lunes, 4 de octubre de 2021

La impotencia del poder

 Líder. Su poder llegó a creerse eterno y solo generó sumisión por miedo.

Por Sergio Sinay (*)

No importa cuánto tiempo se lo posea, el poder es siempre efímero. Llegado a un punto se transfiere, se esfuma o se pierde en otras manos. Es así en la política, en las organizaciones, en las empresas, en las familias y en las instituciones de todo tipo. A lo largo de la historia, y en distintas sociedades y circunstancias, se sucedieron y se suceden quienes tienen el poder y olvidan esta premisa o, aun recordándola, se convencen de que a ellos no les va a ocurrir, que en su caso lograrán el poder eterno. Como si quisieran ir contra la ley de la gravedad.

El filósofo coreano Byung-Chul Han señala en su ensayo Sobre el poder que este no es una sustancia, algo que se puede envasar, acumular y conservar, sino una relación. La que se da entre quien tiene el poder y quien lo acata, sea por miedo, por convicción, por conveniencia. Esa relación necesita de un relato, de símbolos y narraciones que le den continuidad y sentido y se instalen en quienes siguen al poder. Una masa, un grupo, un equipo elaboran una visión del mundo al asumir, reproducir y transmitir ese relato, y crean de esa manera una suerte de “normalidad”. Esa continuidad de sentido, dice Han, tomando una idea de Martin Heidegger, opera de tal modo que instala la convicción de que las cosas solo pueden ser así y no de otra manera. El acatamiento masivo del relato determina lo que es “normal” al tiempo que exime de pensar y de existir de manera autónoma. Según apunta este pensador, en las sociedades complejas la astucia del poder se basa en operar sin coerción y sin amenazas sobre las masas generando el automatismo de las costumbres, de los discursos y de los pensamientos. Cuando el poder se tiene que nombrar a sí mismo denuncia su debilidad más allá de las apariencias.

En el actual interregno entre las elecciones primarias de septiembre y las legislativas de noviembre cualquier observador atento puede verificar la certeza de estos apuntes sobre el poder. Alguien cuyo poder llegó a creerse eterno, y a partir de esa creencia generó sumisión por miedo o por conveniencia, tuvo que nombrarse a sí misma como dueña del poder para imponerlo momentáneamente a través de una carta desvergonzada y ajena a cualquier práctica de la vida democrática. La desnudez de la reina y el resquebrajamiento de su poder se vislumbraron entonces y generaron en su séquito un súbito pánico a la pérdida de la herramienta con la que vienen lucrando por derecha y por izquierda desde hace largo tiempo. “El poder capacita al yo para imponer sus decisiones sin tener en consideración al otro”, escribe Han. Es decir que el ejercicio absoluto del poder requiere una cuota importante de psicopatía (desconocimiento de las nociones de bien y de mal, conversión del otro en un simple instrumento, desprecio por todo sentimiento o emoción que no sean los propios) e irresponsabilidad (no asunción de las consecuencias de los propios actos y decisiones). La fragmentación del poder, por otra parte, es el comienzo del fin de su existencia, y esa fragmentación se hizo evidente pese a los manotazos de urgencia consistentes en la conformación de un gabinete en donde los ministros principales sobresalen por sus prontuarios antes que por sus trayectorias. Sumado al “plan platita”, última muestra de desprecio hacia la ciudadanía largamente humillada por quienes ahora la lisonjean, todo esto no oculta un dato importante en la dinámica del poder. Lo que el resultado de las primarias vino a decir (y a pronosticar para las legislativas) es que el relato dejó de ser homogénea y colectivamente aceptado, consentido y transmitido por la sociedad. El otro, el ignorado, alza la voz para anunciar su existencia. Frente a un súbdito con voluntad propia el poder solo se puede ejercer como coerción, subraya Byung-Chul Han. Y agrega: “Un poder superior es aquel que configura el futuro del otro, no el que lo bloquea”. Desde esa perspectiva, ningún poder es tan inferior, en cuanto a su futuro y calidad moral, como el de una gavilla que se aferra a él como fin último y no vacila en los medios para retenerlo.

(*) Escritor y periodista

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