicho.

Hoy, luego del desastre educativo, nos dicen que no hubo mayores problemas. Entonces, ¿para qué fuimos a la escuela trece años de nuestras vidas si podíamos resolverlo en la mitad del tiempo y a los ponchazos?

Los medios tampoco ayudan, verá. Esta semana que pasó se publicaron notas tituladas casi por clones: “Expertos explican el salto de contagios de Covid”. ¿Tan poca memoria tenemos? Durante 24 meses aprendimos dos cosas: la receta de la masa madre y que el número de contagios de hoy es la foto de un suceso ocurrido de siete a catorce días previos. ¿Y qué pasó los días previos a este aumento de contagios? El livin` la militancia loca, con marchas y recontramarchas, festejos de la democracia con beneficio de inventarios y un presidente humillado en vivo que dijo que “las vacunas permitieron que estemos en esta Plaza todos abrazados”. ¿También nos olvidamos que con o sin vacunas había que mantener distanciamiento y demás cosas? Puede ser, quizá se me haya pasado y ellos, que son el gobierno de los científicos, sepan otra cosa.

El otro día escuchaba a Nicolás Kreplak decir que los sectores más pudientes de la sociedad tenían seis veces más contagios que los niveles inferiores. Para bolacear eso dijo basarse en el “análisis de datos e inteligencia artificial” sin explicarnos cuáles datos ni qué sistema de inteligencia artificial usa.

Se nota que es el mismo funcionario que antes de que Kicillof –otro enemigo de las estadísticas– asumiera en la provincia de Buenos Aires, dijo que “la salud es más una cuestión de trabajadores que de tecnología”.

Lo cierto es que no hay forma cierta de medir ni con inteligencia artificial ni sin ella cuántos se enferman o dejan de hacerlo porque, si algo aprendimos incluso lo que no somos ni médicos, es que el virus es impredecible, que hay portadores asintomáticos que contagian de todos modos, que hubo miles de personas que no concurrieron a ningún centro por falta de oportunidad o por miedo. Y ni hablar de la inmunidad que da tener la mayor tasa de contagios.

Aunque agradecemos que hayan invertido en algo de inteligencia –aunque sea artificial– hay que remarcar que, si lo dicho por Kreplak fuera cierto, somos el único país en todo el mundo donde los ricos la pasaron peor que los pobres. El único. De movida, cuando comenzó la cuarentena prorrogable ad-eternum, el que tenía un trabajo estable con un mínimo de calificación necesaria, pudo darse el lujo de conservarlo desde su hogar. El laburante de limpieza, el vendedor ambulante, los trabajadores de la construcción, los laburantes del mantenimiento edilicio –plomeros, electricistas, gasistas, albañiles, pintores, etcétera– ninguno de ellos pudo darse ese lujo. ¿Cómo se hace para levantar una pared o cambiar el vástago de un grifo por Zoom?

A los pobres sin empleo mejor no los metemos en la ecuación. .

¿Recuerda las villas clausuradas? Nadie podía salir. Hacinados y sin posibilidad del afuera, rodeados de uniformados con armas largas, presos. Lo increíble no es que nos digan que tienen los datos de contagiados de allí dentro; increíble es que esas personas no hayan muerto de inanición o disentería.

Pero pongamos que el ministro bonaerense tiene razón y que la inteligencia –artificial– funciona correctamente. ¿A qué consideran personas de grandes ingresos en una provincia donde la mitad de los chicos están por debajo de la línea de la pobreza y la mayoría por fuera de la clase media, que no es lo mismo que ser pobre? Si una entrada al cine cuesta 750 pesos, es lógico que el concepto de personas pudientes sea bastante difuso.

“Observamos el mismo comportamiento el verano pasado” dijo mi tocayo y esto nos lleva de inmediato al anticristo progre: las vacaciones. Ah, el sueño húmedo de la historiografía peronista convertido en cuestión de chetos, como todo lo que tenga que ver con esparcimiento y goce de la vida. Ir al cine es de cheto, viajar es de cheto, tener un auto es de cheto, ser dueño de una vivienda es de cheto… Básicamente, el ideario peronista es cosa de chetos.

Con ese mismo verso continúan en la cruzada de gravar cada vez más a los ricos a un nivel que expulsa. ¿Es progresivo que pague el que más tiene? Nos inculcaron que sí. Pero se nos quedó en el camino el temita de las contraprestaciones del Estado. La pregunta que nadie se hace es qué clase de empresariado nos queda, dónde está el truco para sacar ganancias en un país sin ganancias. La respuesta es obvia: prebendarios, amigos del Poder, futuros presos, el exilio o la jubilación y que se arreglen otros.

Es como cuando nos quejamos del servicio del transporte público a sabiendas de que debería costar más del triple solo por costos de mantenimiento. Si pagás un tercio, recibirás un tercio.

Sí, sí, vuelvo al punto de partida. Le decía que un político puede comprar una voluntad con discurso, con una palmadita en el hombro, con un poquito de protagonismo o con plata. También puede arreglar un fallo judicial con un apriete, una visita, una promesa de ascenso o de nombramiento de algún pariente en algún otro cargo judicial. Ya vimos que puede arruinar la economía y culpar a la mochila recibida. Obviamente, puede continuar con el verso de los ricos malos desde la comodidad que da formar parte del sector más rico de la sociedad.

Pero hay algo con lo que no se puede mentir y no saben qué hacer con eso. No pudieron decir que el virus no mata, no pudieron decir que el encierro no arruinó a nadie, no pudieron hacernos creer que son derechos y humanos mientras reventaban vidas a pura violencia y cercenación de libertades. No pudieron por una sencilla razón: estábamos encerrados y, por primera vez vaya a saber uno desde cuándo, absolutamente todos al tanto de lo que pasaba. Ahí tienen el resultado: el índice de confianza en el gobierno más bajo desde 2009.

¿Algunos no quieren verlo y hoy celebran como estúpidos mientras se ríen de los que no los votaron? No, no lo creo. Lo ven y les duele. Se nota que les duele. Se nota en cada agresividad verbal con rasgos homofóbicos que se les escapa en cada respuesta a una noticia, a un tuit, a una sencilla foto. Pero es lo que pasa con cualquier paternalismo: papá y mamá son papá y mamá. Algunos maduramos y nos damos cuenta que las mismas imperfecciones que notamos en los nuestros probablemente las tuvieran casi todos los padres, en mayor o menor medida, y que eso no implica una deshonra a nuestra vida.

Otros, en cambio, necesitan que mamá sea virgen, papá un carpintero, y ellos hijos del Progresismo Santo.

Yo, por lo menos, necesito que no me rompan las pelotas. Voto personas, para padres ya tengo los míos y bien sabe usted, licenciada, que me alcanza y sobra.

© Relato del Presente

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