viernes, 8 de octubre de 2021

El porvenir del Presidente y de Cristina Kirchner tras el 14 de noviembre


Por Fernando Laborda

Tímidamente, las discusiones que se suscitan entre representantes del llamado círculo rojo se van orientando hacia una pregunta que pocos se animan a formular en público: ¿Qué pasaría el 15 de noviembre en la Argentina si la noche anterior la apertura de las urnas confirma una derrota para la coalición gobernante tan dura como la recibida en las PASO o incluso peor?

No será, sin lugar a dudas, un día más. De verificarse esa hipótesis, estaríamos ante el más abultado traspié electoral del peronismo en su historia. Algo particularmente especial para un movimiento que pasa a un estado interno de ebullición, no exento de fratricidios, cada vez que percibe su alejamiento del poder. ¿Qué podría pasar si, además, el Frente de Todos pierde su actual mayoría propia en el Senado y cede posiciones en la Cámara de Diputados, donde incluso podría hipotéticamente dejar de ostentar la primera minoría? ¿Y qué sucedería si, por si fuera poco, todo eso se combina con un escenario signado por una tan inusitada como extrema debilidad del presidente de la Nación, que posiblemente no se advertía en un jefe del Estado proveniente del justicialismo desde los tiempos de Isabel Perón, y en un contexto de serias dificultades económicas y sociales?

En parte de los círculos empresariales, políticos e intelectuales aludidos al comienzo de esta nota, ya no se descarta la alternativa de que, ante ese eventual escenario, se produzca la renuncia anticipada de Alberto Fernández. Aun cuando seguramente son muchos menos los que la deseen.

La situación del Banco Central es objeto de una cuenta regresiva en círculos económicos bien informados. Se trata de predecir cuándo las reservas de libre disponibilidad de la entidad monetaria llegarán a cero. Es un ejercicio de debate tan dramáticamente apasionante para esos economistas como el nivel de atraso del dólar en el mercado oficial o como el de una inflación que ha vuelto a despertar en las últimas semanas y que parece condenada a seguir subiendo, de la mano de la mayor emisión de moneda, derivada de maniobras de gobernantes que, imposibilitados de llevar a cabo prácticas populistas con recursos genuinos, se ven forzados a apelar a llenar bolsillos con papel pintado que valdrá cada vez menos.

Podrá decirse que la Argentina ha vivido crisis parecidas, como la de 1989 o la de 2001. Pero precisamente lo malo de ambas crisis es que se llevaron puestos a dos presidentes, como Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa, quienes debieron dejar el poder antes de concluir sus mandatos.

La situación de Alberto Fernández no se asemejaría tanto a la de Alfonsín, quien simplemente debió pactar la entrega anticipada del poder a quien ya había sido elegido democráticamente para sucederlo (Carlos Menem). Sí encontraría puntos en común con el período de De la Rúa, quien ya había tenido un conflicto con su vicepresidente, Carlos “Chacho” Alvarez, que terminó con la renuncia de este último, y en los meses coincidentes con las elecciones legislativas de medio término experimentó un notable descenso en su imagen pública. Al igual que el actual presidente de la Nación, De la Rúa había llegado al poder con algo más del 48% de los votos y sufrió una dura derrota electoral dos años después. En medio de una crisis de financiamiento, que derivó en el corralito bancario y en un estallido social, sin mayores apoyos políticos ni en la oposición ni en su propio partido, De la Rúa debió dejar el poder.

La crisis que enfrenta a Cristina Kirchner y Alberto Fernández se halla lejos de estar resuelta. Estaríamos apenas ante una “tregua frágil”, como recalca Rosendo Fraga, quien nos recuerda que observar las personalidades de uno y otro protagonista será fundamental para prever sus decisiones.

El citado analista político nos recuerda que los líderes políticos pueden cambiar de ideología por intereses, conveniencias y circunstancias diversas, pero lo que no pueden modificar es su personalidad. Y, en tal sentido, Alberto Fernández ha sido tradicionalmente hábil para disuadir, negociar y convencer, pero no para pelear, mientras que Cristina Kirchner podrá ganar o perder, pero siempre dará pelea, porque está en su naturaleza.

Más allá de su reciente y controvertido sobreseimiento en la causa judicial por el memorándum con Irán, resulta innegable que a la vicepresidenta le preocupa más que nunca su situación ante la Justicia por las otras causas de corrupción pública en las que se encuentra procesada. Su preocupación se justifica cuando se sabe que, en su particular visión, Cristina Kirchner sostiene que sus probabilidades de ser absuelta son directamente proporcionales al grado de poder con que se la perciba desde el Poder Judicial. A mayor percepción de poder político, mayores chances de que la Justicia mire para otro lado. Sin mayor respaldo electoral, sin mayoría en el Senado para controlar las designaciones de jueces y sin mayoría parlamentaria para impulsar reformas a medida de sus necesidades en el Poder Judicial, es claro que tema sufrir contratiempos en los tribunales.

De allí que retorne entre algunos de sus allegados la idea de acuerdos políticos que puedan traducirse en pactos de impunidad. Está cantado que la situación que pueda atravesar el expresidente Mauricio Macri en la Justicia será el factor que el kirchnerismo sacará a relucir para transmitir que ambos están igualados, aunque haya diferencias muy marcadas en los avances de las investigaciones y las pruebas aportadas en contra de uno y otro líder político. El siguiente paso de la estrategia cristinista sería forzar el intercambio de prisioneros que favorezca la impunidad de todos y todas.

Una de las grandes dudas es cuán dispuesto estará Alberto Fernández a plegarse a esta estrategia, más allá de los supuestos pero siempre verosímiles compromisos que lo unen con Cristina Kirchner para lograr su definitivo sobreseimiento en sus causas judiciales. No faltan quienes aseguran que la vicepresidenta ha perdido toda esperanza en cualquier gestión del Presidente para pavimentar ese camino hacia la impunidad. De ser así, podría conjeturarse que la relación entre ambos estaría agotada.

© La Nación

0 comentarios :

Publicar un comentario