miércoles, 27 de octubre de 2021

Los consejos del doctor Manes

 Por Pablo Mendelevich

Mucho antes de que Facundo Manes, el neurólogo más mediático de la Argentina, decidiera dedicarse a la política, otro Manes muy famoso causó un alboroto monumental. Que haya quienes no se acuerden de aquel Manes, también llamado Mani, seguramente se debe a que pasaron 17 siglos desde que él machacara con sus ideas en Asia, empresa que acometió con cierto suceso hasta que un lunes lo colgaron de una cruz. Tan importante llegó a ser que nos legó el maniqueísmo: Manes no fue otro que el padre de la doctrina religiosa según la cual existen dos principios contrarios y eternos que luchan entre sí, el bien y el mal. La idea que en el siglo XXI el kirchnerismo puso en valor y que un certero observador -Jorge Lanata-, rebautizó como grieta.

El Manes persa, digámosle así para diferenciarlo del quilmeño ya que nació en Babilonia, tras fundar su secta se dedicó a explicar el funcionamiento del universo, quien sabe si más o menos complejo que el del cerebro humano, aunque de la diseminación de su prédica, que llegó hasta China, podría inferirse que también debió tener facilidad de palabra. Por entonces casi nadie se quedó sin entenderlo. En las antípodas del posterior pensamiento científico el persa sostenía que una disputa continuada entre Dios y Satanás, la luz y las tinieblas, estaba en la raíz de todas las cosas.

El neurólogo Manes, al revés del profeta, sostiene que la grieta, casualmente un anacronismo residual del maniqueísmo, resulta insalubre porque nos lleva a gastar toda la energía mental en pelearnos por cosas menores y nos impide tener la empatía necesaria para desarrollar un proyecto de país. Véase que Manes el neurólogo no suele hacer uso del prestigio que llegó a tener su apellido en los comienzos de la Era Cristiana (hasta San Agustín abrazó el dogma maniqueo antes de convertirse al cristianismo). Obvio: prefiere que sus seguidores lo asocien con la ciencia y en particular con el cerebro antes que con el tío lejano -si es que lo fue-, binario originario.

Hasta aquí todo parece estar en orden. El problema es que el doctor Manes, sin llegar al extremo de irrumpir como profeta en tierras áridas de religiones asirio-babilónicas, ha decidido intercalarse en otras arenas movedizas, las de la política argentina, siendo él neurólogo y divulgador científico, no un político, y todo indica que también, en medida rioplatense, un alborotador. Adjetivo, aclaremos, que dentro de una organización puede caberle tanto a un insufrible descarriado como al provocador que despabila a los resignados y mueve las ruedas de la historia.

El doctor Manes se dice radical de corazón, pero su propio hormigueo y su ambición explícita lo diferencian un poco del biotipo cansino atribuido a los seguidores de Yrigoyen. Los radicales en general procesaron de modo variable su gran salto de la divulgación de la neurociencia, de la televisión y de los anaqueles de las librerías al frenesí de la política criolla. A medida que el proceso electoral avanza y las acciones de la UCR, gracias a él, suben en la bolsa de la coalición opositora, el neurocientífico parece ganar simpatías entre sus correligionarios y aplacar a una parte de quienes antes lo habían mirado con desconfianza.

Hay que recordar que en Juntos por el Cambio el radicalismo, el socio más voluminoso, se quejaba cuando fue gobierno con Macri de estar subrepresentado en la toma de decisiones, algo que el partido se propuso superar de una buena vez. Este cambio resultó el ombligo de las PASO, la competencia bonaerense Santilli-Manes, con su correspondiente resultado reparador. Además, el doctor Manes recuerda cada tanto que él no participó del gobierno de Macri y que, puesto a político, se subió a una coalición preexistente, no armó su propio partido, sendero que lo diferencia -para muchos virtuosamente- del modelo de Javier Milei, el de la antipolítica.

