lunes, 22 de noviembre de 2021

Mi Virgen y yo

 Por Almudena Grandes

Para todo en esta vida, hasta para ser Virgen Santa Patrona Coronada y ascender a los cielos, creía yo que hace falta tener un poco de suerte.

—¿Y tu nombre?

—Es el de la Patrona de Madrid.

—¡Anda ya, niña! La Patrona de Madrid es la Paloma, lo sabe todo el mundo…

Así año tras año, siglo tras siglo, y eso que mi Virgen ha hecho milagros muy antiguos, algunos bonitos de verdad.

La tradición clásica se remonta a 712. Entonces, ante la perspectiva de una conquista árabe de la ciudad —esto es más bien confuso porque Madrid la fundaron precisamente los árabes, pero las leyendas son así—, los madrileños decidieron esconder la Virgen en la muralla de la ciudad, con dos velas encendidas. De ahí proviene nuestro nombre, Almudena, corrupción del árabe Al-Mudayna, que significa la ciudadela y proviene a su vez de Medina, la ciudad. El caso es que los devotos la escondieron muy bien, tan requetebién que al cabo de unos años ya nadie sabía dónde estaba. Cuando en el siglo XI el rey Alfonso VI decidió reconquistar —o conquistar, esto sigue siendo confuso— la ciudad, los madrileños organizaron procesiones y rogativas para intentar encontrarla, pero Almudena se resistió.

La máxima expresión de longevidad que mi madre era capaz de concebir acerca de un lugar, una persona o un acontecimiento consistía en dictaminar que era más viejo que el Canalillo. Sólo en segundo lugar mencionaba la Cuesta de la Vega, que se extiende sobre uno de los barrancos que actuaron como defensa natural de la vieja ciudad árabe, y sigue comunicando la calle Mayor con el río Manzanares. Mi madre se equivocaba, porque la Cuesta es mucho más antigua que el Canalillo, hasta el punto de que en el siglo XI los devotos tuvieron que recorrerla hasta cinco veces hasta que un fragmento del muro se derrumbó, dejando a la Virgen a la vista. Tres siglos después de haber sido enterrada, no sólo estaba limpia y espléndida. Las velas que la flanqueaban seguían encendidas. Pues ni con eso se ganó el crédito de patrona de Madrid.

Su definitivo éxito fue más raro todavía que las velas encendidas durante 300 años. En plena movida madrileña, cuando nada se llevaba menos que las vírgenes y a lo sumo triunfaban las verbeneras, Paloma por supuesto a la cabeza, el gobierno de Joaquín Leguina tuvo que afrontar el calendario festivo definitivo de la Comunidad. Y entonces, no me acuerdo del motivo concreto, Paloma resultó inviable, porque coincidía con otra fecha o algo así. Hasta que alguien recordó a esa Virgen tan sosa, sin pasodoble, sin verbena, sin tradiciones, perdida a mediados de noviembre, y como no había otra, pues esa fue. ¿Cambió algo? No. La gente tardó años en recordar el nombre de la patrona de Madrid y aun hoy son más los que no se acuerdan.

Mala suerte, he pensado durante la mayor parte de mi vida y sin embargo ahora ya no estoy tan segura. Miro el Madrid que viene, con todos sus multimillonarios extranjeros, con la última definición del alto standing, con sus barrios invivibles para la gente normal, con el obsceno derroche de luces navideñas en plena crisis de consumo eléctrico, con Ayuso y su chulería, con Almeida y con la suya, y me digo, pues mira, Almudena, guapa, mejor quedarnos aquí, en esta esquina donde llevamos tantos siglos tapaditas. Si lo nuestro nunca ha sido llamar la atención, ¿para qué vamos a empezar ahora? Fíjense si somos discretas que sólo se me ha ocurrido escribir este artículo precisamente el día de la Almudena, 9 de noviembre de 2021. Cuando ustedes lo lean, media España estará tocando la pandereta y muchos no entenderán nada de esta historieta medieval e incomprensible.

Y sin embargo Madrid habrá avanzado otro trecho hacia lo que nunca debería haber sido y nunca debería llegar a ser. La envidia de Europa, dicen. Una pequeña Nueva York de neones horteras, sin personalidad propia más allá de los churros. Las tiendas de la milla de oro estarán repletas de ricos gastando sin parar. En otros barrios, no quiero ni pensar.

Lo único que sé es que mi Virgen y yo no tenemos nada que ver con esto.

Ni ganas.

© El País Semanal

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