miércoles, 22 de septiembre de 2021

Mondragón

 Por Fernando Savater

Un verano triste para los demócratas vascos: han muerto en pocos días dos de sus referencias más señeras, Mikel Azurmendi y Joseba Arregi. Ambos pasaron por el nacionalismo radical, incluso violento en el caso de Mikel, y salieron de él por la vía del razonamiento cívico y humanista. No dijeron simplemente “ahora ya no toca”, “los tiempos han cambiado”, “vivimos una realidad nueva” y demás melonadas oportunistas con las que quienes fueron actores o cómplices del crimen separatista pretenden obtener tendido de sombra en la euskoplaza formateada gracias a él.

Por el contrario, defendieron a los ciudadanos libres e iguales del Estado de derecho, no determinados por su lugar de nacimiento ni por su genealogía, que buscan elementos culturales para compartir y no para aislarse de los demás. Representaron la razón ilustrada y cordial que necesitamos en Euskadi, lo opuesto a quienes se empeñan en inventar un paisito reciclando a su gusto los restos del grande que ya existe.

Hay convocados en Mondragón y otros lugares homenajes, los llamen como los llamen, al serial killer peor de ETA. Participarán los representantes locales de esos Combatientes del Pueblo que en Perú honran la memoria del fallecido Abimael Guzmán.

También tenemos nuestro Sendero Luminoso, que se posiciona en las instituciones vascas para proponer con melindres pacifistas una educación que acabe de desterrar el castellano de las aulas y borre los vínculos administrativos con la España constitucional. Entre tanto se agrede a jóvenes del PP o Vox, una actividad de odio sin concentraciones de repulsa de los habituales tontos del culo con indignación selectiva. ¿Humillación a las víctimas? Claro que sí. Pero entendiendo que también somos víctimas todos los que no compartimos el separatismo. La cáfila de Sánchez se apoya en el Sendero Tenebroso. ¿Hasta cuándo?

© El País (España)

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