sábado, 18 de septiembre de 2021

Sobrevuela el fantasma de Cámpora, más allá de los cambios

 Héctor J. Cámpora

Por Sergio Suppo

El pasado devuelve ironías, con hechos y apellidos enrevesados por situaciones que se parecen sin llegar nunca a ser iguales. Cámpora ha vuelto; su fantasma aparece como parte de una nueva farsa que deriva hacia el drama.

Al final de la tarde del 12 de julio de 1973, Juan Domingo Perón descansaba en una mecedora del primer piso de la casona de Gaspar Campos 1065 cuando José López Rega llevó ante él al presidente Héctor Cámpora para comunicarle que deseaba renunciar y así facilitar su regreso al gobierno. El achacado general de 77 años ya tenía el poder. “Habría que pensarlo un poco”, dijo Perón, como desinteresado.

Un día después, al cabo de 49 días de “primavera camporista”, el Tío le entregaba el mando al yerno de Lopecito, Héctor Lastiri, y se iba con el exiguo consuelo de la embajada en México. Poco antes de morir, un año más tarde, el presidente Perón firmó en su lecho de enfermo la resolución por la que cesanteaba a Cámpora como embajador. En abril de 1975, sería expulsado del Partido Justicialista por un motivo antológico. “Contribuyó con su silencio a la pretensión de crear en el exterior una imagen falsa del gobierno, con la sensación de que en la Argentina existían persecuciones”, decía el comunicado de la comisión de disciplina que lo echó.

Paradoja envenenada, La Cámpora empuja ahora la maniobra de acorralamiento y presión desatada por la vicepresidenta Cristina Kirchner contra su atribulado delfín.

La crisis que siguió a la derrota en las elecciones primarias pareció encontrar el viernes por la noche un principio de salida, una vez que Alberto Fernández logró convencer a un grupo de dirigentes que entraran en el peor momento de su gobierno. En la incorporación variopinta de viejas figuras de ministros, que ya fueron funcionarios de Cristina Kirchner, hay una clave de aceptación de la vicepresidenta y un mensaje de acercamiento y de sometimiento de Alberto hacia ella.

No hay mucha novedad en los nuevos ministros, todos ellos veteranos funcionarios con pasado. En la falta de renovación de figuras se advierte un cansancio tan visible como las imposiciones de Cristina en el nuevo equipo.

Más allá o más acá del nuevo gabinete de campaña electoral que asumirá el lunes, la relación entre el Presidente y la líder del oficialismo parece haber cruzado una línea de no retorno.

Cristina escribe como grita y en su último texto quedaron marcadas las huellas de su frustración con su elegido. La vicepresidenta llegó al extremo de exhibir su propia debilidad para retratar a Fernández como el único responsable de la derrota en las PASO.

El arrebato manifestado por escrito el jueves muestra a la expresidenta impotente ante quien no le hace caso, según sus propios parámetros de obediencia y subordinación. La meticulosa contabilidad de las reuniones en las que dijo haber tratado de encauzar al Presidente son un detalle obsesivo para indicar que Fernández es impermeable a su sabiduría, como el recordatorio que incluye en el párrafo final, en el que lo acusa de no cumplir el supuesto compromiso de someterse a sus órdenes.

Cristina hizo un ejercicio imposible de diferenciación. Fue ella la que puso en marcha un sistema anómalo de llevar a la Casa Rosada a alguien sin poder. Como hizo Perón con Cámpora, pero en ese caso como parte de un plan para ser reivindicado con una tercera presidencia.

Este segundo divorcio (el primero fue cuando el hoy presidente se fue de la jefatura de Gabinete), marca un nuevo límite para Cristina. Ya no podrá intentar poner a otro en su nombre; es un recurso agotado que puede afectar hasta a su propio hijo, Máximo, en quien deposita la idea de eternizar al kirchnerismo.

La fuga de Cristina de la derrota del gobierno que integra quebró la política de unidad que ella misma restauró como modo de regresar al poder. Si es verdad que el albertismo nunca existió como sector político, es un dato todavía más inquietante la distancia que ya empezaron a poner los gobernadores del gobierno nacional. Tanto el peronismo del interior como los intendentes del conurbano vuelven a concentrarse en sus propios feudos hasta que pase el temporal.

La proyección de la situación posterior a la peor derrota en las urnas de un peronismo unido indica un rompimiento de la sociedad original que lo hizo posible, el abandono del presidente que resultó de esa táctica y la exhibición de los ásperos modales y las ideas radicalizadas de la dirigente con mayor peso propio de un oficialismo resquebrajado. El rearmado del gabinete, con la incorporación de funcionarios afines a Cristina y la permanencia de los kirchneristas que ya ocupaban puestos claves dificultará una diferenciación que en sí misma siempre fue imposible para la vicepresidenta.

La experiencia de la delegación de funciones sin ceder poder le estalló en las manos a Cristina. Una campaña electoral con un resultado muy difícil de revertir en los comicios del 14 de noviembre otorga a la etapa posterior a esta crisis un carácter apenas transitorio.

Es por eso que se mantiene sin cambios la encrucijada de irse de su propio gobierno si vuelve a perder las elecciones o buscarse por sí misma una salvación encabezando el poder.

Convencida como está de que los votos dan inmunidad, Cristina leyó en el duro revés de las elecciones primarias los signos inquietantes de una aceleración de las causas judiciales en su contra. Para la lógica de la vicepresidenta, el desesperado mensaje de las urnas importa mucho menos que las consecuencias que teme para ella misma. De eso se trata, al final, tanto ruido.

© La Nación

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