A la vez, como candidato de Juntos por el Cambio, el doctor Manes no parece muy interesado en amoldarse a las normas básicas de lealtad que, se supone, exige una coalición. Se prefigura como un orgánico rebelde. Podría ser el perfecto protagonista de la frase de Groucho Marx que dice: “nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo”. Todavía nadie sabe cómo funcionará a partir de diciembre como miembro de un bloque parlamentario, donde la disciplina no es un opcional sino un engranaje del sistema político.

Al arrancar el proselitismo para las PASO, Manes le recomendó a Horacio Rodríguez Larreta no gastarse “el dinero de los impuestos de los porteños en la campaña”. Eso desató entre los socios una ola de indignación. La habitualmente sosegada María Eugenia Vidal dijo que le parecía “una falta de respeto entrar en esa clase de chicanas”, Lilita Carrió lo llamó tremendo mentiroso (porque a la vez lo acusó de haber dicho falsamente que en 2015 le había ofrecido ser compañero de fórmula). Y Luis Juez formuló un análisis sesudo para un público más amplio, no el de los exquisitos seguidores de la minucia política cotidiana: “Lo que dijo Manes es una cagada”.

Después perdió las primarias pero también las ganó. Sin haber carreteado años y años consiguió casi el 40 por ciento de los votos de Juntos (39,66 por ciento contra 60,37 de Santilli) en el distrito más importante del país. Así, para noviembre se intercaló tercero, después de Santilli y de Graciela Ocaña, en una lista que si se repitiera el resultado de septiembre sentaría a 16 diputados en la Cámara, once de ellos procedentes de la lista de Santilli y cinco de las del neurólogo. Venció en las secciones electorales cuarta, quinta, sexta y séptima. Nada mal para un principiante.

Concertó gestos de integración con Santilli, pero no demoró mucho más en tirarle otro cañonazo al PRO, esta vez haciendo foco en Macri. Dijo que el ex presidente debía presentarse ante el juez que lo citó aunque se trate de una “causa injusta”. Opinión vertida justo el día del debate televisivo de los candidatos bonaerenses. Distintos dirigentes de los tres partidos que forman Juntos por el Cambio no le dicen injusta sino armada a la causa del presunto espionaje a los familiares de las víctimas del submarino San Juan.

Desde luego que es legítima la disidencia intrapartidaria, mucho más dentro de una coalición. De hecho, sobre si Macri debía o no presentarse ante el juez que lo citó (sin disimular ese juez la intención electoralista que lo animaba), un dilema a la vez jurídico y político, existieron desde un principio distintas opiniones en todos los partidos. También Luis Juez, que en el caso anterior había sido tan rotundo, esta vez criticó en forma pública al ex presidente en el mismo sentido que Manes. Pudo ocurrir que Macri, que estaba de viaje, por atender el costado jurídico de la embestida se distrajo de su obligación de dar una clara explicación del costado político. Los presidentes de los tres partidos de Juntos por el Cambio publicaron hace una semana una declaración en la que consideraron que la conducta del juez conformaba abuso de poder en plena campaña electoral. Pero quienes simpatizan o al menos respetan a Macri probablemente padecieron falta de información respecto de los hechos que motivaron o que sirvieron de excusa para que el ex presidente tenga que ir a comparecer a los tribunales igual que su antecesora.

La política tiene normas de convivencia que no pasan por disentir o estar de acuerdo sino por la tramitación de las discusiones, que como mínimo se dividen en públicas y privadas. Los dos asuntos que eligió Manes para formular reproches públicos a los líderes de su coalición no son ornamentales. Hacen al problema central de la oposición republicana: cómo enfrentar al kirchnerismo sin usar sus métodos.

Es difícil de entender por qué el doctor Manes no percibió la sensibilidad de los temas que eligió para expresar en público sus divergencias internas. Tal vez el futuro diputado, que hasta aquí ya consiguió sumarle peso propio al radicalismo dentro de la coalición, debería explicar cómo piensa que debe funcionar una fuerza política plural, a la que según él hay que seguir agrandando. Sin caer en la trampa del maniqueísmo.

© La Nación

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